Sobre el papel, la estrategia parece ideal. Tras una semana de crisis con Washington por la cuestión de Groenlandia, la Unión Europea (UE) lanza una contraofensiva acercándose a una potencia emergente, también en tensión con Estados Unidos: la India.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa, fueron recibidos con gran pompa en Nueva Delhi el lunes 26 de enero por el primer ministro indio, Narendra Modi. En pocas horas, se firmó entre ambos bloques un acuerdo de libre comercio, cuyas negociaciones se habían prolongado durante veinte años.
El acuerdo prevé reducir los aranceles indios hasta un 10% sobre 250.000 automóviles producidos en la UE, frente al máximo actual del 110%. Además, se reducirán o suprimirán los aranceles para el 96% de las exportaciones europeas a la India. Por su parte, la UE abre las puertas a los productos textiles y farmacéuticos indios, así como a las máquinas herramienta.
La aceleración de la firma de este acuerdo se presenta como una respuesta a Donald Trump. Al crear, en palabras de Ursula von der Leyen, una “zona de libre comercio de dos mil millones de personas”, el acuerdo entre la India y la UE buscaría así crear una especie de “tercer bloque” capaz de hacer frente al duopolio hegemónico formado por China y Estados Unidos. Por esa razón, la presidenta de la Comisión Europea no escatimó en superlativos y afirmó que el acuerdo firmado el 27 de enero en Nueva Delhi era “la madre de todos los acuerdos comerciales”.
Y, a primera vista, la narrativa funciona bastante bien. De hecho, la Unión Europea y la India comparten una especie de amor decepcionado con Estados Unidos. La semana pasada, la UE se dio cuenta brutalmente de que su viejo aliado estadounidense tenía la intención de hacerla su vasallo sin miramientos. Se ha suspendido la ratificación del acuerdo comercial desequilibrado alcanzado con Washington en julio por la misma Ursula von der Leyen. Y ahora, presa del pánico, la UE busca aliados en otros lugares.
¿Una alternativa a Washington?
Por su parte, Narendra Modi ha llevado a cabo durante mucho tiempo una política de acercamiento a Washington, que veía en la India un poderoso contrapunto a China. El país incluso se benefició, durante el primer mandato de Donald Trump y luego durante el de Joe Biden, de un importante flujo de inversiones estadounidenses en el marco de la política de friendshoring, es decir, en el marco de la reubicación de las plantas de producción fuera de China.
La India abordó por tanto el segundo mandato de Donald Trump con confianza. Pero, entretanto, las exigencias del presidente republicano se habían revisado al alza. El objetivo de la nueva Administración era, en primer lugar, reforzar el control sobre sus aliados, por lo que exigió a Nueva Delhi una alineación completa con sus posiciones. Algo inadmisible para Narendra Modi. La ideología del primer ministro, basada en el nacionalismo hindú, pretende convertir a la India no en un agente del imperialismo extranjero, sino en una potencia por sí misma.
Esa potencia debía construirse sobre la base de la prosperidad derivada de unas relaciones equilibradas entre las grandes potencias económicas mundiales. La India no podía aislarse de los inversores y del mercado chino solo para beneficiar al mercado estadounidense. Pero ese proyecto es inadmisible para Donald Trump, que considera que la India “se aprovecha” del mercado de su país para comprar productos chinos. Las negociaciones se deterioraron rápidamente en agosto de 2025 y los productos indios se vieron afectados por aranceles del 50% a su entrada en Estados Unidos.
La India y la UE comparten, por tanto, el rechazo al vasallaje a Estados Unidos. Al aliarse, ambos bloques pretenden al mismo tiempo demostrar que existen alternativas y crear un conjunto capaz de competir en términos de poder económico y político con las dos superpotencias del momento. Sobre el papel, todo es perfecto. Tan perfecto que incluso el primer ministro canadiense, Mark Carney, también un enamorado decepcionado de Estados Unidos, está pensando en irse a la India.
Encontrar una “nueva China”
Pero este relato, que parece seducir a gran parte de la esfera mediática europea, olvida algunos elementos clave. El primero es que este discurso geopolítico se ha construido a toda prisa tras la crisis de Groenlandia. Las negociaciones comerciales entre la UE y la India comenzaron en 2007 y se reanudaron en junio de 2022. El reto para el capital europeo no era entonces el reequilibrio geopolítico. En realidad, la verdadera ambición de este texto es, desde el punto de vista europeo, continuar con un modelo cuyo fracaso ya es evidente.
