Los liberales alemanes se hacen con las riendas del dinero en la 'coalición semáforo'

Christian Lindner, en una imagen de archivo, en Berlín.

Romaric Godin (Mediapart)

Se trata probablemente de la clave del futuro de la nueva coalición semáforo o Ampelskoalition en Alemania. La actitud de los liberales del FDP y de su líder, el futuro ministro de Finanzas Christian Lindner, va a dar sin lugar a dudas el verdadero “color” de la próxima legislatura en Alemania. Porque aunque esta formación es sobre el papel la más pequeña de la coalición tripartita, con 92 escaños en el Bundestag (frente a los 118 de los Verdes y los 206 de los socialdemócratas del SPD), está decidido a no ser el menos influyente.

Su poder ya se ha dejado sentir en el denso documento que es el “tratado de coalición” y en el reparto de carteras ministeriales. Es cierto que los liberales han hecho algunas concesiones visibles, como el abandono a cualquier recorte de impuestos o el aumento previsto del salario mínimo federal a 12 euros/hora. Es cierto que sólo tienen cuatro puestos ministeriales (Finanzas, Justicia, Transportes y Educación) y han renunciado a las áreas internacionales que durante mucho tiempo han sido su coto privado (el liberal Hans-Dietrich Genscher fue ministro de Asuntos Exteriores de 1974 a 1992, y en 2009 el entonces líder del FDP, Guido Westerwelle, asumió también el cargo).

Pero estas concesiones no deben inducir a error. El FDP ha conseguido lo que quería. Christian Lindner hizo campaña con vistas a trasladarse a la Wilhelmstrasse para dirigir el influyente Ministerio de Finanzas. Educación y Transporte también eran puestos clave para el partido, que centró su discurso en estos asuntos. Y el tratado de coalición está muy marcado por el programa liberal. En cuanto al clima, las ambiciones son grandes, pero los medios siguen siendo en gran medida los de los incentivos más que los de las restricciones. Sin embargo, este debate lo presentó Christian Lindner como el punto de divergencia entre los Verdes y el FDP.

En el plano económico, el programa de la coalición promueve la inversión masiva, sobre todo en tecnología y en el sector digital, pero respetando una estrategia de reducción de la deuda y el respeto del “freno de la deuda”, el límite constitucional del déficit público del 0,35% del PIB, que debe volver a respetarse a partir de 2023. En 2021, el presupuesto federal debería ascender, según el Ministerio Federal de Finanzas, a 240.000 millones de euros, con un déficit público global cercano al 6,5% del PIB (excluyendo el efecto de la actual quinta ola de coronavirus, que es muy fuerte en Alemania).

Evidentemente, con Christian Lindner al frente de Finanzas, este compromiso no son sólo palabras vacías. Si dejamos atrás las declaraciones de intenciones del tratado de coalición, pero nos proyectamos en la realidad de la política económica que implica esta visión, es fácil ver cuántas concesiones han tenido que hacer los Verdes, porque en este caso la única manera de vincular el freno a la deuda y la inversión masiva es contar con un crecimiento muy fuerte o reducir el gasto social.

Así, Christian Lindner parece haber echado su red. Sabe que la política de la coalición se basará en decisiones concretas. Si se mantiene firme en su política fiscal y apoya una política de inversión pública, sabe que obligará a sus socios a tomar decisiones en contra de sus propios programas. En otras palabras, gracias a las finanzas, el FDP puede ser capaz de marcar el tono de la acción real en la coalición. Y saldrá como el verdadero ganador de este experimento a tres bandas. Por ello, no es casualidad que el acuerdo de coalición sea impugnado por los jóvenes socialdemócratas y una parte de los Verdes, pero que no cause realmente ninguna dificultad en el seno del FDP.

Así que los liberales han hecho una demostración de fuerza desde el principio. Como en los buenos tiempos de Alemania Occidental, se han presentado como hacedores de reyes. Como en 1982, cuando provocaron la caída de Helmut Schmidt y la llegada al poder de Helmut Kohl, hicieron sentir su fuerza a los socios que no podían gobernar realmente sin ellos. Pero, a diferencia de los viejos tiempos, esta vez los liberales están decididos a tener influencia y no sólo a ser la fuerza de apoyo necesaria de un gran partido. En el contexto de una coalición tripartita heterogénea y frágil, el liderazgo está en juego. Y desde la Wilhelmstrasse, Christian Lindner bien podría querer aprovecharlo.

