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EEUU se erige en árbitro mundial del petróleo

Una bomba petrolífera en funcionamiento al amanecer cerca de la población tejana de Midland, en Estados Unidos, este martes.

Martine Orange (Mediapart)

Cuando Donald Trump anunció el 2 de abril, en uno de sus tuits secretos, que los países productores de petróleo se preparaban para reducir su producción en diez, incluso quince millones de barriles diarios, muchos lo dudaron. ¿Cómo el conjunto de países productores, miembros o no de la OPEP, que nunca son escuchados y que están inmersos las últimas semanas en una guerra intensa de precios y de partes del mercado, podrían aceptar tal acuerdo?

La pandemia del coronavirus, el detenimiento de una gran parte de la economía mundial, el hundimiento de más de un tercio del consumo mundial de petróleo y de más del 50% de los precios del crudo, han permitido llegar a una conclusión hasta ahora impensable. El domingo por la tarde, Arabia Saudita, Rusia y los Estados Unidos, los tres principales países productores del mundo, anunciaron haber llegado a un acuerdo internacional para reducir la producción petrolera mundial. De este acuerdo forman parte veintitrés países, miembros y no miembros de la OPEP. Estos países se comprometen juntos a disminuir cada uno de ellos un 23% de su producción. Este esfuerzo compartido era una de las condiciones planteadas por Rusia. A partir de mayo, deberán desaparecer del mercado 9,7 millones de barriles diarios.

Donald Trump fue el primero en felicitarse, siempre por Twitter, al escribir que “Hemos hecho el gran acuerdo petrolero con la OPEP. Esto va a salvar centenares de miles de empleos en la energía en los Estados Unidos”, dándoles las gracias a Vladimir Putin y al rey Salman de Arabia Saudita. Para él, este acuerdo es una victoria de su diplomacia. Aunque este éxito pudiera ser sólo provisional, refrenda la entrada de Estados Unidos como árbitro de la producción petrolera mundial.

Nunca había estado Estados Unidos tan presente y tan activo en negociaciones petroleras. Pero es verdad que desde hace diez años ha cambiado de estatus: de ser importador neto ha pasado a ser el primer productor de petróleo del mundo con más de trece millones de barriles diarios y exporta ya parte de su producción. Como todos los demás países productores, necesita un petróleo caro.

Con el precio del barril amenazando con caer por debajo de los 20 dólares y una gran parte de los productores independientes americanos, sobre todo de gas y aceite de esquisto, en riesgo de llegar a la quiebra –Texas, principal Estado productor, ya está en plena recesión– , la Casa Blanca se ha activado para encontrar la manera de estabilizar un mercado petrolero en pleno caos desde la ruptura en marzo entre Rusia y Arabia Saudita y la guerra de precios iniciada por esta última, en el mismo momento en que la pandemia de coronavirus comenzaba a afectar al conjunto de países occidentales.

Por medio de la amenaza y de la diplomacia, la Casa Blanca ha puesto mucho empeño en conseguir que Rusia y Arabia Saudita vuelvan a hablarse. Donald Trump no ha dudado en esgrimir el arma de una tasa sobre todos los productos petroleros importados con el fin de proteger a los productores americanos, como le sugirieron algunos lobbies petroleros. Sin participar en las negociaciones directas entre los miembros de la OPEP, la administración americana nunca ha estado ausente.

Oficialmente, los Estados Unidos no son parte tomadora del acuerdo: la ley anti monopolios americana prohíbe las negociaciones con vistas a la cartelización de un mercado e influir en los precios. Pero, con ocasión de las negociaciones del G20 Energía del pasado 10 de abril, el secretario americano de la energía, Dan Bruillette, ha explicado que la producción americana, en vista de la caída del consumo y de los precios, iba a bajar alrededor de dos millones de barriles diarios desde ahora hasta finales del año. Los grandes grupos ya han anunciado una reducción neta de sus gastos de exploración mientras muchos productores independientes empezaban a tener serias dificultades.

Como prueba de su voluntad de llegar a buen puerto, Donald Trump ha dedicado su tiempo al presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador antes de retirar los últimos obstáculos. En efecto, México amenazaba con hacer fracasar todo al negarse a reducir 300.000 barriles diarios porque entendía que era una imposición del cártel de países productores y además era insostenible para las finanzas del país. Finalmente, México sólo reducirá 100.000 barriles por día y EEUU se ha comprometido a compensar ese esfuerzo al reducir su producción en unos 300.000 barriles diarios más. Pero los compromisos alcanzados son, en este momento, poco claros.