Para comprenderlo, hay que entender que, durante dos décadas, China ha sido la gallina de los huevos de oro del capitalismo europeo, y en particular del capitalismo alemán. Con la entrada de la República Popular en la Organización Mundial del Comercio (OMC) a finales de 2001, los miembros de la UE, y en particular Alemania, se beneficiaron de la apertura del mercado chino para vender productos de alta gama, como coches de lujo y máquinas herramienta de precisión, entre otros, al tiempo que se beneficiaban doblemente del bajo coste de la mano de obra china, que proporcionaba insumos baratos y permitía ejercer presión sobre los salarios nominales de los Estados europeos.
Fue una época dorada para el capitalismo alemán. Por supuesto, hubo daños colaterales: la especialización de la economía europea y la moderación salarial redujeron la capacidad productiva de varios países, entre ellos Francia, y degradaron a parte de su clase trabajadora, relegada a empleos de servicios poco productivos y mal remunerados. La actual crisis política y económica de la UE tiene su origen en esa estrategia. El aumento de gama y la agresiva guerra de precios de China pusieron fin a esa época, justo cuando las consecuencias sociales de ese sistema abrían la puerta a la extrema derecha.
La idea del acuerdo no es crear un bloque geopolítico o responder a Washington, sino encontrar un nuevo El Dorado que sustituya a China
Pero esta reorganización de la economía europea ha beneficiado a Alemania y a su zona de influencia en el este y el norte de Europa, es decir, a gran parte de la UE. Desde el punto de vista de los empresarios y de la Comisión Europea, ese “momento chino” siguió siendo el modelo. Cuando se iniciaron las negociaciones en 2007, se trataba de amplificar la lógica del momento y, luego, en 2013, cuando se intensificaron, se trataba de retomar el curso del crecimiento interrumpido por la crisis de 2008. Y luego, en 2022, cuando se reanudaron las conversaciones y Alemania entraba en una grave crisis estructural, se trataba de responder a estas dificultades.
En otras palabras, la idea del acuerdo no es crear un bloque geopolítico o responder a Washington, sino encontrar un nuevo El Dorado que sustituya a China. Y desde este punto de vista, la India era el mejor recurso. Pronto será la cuarta economía del mundo, con un PIB nominal de más de 3,9 billones de dólares en 2024, y el país goza de un dinamismo casi único, con un crecimiento previsto del 7,4 % para el año fiscal 2025-2026.
La India es pues un enorme mercado en crecimiento con, como guinda del pastel, salarios extremadamente bajos y, además, como chantilly sobre la guinda, unos salarios estancados en términos reales. El salario medio mensual indio en la industria es seis veces inferior al de China y veintiocho veces inferior al de Alemania. Por supuesto, los niveles de productividad indios son más bajos, pero la India ofrece, desde el punto de vista del capital europeo, oportunidades equivalentes a las de la China de los años 1990-2000.
La verdadera ambición del acuerdo comercial entre la Unión Europea y la India es, por tanto, esa. Desde el punto de vista de Nueva Delhi, el ejemplo chino de la década de 2000 es la referencia desde la llegada al poder de Narendra Modi. El líder nacionalista quiere repetir la misma jugada: convertirse en un taller barato de Occidente para acumular capital y tener los medios para convertirse en una gran potencia independiente.
Una estrategia de la década de 2000
El principal objetivo de este acuerdo no es por tanto concluir una alianza defensiva contra Estados Unidos, sino más bien intentar retomar una vieja receta, muy anticuada, para volver al crecimiento. Ursula von der Leyen ha retomado una cantinela que huele a la década de 2000: “Este tratado beneficiará a ambas partes.” El problema es que ahora sabemos —y pagamos un precio muy alto por saberlo— que el libre comercio crea perdedores y no garantiza la paz entre los pueblos.
Además, no se entiende muy bien por qué un acuerdo comercial de este tipo entre la India y la UE crearía un bloque geopolítico que compitiera con China y Estados Unidos, cuando, como ha demostrado Benjamin Bürbaumer en una obra reciente (China/Estados Unidos: el capitalismo contra la globalización, edit. La Découverte, 2024), la tensión entre estos dos países es producto de la globalización y de la intensificación de los intercambios comerciales entre ellos. Una vez que la India se convierta en un país central en la producción mundial, se convertirá en un competidor de la UE, a la que, por otra parte, habrá debilitado aún más.
