La electricidad, símbolo de la crisis del poder adquisitivo en Estados Unidos
El tema ya está presente en muchas conversaciones y podría incorporarse rápidamente a los debates de la Casa Blanca. Más que el aumento del precio de los huevos a principios de 2025, la subida de las facturas de electricidad para todos los hogares estadounidenses se está convirtiendo en el símbolo de la crisis del poder adquisitivo en Estados Unidos. Por sí sola, ofrece un resumen de las obsesiones y los puntos muertos de la política económica del segundo mandato de Donald Trump. Está al servicio de los multimillonarios de la alta tecnología, indiferente al destino de las clases medias, obsesionada con las energías fósiles y negando el cambio climático.
Sin embargo, Donald Trump se había comprometido a reducir los precios de la electricidad durante su campaña presidencial de 2024. Cuando el aumento de los precios ya se había convertido en una preocupación, prometió bajarlos en dieciocho meses. Un año después, el megavatio-hora se dispara en todo el país, aumentando en promedio dos veces más rápido que la inflación.
Dado que el mercado eléctrico de Estados Unidos está dividido en once grandes regiones, es difícil dar cifras unificadas. Pero todos los datos apuntan a la misma tendencia: una escalada de precios que parece estar fuera de control y que agrava las desigualdades sociales y territoriales. En cinco años, según un estudio de Bloomberg, han aumentado un 187% en la región de Buffalo (Estado de Nueva York), un 129% en la región de Baltimore, un 108% en Oklahoma, un 78% en Nueva Orleans...
Desde el verano, varios gobernadores y representantes políticos, tanto republicanos como demócratas, se han movilizado para pedir a sus gestores de red, a los productores y al Estado federal que intervengan con urgencia. Con razón o sin ella, la prensa americana considera que el aumento de los precios de la electricidad influyó en el resultado de las elecciones de noviembre en Nueva Jersey (+24% en un año) y Georgia (+10%). En cualquier caso, reforzó la campaña de los demócratas, centrada en el poder adquisitivo (affordability).
Después, la situación se ha deteriorado aún más. Incapaces de pagar sus facturas, cada vez más estadounidenses están desconectados y condenados a vivir sin electricidad, sin luz y sin calefacción. Según el Washington Post, los cortes de suministro eléctrico se han multiplicado por cinco en el último año en Nueva York. De media, el importe de los impagos asciende a 728 dólares por hogar, frente a los 600 dólares de 2022.
Muchos Estados han adoptado normativas que prohíben los cortes de suministro en los hogares durante el periodo invernal. Pero políticos y asociaciones saben que en primavera la crisis puede volver a aparecer en cualquier momento.
Un mercado en sobrecarga
La demanda de electricidad bate un récord tras otro. Mientras que durante quince años el consumo se había estancado debido a la desindustrialización, a partir de 2022 todo cambió. El auge de la inteligencia artificial, cada vez más voraz en cuanto a consumo energético, la multiplicación de los centros de datos, pero también la minería de criptoactivos, igualmente consumidora de energía, y la electrificación de los usos están provocando un aumento exponencial de la demanda.
Aunque se pusieron en marcha numerosos programas de producción de energías renovables con la presidencia de Biden, el mercado de la electricidad está en todas partes sobrecargado. Según las estimaciones de la Comisión Federal de Regulación de la Energía, Estados Unidos necesita construir al menos un 20 % más de capacidad de producción para satisfacer la demanda. Y estos cálculos se realizaron antes de que el país se viera envuelto en el frenesí por la IA.
Desde hace un año, el sector se ha visto envuelto en una auténtica locura. Los proyectos se expanden por todo el territorio y no deja de crecer la lista de solicitudes de conexión de nuevos centros de datos y otros centros digitales. Los Estados compiten por atraer inversiones. Solo en Texas hay más de 160 proyectos que se prevé vean la luz en los próximos dos o tres años. Y cada centro necesita cada vez más potencia para hacer funcionar sus chips.
Ante esta explosión, las redes de distribución están al borde de la congestión, sobre todo porque llevan años sufriendo una falta crónica de inversión. Las infraestructuras están envejeciendo y se ven debilitadas por catástrofes cada vez más frecuentes y violentas debido al cambio climático. Las líneas de alta tensión son insuficientes y las conexiones entre las diferentes redes son demasiado escasas.
Los costes de financiación repercuten en los usuarios, en primer lugar en los hogares, que pagan por la locura de los gigantes digitales
Los gestores de red se han lanzado a realizar trabajos a marchas forzadas para intentar hacer frente a la situación. Pero esa modernización lleva tiempo y, sobre todo, requiere inversiones colosales. “La renovación de las redes no se llevará a cabo sin ayuda pública”, han advertido varios responsables políticos.
Pero, por ahora, la administración Trump hace oídos sordos. Los costes de financiación repercuten en los usuarios, principalmente en los hogares que pagan por la locura de los gigantes digitales, a los que no se grava en proporción a las inversiones que imponen. De ahí el aumento de las facturas.
