El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir, al difundir en sus redes sociales, sin ningún pudor, como si fuera un trofeo, un vídeo humillante de activistas de la flotilla para Gaza —arrodillados, con las manos atadas a la espalda, la cabeza gacha y el himno nacional de fondo—, ha puesto de manifiesto, el miércoles 22 de mayo, los mecanismos de la indignación selectiva con una claridad deslumbrante.
Ha obligado a Occidente a hacerse mirar su política de maltrato a los detenidos, revelando en directo la jerarquía racial del sufrimiento que estructura el universo mediático-político: los prisioneros filmados no son palestinos. Son, en su gran mayoría, blancos y occidentales. Tienen pasaportes franceses, belgas, italianos, españoles e irlandeses.
Esto es lo que hace visible de repente lo que se ha mantenido estructuralmente invisible durante décadas, mucho antes del 7 de octubre y del endurecimiento sin precedentes de las condiciones de detención en las cárceles israelíes, ordenado por Itamar Ben Gvir, figura central del Gobierno israelí y del supremacismo judío.
La reacción occidental fue inmediata, sin miramientos, sin comillas. Los medios de comunicación difundieron la información sin cesar. Nadie dijo: “es la guerra”, “es complicado”, “es la seguridad de Israel”. Se convocó urgentemente a los embajadores. París condenó “lo inadmisible”, Roma lo calificó de “atentado contra la dignidad humana”, Madrid de “trato monstruoso”.
Reaccionaron incluso los mayores aliados de Israel. El embajador estadounidense Mike Huckabee denunció en X “actos despreciables”: “La flotilla fue una maniobra estúpida, pero Ben Gvir traicionó la dignidad de su nación.” La indignación llegó hasta el Gobierno israelí: el primer ministro Benjamín Netanyahu denunció un trato “no conforme con los valores y las normas de Israel”, mientras que Gideon Saar, jefe de la diplomacia, calificó el vídeo de “vergonzoso”.
“Está bien condenar a Ben Gvir por la humillación infligida a los miembros de la flotilla, pero es un trato de lujo comparado con lo que se inflige a los palestinos en las cárceles israelíes”, subrayó en X Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU para los territorios palestinos ocupados, cuyas sanciones impuestas por la administración Trump fueron levantadas ese mismo día por decisión de un juez federal.
Condiciones de detención crueles e inhumanas
Las condiciones de detención en las cárceles israelíes, oficiales o secretas, llevan décadas siendo documentadas por organizaciones palestinas, israelíes e internacionales: Addameer, Al-Haq, B’Tselem, la Asociación por los Derechos Civiles en Israel, Médicos por los Derechos Humanos, Amnistía Internacional, el Comité de las Naciones Unidas contra la Tortura, etc. Miles de palestinos, incluidos menores, han descrito actos de violencia y abusos que, para muchos, constituyen tortura o tratos degradantes.
No es nada nuevo. No es algo desconocido. Pero nunca provoca una onda expansiva en los medios de comunicación ni en las cancillerías occidentales. En diciembre de 2023 fueron filmados decenas de hombres palestinos de rodillas, en ropa interior y con los ojos vendados, en las calles de Beit Lahia, en Gaza. Las reacciones gubernamentales fueron inexistentes o marginales en Occidente.
No es un sesgo inconsciente el que decide qué cuerpos importan y cuáles pueden ser sacrificados en silencio, deshumanizados. El sufrimiento palestino solo es perceptible para Occidente cuando se refleja en cuerpos que se le parecen.
Las imágenes del centro de detención de Ashdod publicadas por un Ben Gvir exultante (como todas aquellas que ya hemos visto o no hemos querido ver desde el 7 de octubre, al igual que esas filas de palestinos desnudos en el frío, con los ojos vendados, en la Gaza devastada o en las colinas rocosas de Cisjordania) no son nada comparadas con todas las imágenes que nunca saldrán de las prisiones israelíes.
Me han herido ocho veces sobre el terreno, pero nada es comparable a lo que he vivido y visto dentro de las cárceles israelíes
Son escenas que solo podemos imaginar al leer los informes de las ONG, al escuchar los fragmentos de testimonios de los presos liberados, de sus familias, de sus abogados, cuando logran contactar con ellos. La rutina carcelaria. La violencia física, psicológica y sexual. La privación de sueño, de comida, de medicamentos. La falta de atención médica, de higiene. Hasta la muerte.
El número de presos se ha duplicado desde el 7 de octubre, según las ONG: son cerca de diez mil. Algunos han sido juzgados, pero miles de ellos nunca lo han sido y nunca lo serán, mantenidos bajo el régimen de detención administrativa, renovable indefinidamente, sin cargos, sin juicio.
Mediapart no deja de documentarlo. En junio de 2024, el periodista gazatí Diaa Al-Kahlout, hoy exiliado en Egipto, nos contaba sus treinta y tres días en el infierno de Sde-Teiman, el “Guantánamo israelí”, con el número de matrícula 059889. Sin nombre, sin identidad, solo reducido a un número. Salió de allí “a la vez vivo y muerto”, sin poder mantenerse en pie, reviviendo cada noche los golpes, el pañal, la venda en los ojos, las manos atadas a la espalda, suspendido por las muñecas.