Porque esa es la lección de la época: el caos actual no es enemigo de la globalización, sino su consecuencia y su producto. Intentar volver, aunque sea parcialmente, al régimen de los años 2000-2010 está condenado al fracaso. En el plano social, la entrada de productos indios a precios imbatibles devastará los sectores que aún existen en Europa, especialmente en el ámbito farmacéutico. A cambio, los beneficios relacionados con las exportaciones se limitarán a determinados productos de alta gama y se concentrarán en determinadas clases y países.
Pero incluso ese escenario, que, en teoría, al igual que en la década de 2000, permitiría ocultar los efectos negativos del acuerdo en Europa gracias al fuerte crecimiento de la industria alemana, no es seguro. En primer lugar, porque es posible que la India no tenga la capacidad de seguir el camino de China y, en segundo lugar, y sobre todo, porque China sigue siendo el elefante en la habitación de los sueños de Ursula von der Leyen. China es ahora un competidor directo de la UE en el mercado indio y Nueva Delhi no tiene intención de entrar en una alianza europea exclusiva, sino más bien de mantener su lógica de multilateralidad.
Para un país como la India, los productos y las inversiones chinas son y seguirán siendo esenciales. Y eso puede tener consecuencias desastrosas para Europa, ya que los productos indios inundarán el continente con precios imbatibles, gracias a los insumos chinos baratos y a los salarios muy bajos. Eso hará imposible cualquier reindustrialización del continente y destruirá incluso las industrias baratas que persisten en el sur y el este de Europa. Y, a cambio, las promesas del mercado indio para las industrias de alta gama se verán necesariamente reducidas, dada la terrible competencia china en la India.
Es decir, este acuerdo no es “la madre de todos los acuerdos”, sino más bien el hijo tardío, débil y enclenque de una globalización agonizante. Este acuerdo es la prueba de que Europa no consigue cambiar su software económico y político. La UE sigue atrapada en su visión del “comercio suave” y la centralidad de las exportaciones. La receta que ha debilitado a Europa es repetida una y otra vez por sus dirigentes con la esperanza de que finalmente haga milagros.
Impasse geopolítico
Dicho de otro modo, la narrativa del “bloque” indo-europeo contra Washington y Pekín oculta una realidad mucho más matizada. Ni en el plano geopolítico ni en el económico, un acuerdo de este tipo puede modificar los grandes equilibrios actuales. Sin contar que Europa, a cambio de unos pocos puntos más de crecimiento, está dispuesta a convertir a la India en una nueva potencia independiente en la escena mundial.
Por el momento, la India necesita el comercio exterior para, al igual que China, emerger como un actor imprescindible de la economía mundial. Ese estatus reforzará su capacidad para llevar a cabo una política de poder autónomo en la que los intereses europeos no tendrán ningún valor. De hecho, eso ya es así: la India es uno de los principales apoyos de Rusia y una vía de salida para su petróleo y su gas. En otras palabras, la India apoya efectivamente el esfuerzo bélico ruso, al igual que China. Por eso resulta irónico que los dirigentes europeos guarden silencio sobre este tema, cuando en otras circunstancias no dejan de presentarse como los principales apoyos de Kiev.
La alternativa a la extrema derecha de Donald Trump adoptará, por tanto, la forma de apoyo al crecimiento de un país gobernado por la extrema derecha hindú, que lleva a cabo una política de represión y violencia continua y cotidiana contra las minorías. Un país que aspira a convertirse en una gran potencia y que está en conflicto en la región con varios de sus vecinos.
Europa no se convertirá en aliada de la India con este acuerdo comercial. La India de Narendra Modi construye pacientemente su ambición y, ante el abandono de Washington, está organizando una respuesta multilateral que pasa por este acuerdo, así como por un acercamiento a Pekín y el mantenimiento de relaciones muy cordiales con Moscú.
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El ejemplo del auge chino, impulsado por las inversiones estadounidenses y europeas atraídas por la idea de mejorar las tasas de beneficio, debería servir de advertencia. Pero para ello, la UE tendría que salir de una doble rutina: el cortoplacismo de sus posiciones geopolíticas y la debilidad de sus análisis económicos.
Traducción de Miguel López
Sobre el papel, la estrategia parece ideal. Tras una semana de crisis con Washington por la cuestión de Groenlandia, la Unión Europea (UE) lanza una contraofensiva acercándose a una potencia emergente, también en tensión con Estados Unidos: la India.