La verdad alternativa de Donald Trump se ha impuesto en Estados Unidos a una velocidad vertiginosa, arrasando a su paso los valores republicanos y democráticos del país. Ahora intenta sofocar la ira de los ciudadanos que se niegan a ceder ante el autoritarismo de una Administración que sigue defendiendo la actuación letal de sus fuerzas del orden en Mineápolis (Minnesota), donde los agentes federales han asesinado recientemente a dos personas.
Dos semanas después del asesinato de Renee Good por un agente de la policía federal de inmigración (ICE), Alex Pretti, un enfermero de 37 años, murió acribillado por la policía el 24 de enero, mientras defendía a una manifestante maltratada por agentes de los servicios de aduanas y protección de fronteras (CPB). A pesar de las imágenes más que claras sobre las circunstancias de esos dos dramas, la Administración Trump se esfuerza en culpar a las víctimas, llegando incluso a acusarlas de “terrorismo”.
Ese discurso letal también está ganando terreno en Francia, donde varias personalidades alaban las políticas del presidente estadounidense, limitándose a lamentar de boquilla los “accidentes” (Marion Maréchal) o los “errores” (Arno Klarsfeld) cometidos por los agentes federales en Mineápolis. “Los accidentes ocurren porque hay activistas de extrema izquierda que se interponen en la acción de esta policía”, llegó a decir la eurodiputada de extrema derecha en France Inter, mientras que Le Journal du dimanche escribe, sin ningún pudor, que son “los antifascistas [los que] persiguen a la policía de inmigración de Trump”.
“Si queremos deshacernos de los OQTF [Obligation de Quitter le Territoire Francais, personas con obligación de abandonar el territorio francés, ndr], hay que organizar, como hace Trump con el ICE, grandes redadas por todas partes; pero al organizar grandes redadas, es decir, al intentar atrapar al mayor número posible de extranjeros en situación irregular, también se cometen injusticias”, declaró el día de la muerte de Alex Pretti, en CNews, el jurista Arno Klarsfeld, hijo de los cazadores de nazis Beate y Serge Klarsfeld.
Habría que medir el enorme nivel alcanzado en los últimos años en el debate público para que este tipo de declaraciones se abran paso con tanta naturalidad. La fascinación que ejercen Donald Trump y la galaxia Maga (Make America Great Again) sobre una parte del ámbito político y mediático francés es el último síntoma de una lacra que corroe la sociedad y golpea cada día más su estructura democrática, en un contexto de tensiones identitarias y petición desmesurada de medidas de seguridad.
Palabras vacías de significado
En esta sociedad del mundo al revés y en esta era de la posverdad, los antirracistas son tachados de racistas, los humanistas son considerados unos ignorantes y los antifascistas son tratados como enemigos del Estado. Esta deriva, que roza el cambio radical, es palpable en los discursos que se pronuncian a lo largo del día, en todas las emisoras, por parte de la extrema derecha, pero también por aquellos que pretenden hacerle frente tendiendo puentes.
El macronismo ha caído así en varias ocasiones en un discurso que poco tiene que envidiar al de Marine Le Pen y Donald Trump. Para deslegitimar a sus adversarios o avivar los temores, Gérald Darmanin, por ejemplo, no ha dejado de exagerar la inflación de anatemas, hablando sucesivamente de "ecoterrorismo", de "asalvajamiento" o de “terrorismo intelectual de la extrema izquierda”. Emmanuel Macron no se queda atrás: en 2023 entonó el estribillo ideológico de la extrema derecha, llamando a contrarrestar un curioso “proceso de descivilización”.
Para acariciar el aire pestilente de la época, criminalizar a sus oponentes o silenciar las voces críticas, el ejecutivo francés ha demostrado en más de una ocasión que es capaz de todo lo peor, especialmente en el ámbito verbal. Al vaciar las palabras de su significado y recurrir a las noticias falsas, estos responsables políticos —que solo lo son de nombre— también han contribuido a hacer imposible cualquier debate. Con ellos, lo performativo ha sustituido a los hechos, y “el sentido común del carnicero de Tourcoing”, tan querido por Gérald Darmanin, ha suplantado a las encuestas estadísticas.
Los discursos xenófobos han contaminado la vida cotidiana, convirtiendo el odio a los extranjeros en una simple opinión
Esta retórica también ha permitido acompañar la puesta en marcha de políticas represivas, especialmente en materia de inmigración. Al igual que en Estados Unidos, este tema se ha convertido en Francia en la variable de ajuste de los políticos sin columna vertebral ideológica, ávidos de autoridad. Como Gérald Darmanin —otra vez él—, que desde el Ministerio de Justicia sigue polarizando el debate sobre los “delincuentes extranjeros”, sin cuestionar nunca los efectos de las políticas macronistas en la materia.
En lugar de reflexionar sobre la manera de acoger dignamente a quienes, por diversas razones, intentan llegar a Francia, el ministro de Justicia ha preferido recientemente “causar revuelo”, según la expresión de CNews, al proponer suspender la inmigración durante “dos o tres años”. “En materia de inmigración, hay que poder responder a las necesidades de nuestro pueblo”, se jactó el domingo 25 de enero en LCI, aludiendo a la posibilidad de consultarle sobre la cuestión de las cuotas, “aunque hoy en día la Constitución no lo permita”.