Este acuerdo inédito fue bien recibido cuando se anunció pero, una vez examinado, decepciona. En mitad de la reunión del 13 de abril los precios del petróleo bajaban de nuevo (el Brent estaba a 31,5 dólares el barril y el West Texas Intermediate –WTI– a 23 dólares). Porque no se trata de restaurar una apariencia de equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado del petróleo. El acuerdo prevé una reducción del 10% de la producción, mientras que el consumo mundial por el confinamiento, la suspensión casi total de los transportes y el hundimiento de la actividad económica, ha caído en más de un tercio según las primeras estimaciones.

Poquísimo y demasiado tarde, según muchos expertos. “Las reducciones no son lo suficientemente importantes para evitar un enorme exceso de stocks en el segundo trimestre”, dice un consultor de Fact Global Energy. “Los precios del petróleo van a seguir bajo presión, teniendo en cuenta la sobreproducción”, añade Martijn Rats, analista especializado de Morgan Stanley. Según los cálculos de los especialistas del sector, habría que eliminar al menos 20 millones de barriles al día para regresar a un mercado algo menos caótico, el equivalente a la suma de la producción de Arabia Saudita y Rusia.

En un nuevo tuit, Donald Trump aseguró este 13 de abril que la reducción llegará hasta veinte millones de barriles diarios en un futuro próximo, pero esa afirmación, al día siguiente de llegar a un acuerdo con unas cifras, siembra la duda. Sobre todo porque en este punto nada garantiza que sean respetados los límites de producción fijados por el acuerdo. La negativa de México a comprometerse a reducciones demasiado grandes da una idea de cuántos países emergentes, comenzando por Nigeria, Argelia o Irak, dependen de los ingresos del petróleo para asegurar la estabilidad financiera de sus países. Aunque esta dependencia sea muy perjudicial, esos países no pueden cambiar toda su orientación económica de un día para otro. Para algunos puede ser una gran tentación eludir las reglas y vender su producción a precio rebajado por el canal que sea. Nigeria malvende ya su petróleo a menos de 4 dólares el barril.

Pero muchas compañías hacen lo mismo. Productores canadienses de Alberta proponen vender su petróleo de arena bituminosa a menos de 7 dólares el barril. Productores independientes de aceite de esquisto, ahogados en deudas, rebajan también el suyo. Mientras el conjunto de este sector en EEUU está casi en bancarrota, muchos dudan de que hagan caso al llamamiento a la reducción, prefiriendo seguir con su loca carrera hacia adelante.

La tentación de sustraerse a las reglas de limitación de producción fijadas por el acuerdo va, no obstante, a toparse muy rápidamente con la llamada al orden del mercado físico, que se viene abajo con el petróleo. Las capacidades de almacenamiento están ya casi agotadas. Para hacerle frente, los corredores, los intermediarios y las refinerías alquilan trenes o barcos para almacenar las nuevas remesas que no llegan ya a vender a un ritmo normal. Han advertido que pronto no tendrán ya los medios de almacenamiento que les permita seguir aceptando más producción. Los grandes petroleros están errando por los mares sin saber dónde desestibar su carga que nadie quiere.

¿Es la amenaza de este caos lo que ha llevado a Rusia a cambiar de opinión? En marzo se negaba a reducir su producción en 500.000 barriles diarios y este domingo aceptó disminuirla en 2,5 millones. Algunos observadores rusos reprochan a Vladimir Putin el haber subestimado la situación provocada por la pandemia del Covid-19 y el haberse endeudado. “Es un error estratégico y ahora tenemos que pagar el precio, un precio mucho más alto del que podríamos haber pagado”, declara a Bloomberg Andrei Kortunov, director del consejo ruso de asuntos internacionales. “Es el mayor fracaso de Rusia desde comienzos de los años 2000. Hemos perdido nuestros mercados y no será fácil volverlos a encontrar”, añade, también a Bloomberg, Dimitri Perevalov, corredor petrolero independiente.

Pero el mayor perdedor es seguramente Mohammed ben Salman. Cuando ya había fracasado en su estrategia de guerra de precios en 2014, ha querido a pesar de todo reiterar la experiencia en marzo. Pero esta vez el fracaso es estrepitoso. En menos de un mes, Arabia Saudita se ha visto obligada a ceder ante la voluntad americana ya que Donald Trump ha llegado incluso a amenazar con la retirada de todas las tropas americanas del reino si no aceptaba las condiciones. Una señal clara: es al rey Salman bin Aldulaziz a quien Donald Trump ha dirigido su agradecimiento, sin ninguna mención al príncipe heredero, que normalmente se encarga de los asuntos del país, en especial los del petróleo.

Traducción de Miguel López.

Texto original en francés:

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