Ha conseguido lo que se llamaría una “remontada” histórica. En 2013, tras cuatro años de coalición con la CDU/CSU de Angela Merkel, el FDP, que cuatro años antes había obtenido el mejor resultado de su historia con el 14,9% de los votos, se quedaba sin presencia en el Bundestag por primera vez desde su creación en 1948. Con apenas un puñado de votos, el partido no superó el umbral del 5%. Entonces podría haber desaparecido, arrastrado por el ascenso a su derecha de la AfD, un partido de extrema derecha que adoptó su programa económico liberal.

Es cierto que los cuatro años de coalición con Angela Merkel fueron una larga agonía para el partido. Después de haber obtenido en el tratado de coalición la aplicación de su “populismo fiscal” que había determinado su éxito electoral en 2009 con el anuncio de 50.000 millones de euros en recortes fiscales, tuvo que renunciar a todo. La canciller aprovechó la crisis de la eurozona para dejar de lado todas las promesas, y el entonces ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, arbitró sistemáticamente contra el FDP y sus recortes fiscales. El resultado fue que el partido terminó por ser visto como incapaz de imponerse e inútil. El castigo electoral fue entonces violento.

El entonces líder del partido, Guido Westerwelle, fallecido en 2016, dimitió. Tras la derrota, Christian Lindner se hizo cargo del partido y decidió aprender la lección. Entonces cambió profundamente el partido para volver a atraer a los votantes en una línea menos simplista que las meras bajadas masivas de impuestos, pero también cambió su estrategia para dejar de hacer del FDP un partido títere de las coaliciones.

El punto de inflexión de Lindner y su éxito

En el primer nivel, el del programa, Christian Lindner no ha abandonado el giro neoliberal dado a partir de 1982, y más aún desde finales de los años 90. El discurso antifiscal sigue siendo un eje principal de los liberales, pero ya no es tan central, y eso explica que haya podido conformarse con un simple compromiso de no aumentar los impuestos en el tratado de coalición.

Pero el FDP ha evolucionado con el propio neoliberalismo. La palabra clave ahora es “innovación”. La campaña de 2017, y aún más la de 2021, se centraron en el tema de la “modernización” del país, especialmente en el desarrollo de la economía digital. La bajada de impuestos y la lucha contra la burocracia adquirieron entonces otra función, la de apoyar dicha modernización más que el poder adquisitivo. Este nuevo eje fue más un cambio que una ruptura, pero permitió al FDP desprenderse de la imagen de “partido de los ricos” que tenía desde mediados de los años noventa.

Y el partido ha hecho lo que dijo. Durante la campaña de 2021, el FDP fue el partido más presente en las redes sociales, especialmente en TikTok, donde Christian Lindner no es el último en explicar su programa. Al mismo tiempo, el partido adoptó un programa climático clásicamente neoliberal basado en la tarificación del carbono y el apoyo a la innovación.

Manteniendo lo esencial del programa del FDP de Guido Westerwelle, Christian Lindner ha construido así una nueva imagen, más “joven” y “dinámica”. En un país en el que la economía digital sigue retrasada y en el que la industria tradicional dominada por jefes paternalistas sigue siendo dominante, este discurso ha dado en el clavo. Ha permitido al FDP adquirir una identidad frente a la CDU y ampliar su electorado hacia un público que se considera más “progresista”.

El pasado agosto, el secretario general del partido, Volker Wissing, resumió este posicionamiento: “A diferencia de la CDU, somos una fuerza progresista y no una fuerza política conservadora y protectora, queremos el cambio, el punto de inflexión y la modernización”. Ante un país adormecido tras 16 años de gobierno merkeliano, el giro del FDP hacia una visión neoschumpeteriana, que valora el movimiento, la modernidad y la tecnología, pareció ser un soplo de aire fresco para muchos votantes. Esto ha resultado ser especialmente cierto para los jóvenes que se vieron seducidos por el “tecnoprogresismo” del FDP.

La estrategia de Lindner ha sido claramente un éxito: en 2017, el partido volvió con fuerza al Bundestag y volvió a superar la barrera del 10%. En 2021, el partido mejorará su puntuación hasta el 11,5% de los votos, es decir, más de 5,3 millones de sufragios. Pero lo que más sorprendió a los observadores fue que el partido era, al igual que los Verdes, el principal partido entre los jóvenes. Casi el 23% de los que votaron por primera vez se decantaron por el FDP, un punto más que los que lo hicieron finalmente por los Verdes. Se trata de un claro cambio en la historia del partido, que a menudo se consideraba el partido de “los que habían triunfado en la vida”, por citar su eslogan –que pronto se abandonó– de 1994.