A mediados de mayo, Mediapart se reunió en Jenín, en Cisjordania, con Ali Samoudi, irreconocible tras un año de prisión, con 60 kilos menos. Este periodista, compañero de la periodista palestino-estadounidense de Al Jazeera Shireen Abu Akleh (estaba a su lado cuando fue asesinada por el ejército israelí en mayo de 2022, y él mismo resultó herido en el hombro), fue detenido en su domicilio el 29 de abril de 2025, sometido a detención administrativa y puesto en libertad el 30 de abril de 2026.
Samoudi, que ha dedicado los cuarenta años de su carrera a documentar el sufrimiento ajeno, especialmente en las cárceles, confiesa haberse visto superado por su propia experiencia carcelaria: “Me han herido ocho veces sobre el terreno, pero nada es comparable a lo que he vivido y visto dentro”.
Otro antiguo preso, liberado tras treinta años en las cárceles israelíes en febrero de 2025, en el marco del alto el fuego en Gaza, confió a Mediapart: “Las cárceles israelíes son lo peor que el ser humano ha inventado jamás”.
Ben Gvir no es una excepción
Lo que está en juego en esta secuencia no se limita solo a la indignación selectiva. Quizás haya algo aún más indignante: la estrategia adoptada para no abrir realmente los ojos. La que convierte a Itamar Ben Gvir en el extremista, el chivo expiatorio conveniente, para preservar mejor el sistema que lo ha producido y mantenido en el poder.
El mecanismo está bien engrasado. Permite no nombrar al resto: ni a Benjamín Netanyahu, que mantiene a Ben Gvir en el Gobierno porque lo necesita para su mayoría vacilante, para continuar la guerra, mantenerse en el poder y escapar de la justicia. Ni las décadas de prácticas carcelarias documentadas anteriores a Ben Gvir. Y, sobre todo, establece una narrativa tranquilizadora: el ministro sería una excepción, una amenaza para la democracia israelí, que puede corregirse.
Pero Ben Gvir no es un exceso. Es el engranaje central de la maquinaria genocida que opera en los territorios palestinos ocupados. A cargo de la seguridad nacional y de la administración penitenciaria, controla los cuerpos, las cárceles, la represión.
Su consigna tras los ataques de Hamás en octubre de 2023 siempre ha sido clara: endurecer al máximo las condiciones de vida de los palestinos tras las rejas. De hecho, se jactó de matarlos de hambre hasta tal punto que el Tribunal Supremo israelí ordenó en septiembre de 2025 la mejora de la alimentación de los presos palestinos.
A finales de marzo celebró una de sus mayores victorias: la aprobación de la ley que instaura la pena de muerte, su caballo de batalla desde hace años. Una ley emblemática del apartheid documentado por ONG como B’Tselem, concebida para aplicarse únicamente a los palestinos declarados culpables de asesinato “terrorista”, que entró en vigor el 17 de mayo. Excluye explícitamente a los autores judíos, como los colonos, que gozan de una impunidad casi total.
El vídeo de Ben Gvir llega en un momento en que la violencia colonial se intensifica cada día más
Desde principios de año han sido asesinados por supremacistas judíos al menos diez palestinos en Cisjordania, frente a los ocho de todo el año 2025. La inmensa mayoría de las investigaciones que se dirigen contra estos últimos se archivan sin más y no se ha iniciado ningún proceso judicial desde 2020, mientras que han sido asesinados más de mil cien palestinos, de los cuales al menos una cuarta parte son menores.
Con sus sogas al cuello o impresos en su pastel de cumpleaños por sus 50 años, su champán descorchado en pleno Parlamento para celebrar las futuras muertes palestinas, Itamar Ben Gvir no estaba montando un espectáculo. Está llevando a cabo una política coherente, deliberada, validada en las altas esferas por un director de orquesta: Benjamín Netanyahu.
A su lado, Bezalel Smotrich, la otra cara de la extrema derecha israelí: ministro de Finanzas y de Asentamientos, aboga por la multiplicación de estos últimos y por la reapertura de los evacuados en 2005 en el marco del plan de retirada israelí, tanto en Cisjordania como en Gaza, para “enterrar la idea de un Estado palestino”.
El vídeo de Ben Gvir llega en un momento en que la violencia colonial se intensifica cada día más. Menos de una semana después de la “marcha de las banderas” del 14 de mayo, un desfile nacionalista y violento, cada año con más participación, que conmemora la anexión de la parte palestina de Jerusalén.
Mediapart ha sido testigo de agresiones racistas contra palestinos. Jóvenes israelíes se han abalanzado por las calles de la ciudad vieja coreando: “Muerte a los árabes”, “Que arda vuestro pueblo”, “Esto no es la mezquita de Al-Aqsa, es el Tercer Templo”, el gran proyecto mesiánico de la extrema derecha israelí. Ben Gvir y Smotrich, ambos en el punto de mira del Tribunal Penal Internacional, estaban presentes, junto a miembros de la Knesset, el Parlamento israelí.
No se trata de una serie de coincidencias. Es el ritmo habitual de un régimen colonial que funciona a pleno rendimiento. Cuando la indignación se haya calmado, ¿volverá el mundo a mirar hacia otro lado, una vez más?
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Traducción de Miguel López
El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir, al difundir en sus redes sociales, sin ningún pudor, como si fuera un trofeo, un vídeo humillante de activistas de la flotilla para Gaza —arrodillados, con las manos atadas a la espalda, la cabeza gacha y el himno nacional de fondo—, ha puesto de manifiesto, el miércoles 22 de mayo, los mecanismos de la indignación selectiva con una claridad deslumbrante.