Con ello, Gérald Darmanin sigue labrando el terreno de la Agrupación Nacional (RN), que lleva años reclamando un referéndum sobre el tema. Al igual que hizo en 2023, al presentar desde su ministerio una ley que consagra de facto la lógica de la preferencia nacional, rompiendo así con la igualdad de derechos, el ministro de Justicia se declara dispuesto a renegar de nuestros principios fundamentales con el único objetivo de complacer a la extrema derecha. Esa cantinela ya es cansina.
Relativismo y falsedades
Lo vemos todos los días en todos los medios de comunicación: los discursos xenófobos han contaminado la vida cotidiana, convirtiendo el odio hacia los extranjeros y las extranjeras en una simple opinión. Pero, como subraya el último informe sobre la lucha contra el racismo, el antisemitismo y la xenofobia de la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos (CNCDH), existe en este tema una “desconexión entre las esferas política y mediática, por un lado, y la ciudadana por otro”.
Pero los discursos divisivos y discriminatorios se expanden y tienen, sobre todo, consecuencias concretas, como demuestra el mismo informe, ya que las cifras de actos racistas y antisemitas perpetrados en Francia siguen siendo muy elevadas. Sin contar el “racismo habitual”, “difuso” e “insidioso”, según palabras de la CNCDH, que se manifiesta a través de microagresiones repetidas, discriminaciones sistémicas o estereotipos persistentes.
Estos discursos también se convierten en ley, como demuestran los últimos textos del Gobierno sobre inmigración y, de nuevo, sus proyectos sobre otro tema de tensión en común con Estados Unidos: la represión policial. La muerte de Nahel Merzouk, asesinado a quemarropa por un policía el 27 de junio de 2023 en Nanterre (Hauts-de-Seine), ya había dado lugar a comentarios ignominiosos, mezcla de relativismo y falsedades.
No hablen de ‘represión’ o ‘violencia policial’, esas palabras son inaceptables en un Estado de derecho
Sobre este tema, desde hace veinte años se ha utilizado de todo por los sucesivos gobiernos y por una extrema derecha galopante para negar la realidad: la de una sociedad que se derrumba, olvidando sus principios fundamentales y los valores que de ellos se derivan. Pero, con cada nuevo drama, se ponen los micrófonos a personalidades condenadas al olvido, que niegan hasta lo absurdo la existencia de la violencia policial, llegando a defender a las fuerzas del orden frente a la realidad de los hechos.
Cuando llueven puñetazos, patadas y golpes con porras sobre el productor musical Michel Zecler, Gérald Darmanin prefiere hablar, decididamente, de “gente que se pasa de la raya”. “Cuando oigo la palabra ‘violencia policial’, personalmente, me atraganto”, afirmó también en julio de 2020, respondiendo a la orden que el propio Emmanuel Macron había lanzado en marzo de 2019, en plena represión del movimiento de los chalecos amarillos: “No hablen de ‘represión’ o de ‘violencia policial’, esas palabras son inaceptables en un Estado de derecho”, dijo entonces el presidente.
Pero precisamente, en un Estado de derecho, todo el mundo debería poder expresar libremente su opinión sobre la policía. Todo el mundo debería también preocuparse abierta y ruidosamente por el hecho de que el actual ministro del Interior, Laurent Nuñez, sume hoy su voz a la de los diputados de RN para defender la propuesta de ley de Los Republicanos (LR, de derechas) destinada a instaurar una presunción de legítima defensa para las fuerzas del orden, herejía jurídica descartada en su momento por Claude Guéant.
La aprobación de este texto, totalmente reescrito por una enmienda del Gobierno, fracasó el 22 de enero gracias a la acción conjunta de los grupos de izquierdas, que se aliaron para eternizar los debates durante la jornada de nicho parlamentario (estrategia parlamentaria que consiste en ocupar todo el tiempo posible en temas concretos que no son del interés de los grupos mayoritarios, ndt) del grupo de Laurent Wauquiez en la Asamblea. Laurent Nuñez (actual ministro del Interior, ndt), “favorable, a título personal”, a esta reivindicación histórica de la extrema derecha política y policial, prometió sin embargo “luchar” para llevarla al Consejo de Ministros.
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Con el tiempo, el cinismo de unos y la renuncia de otros, Francia ha visto cómo se instala un relato alternativo, acallando los hechos en beneficio de objetivos políticos y cálculos peligrosos. Una narrativa que invierte nuestros valores, barre nuestros principios y nos prepara para lo peor. Ya no basta con observar con horror los Estados Unidos de Donald Trump, repitiéndonos que todavía estamos protegidos de esa deriva. Hay que mirar de frente ese camino resbaladizo que algunos quieren que tomemos y encontrar rápidamente otro.
Traducción de Miguel López
La verdad alternativa de Donald Trump se ha impuesto en Estados Unidos a una velocidad vertiginosa, arrasando a su paso los valores republicanos y democráticos del país. Ahora intenta sofocar la ira de los ciudadanos que se niegan a ceder ante el autoritarismo de una Administración que sigue defendiendo la actuación letal de sus fuerzas del orden en Mineápolis (Minnesota), donde los agentes federales han asesinado recientemente a dos personas.