A este cambio programático, Christian Lindner añadió un cambio estratégico. En Alemania, la esencia de la política es la relación entre los partidos. Durante mucho tiempo, el FDP fue el peón que se podía utilizar si se le recompensaba adecuadamente con los ministerios. Esto es lo que supuso su perdición en 2009-2013: las carteras fueron el precio de un completo abandono de su programa. El nuevo líder del partido ha cambiado esta visión con una nueva regla: “Prefiero no gobernar que gobernar mal”.

A partir de entonces, ya no se trata de tener un cargo, sino de tener el suficiente peso como para influir en la toma de decisiones. Y en 2017, puso en práctica sus amenazas, poniendo fin a las negociaciones para materializar la coalición Jamaica con la CDU y los Verdes. La influencia no estaba garantizada.

En 2021, esta posición le permitió entrar en las negociaciones con ventaja. El SPD y los Verdes sabían que el FDP podría renunciar al poder como en 2017. Para ambos partidos, un fracaso de la coalición Ampel era políticamente delicado. Por lo tanto, los liberales recibieron mucho. Los liberales, por su parte, fueron modestos en lo que respecta a los puestos ministeriales reclamados, prefiriendo la calidad y la influencia a la cantidad. Lindner quería el Ministerio de Finanzas, el puesto clave del gabinete. El resto eran detalles: al tener el control del dinero en un contexto de una nueva vuelta al freno de la deuda, en realidad está controlando el gobierno.

Por eso es importante no llamarse a engaños con el FDP de Christian Lindner. Incluso como minoría en una coalición bipartidista de centroizquierdas, nada más lejos de volver al FDP “socialliberal”, que en su programa de Friburgo de 1971 pedía la regulación del capitalismo y oponía la libertad individual a la acumulación de riqueza. Por el contrario, el barniz progresista que dan sus posiciones sociales (sobre la legalización del cannabis, por ejemplo) y su discurso de “modernización” se basan en un trasfondo inalterado, que es el del giro neoliberal de 1982.

Con el FDP sucede lo mismo que con el pensamiento neoschumpeteriano. El precio que hay que pagar por la “modernización”, el “progreso” y la “digitalización” es una política que favorece al capital y a su acumulación. La perspectiva de un beneficio poco gravado y la movilización de un ahorro abundante se consideran la base de esta política. Es también desde esta perspectiva “empresarial” que este pensamiento es generalmente crítico con cualquier cuestionamiento de la libertad de mercado y de las políticas sociales generosas.

Esto explica la aparente paradoja de un FDP capaz de firmar un tratado de coalición titulado “Atreverse a más progreso” y, al mismo tiempo, aferrarse a la ortodoxia presupuestaria. Porque esto es Alemania: esta ortodoxia, especialmente en tiempos de inflación creciente, es la base de la política de oferta sobre la que se apoya esta visión neoschumpeteriana. Si el Estado se endeuda demasiado, en esta visión, capta el ahorro que necesitan los empresarios innovadores e impone futuras subidas de impuestos. Todo ello mientras se socava el ahorro mediante una política inflacionista. Esta lógica puramente neoliberal sigue siendo la del FDP. Por tanto, el giro de Lindner no es un giro a la izquierda, ni mucho menos.

De hecho, políticamente, los liberales pueden incluso tener la vista puesta en ocupar el papel central que la CDU ha tenido desde el inicio de la República Federal. Al mantenerse firme en la cuestión presupuestaria, el FDP podría aparecer como la fuerza que defiende los “valores económicos” de la República Federal frente a las tendencias “derrochadoras” de los Verdes y el SPD. También podría ganar votos de una parte del electorado de derechas y mantener su fuerte posición entre los jóvenes gracias a su apoyo a la modernización digital.

Al igual que el macronismo en Francia, ante la crisis del neoliberalismo, el FDP pretende salvaguardar el neoliberalismo rebajándolo con la ayuda del pensamiento neoschumpeteriano. Por lo tanto, puede esperar captar al electorado conservador apegado a los principios de la ortodoxia fiscal. Por lo tanto, parece bastante ilusorio pensar que el FDP podría verse absorbido por sus socios de izquierdas. Con su traumática experiencia en 2009, el FDP pretende utilizar su poder para influir y afirmar su identidad neoliberal.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

 

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