Las protestas y los conflictos de uso pueden multiplicarse a medida que se encarece la factura de las obras de modernización. Y los especialistas están descubriendo que el sistema está invadido por cientos de proyectos fantasma: para tener alguna posibilidad de conectarse a la red, las empresas presentan varias solicitudes en diferentes Estados, lo que puede llevar a una sobrevaloración de las necesidades.
Algunos gestores están considerando hacer pagar a los industriales el coste de las inversiones y las conexiones de los proyectos a los que posteriormente renuncien. Pero incluso si se lleva a cabo esta amenaza, según algunos analistas, el mercado no está a salvo de crear sobrecapacidades y sobreinversiones. Todos esos gastos tendrán que ser sufragados por los consumidores finales.
La carrera por la producción de energía
Por temor a romper la dinámica de la inteligencia artificial, cada vez más inversores, empezando por los gigantes digitales, han decidido convertirse en productores de electricidad. Proliferan en todo Estados Unidos las adquisiciones de participaciones en unidades de producción, la compra de centrales eléctricas y los acuerdos con productores.
En los últimos días, Alphabet, la empresa matriz de Google, ha anunciado la compra de la empresa Intersect por 4.750 millones de dólares. Más que su experiencia en el diseño de centros de datos, lo que interesa a este gigante digital es su papel en el desarrollo de unidades de producción de energía.
El movimiento ya se inició hace dos o tres años. Con el fin de presentarse como actores responsables, los gigantes digitales multiplicaron la construcción de parques solares o eólicos para producir energía descarbonizada.
Las promesas virtuosas no resistieron el ataque de la administración Trump, hostil por principio a todas las energías renovables. La supresión de las ayudas directas y la cancelación de la mayoría de los grandes proyectos de energías renovables hicieron el resto.
Algunos productores apuestan por la energía nuclear. El caso más espectacular es el de Microsoft. A principios de diciembre, el grupo anunció la firma de un acuerdo con la empresa energética Constellation. Para hacer funcionar todos sus centros de datos, este gigante digital se compromete a comprar durante veinte años toda la electricidad producida tras la reapertura de uno de los reactores nucleares de Three Mile Island. La puesta en marcha de esta central, cerrada en 1979 tras el accidente nuclear más grave ocurrido en Estados Unidos, se estima en 1.600 millones de dólares. La administración Trump ha prometido aportar 1.000 millones de dólares.
Otros han comenzado a trabajar en el desarrollo y la construcción de minirreactores nucleares, que se supone aportarán la producción necesaria para su consumo. Pero habrá que esperar al menos cinco años antes de que aparezcan los primeros prototipos.
El gran regreso a las energías fósiles
Mientras tanto, todos vuelven a recurrir a las energías fósiles, aplaudidos por la Casa Blanca, que les apoya en este gran retroceso. Dado que el gas ya representa entre el 40 % y el 42 % de la producción eléctrica estadounidense, la mayoría opta por recurrir a centrales de gas.
Algunos planean instalarse cerca de la Cuenca Pérmica (Permian Basin) en Texas, el mayor yacimiento de gas de esquisto de Estados Unidos. Otros han optado por Oklahoma, que, con el descubrimiento de nuevos yacimientos, pretende convertirse en un nuevo Estado gasístico.
Los habitantes de las zonas en las que se concentran estas nuevas instalaciones ya están sintiendo fuertemente las consecuencias: son los territorios en los que más han subido los precios de la electricidad. Además, la subida de los precios tiene todas las posibilidades de continuar, advierten los expertos del mercado. Según ellos, la producción de gas estadounidense, que lleva varios años estancada, podría no ser suficiente para satisfacer la demanda.
Donald Trump afirma haber encontrado la solución: la reapertura de las centrales de carbón
Al mismo tiempo, Donald Trump ha impuesto en sus acuerdos aduaneros con la mayoría de los países aliados compras masivas de gas natural licuado estadounidense (GNL). Todo está listo para una subida vertiginosa de los precios del gas que, sin duda, repercutirá en los precios de la electricidad, advierten los expertos.
Haciendo caso omiso de todas las críticas, Donald Trump afirma haber encontrado la solución: volver a abrir las centrales térmicas de carbón. Algunas ya han vuelto a ponerse en funcionamiento. Una vez más, las consecuencias pueden ser devastadoras. El parque de estas centrales tiene una antigüedad media de más de 40 años. La mayoría no se ha modernizado y no cuenta con sistemas que limiten la contaminación y las emisiones de CO2.
A la herejía climática se suma el absurdo económico, ya que esas centrales son cada vez más ineficaces. Según las cifras disponibles, el coste del megavatio-hora asciende a más de 72 dólares, frente a los 42 dólares que costaba aún en 2022. Eso contribuye de nuevo a encarecer el precio de la electricidad.
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Por ahora, la Casa Blanca y los gigantes digitales siguen alimentando codo con codo la burbuja de la inteligencia artificial. Pero la realidad podría alcanzarlos rápidamente, dado que las limitaciones físicas, económicas, sociales y medioambientales son cada vez mayores.
Traducción de Miguel López