Irán

El pacto nuclear iraní suma numerosos detractores

Habrá que esperar tres meses para saber si el acuerdo marco político alcanzado el pasado jueves 2 de abril en Lausana (Suiza), entre Irán y sus seis interlocutores (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia, China y Alemania), es realmente histórico. El próximo 30 de junio, al término de una negociaciones técnicas que se prevén arduas, y por consiguiente inciertas, está previsto que se ratifique –o no– el verdadero acuerdo global sobre el programa nuclear iraní. El que puede calificarse de histórico.

La visible satisfacción de Federica Mogherini, alta representante de la diplomacia europea, que presentó oficialmente el acuerdo, el rostro sonriente del ministro iraní de Asuntos Exteriores Mohammed Yavad Zarif, de pie a su lado, la solemnidad de Barack Obama, durante la rueda de prensa ofrecida en la Casa Blanca, no estaban fuera de lugar.

Y no lo estaban no porque los cuatro folios de acuerdos alcanzados tras las negociaciones permitían poner fin a una semana agotadora, desde el punto de vista físico y psíquico, para las delegaciones reunidas en el hotel Beau Rivage, sino también –y sobre todo– porque este “pacto preliminar”, según la definición de Laurent Fabius [ministro francés de Asuntos Exteriores], trastoca el juego diplomático en Oriente Próximo y puede tener consecuencias mayores en la región. Y fuera de ella.

¿Por qué motivos? Porque acaba con la hostilidad recíproca de EEUU y de la República Islámica que dura 35 años. Una hostilidad que surgió con el derrocamiento del shah, aliado fiel de Washington, tras la revolución islámica, y la interminable toma de rehenes de la embajada norteamericana de Teherán que se prolongó durante 444 días y que resultó verdaderamente traumática para los norteamericanos. El trauma se vio agravado por el humillante fiasco del comando aerotransportado, obligado a retirarse, en el desierto, en abril de 1980.

Claro que Washington ha desempeñado un papel clave en estas negociaciones internacionales. Pese a las afirmaciones realizadas por algunos de los presentes como Laurent Fabius, se ha tratado de un tira y afloja entre EEUU e Irán. Sí, el primer éxito auténtico de esta ofensiva diplomática ha sido la reanudación del diálogo entre el antaño “gran satán” norteamericano y el “Estado canalla” iraní, pieza clave del “eje del mal”. Durante 18 meses, dos enemigos acérrimos, cuyos diplomáticos no estaban autorizados a reunirse desde hacía más de tres décadas, llevaron a cabo negociaciones discretas, en un primer momento, y abiertas, posteriormente, y que han contado con el respaldo de otras cinco grandes potencias.

Pero ¡cuidado! Los otrora dos enemigos no se han convertido en amigos por arte de magia, ni tan siquiera son aliados, como parecen temer los dirigentes de Israel y las monarquías suníes del Golfo. Nada más lejos de la realidad. Todavía pervive un largo contencioso. En Irán, hunde sus raíces en la memoria del imperialismo petrolero norteamericano y el derrocamiento, organizado por la CIA, en 1953 del primer ministro nacionalista Mossadegh, preludio de la instauración de la dictadura del shah. En Estados Unidos, lo alimenta el fanatismo religioso de los mullah, el apoyo de Teherán al Hezbolá libanés y al terrorismo internacional y las amenazas repetidas en contra de Israel.

No obstante, ese incómodo pasado ya no impide ni las conversaciones diplomáticas ni una cierta forma –compleja, todo hay que decirlo– de tolerancia táctica recíproca sobre el terreno. Enemigos en Siria, donde Teherán apoya el régimen de Bashar al-Assad, gracias a Hezbolá y a su cuerpo expedicionario de guardianes de la revolución, mientras que Washington ayuda con cierta prudencia a los opositores del régimen, ambos países combaten en el mismo bando en Irak, donde los soldados y milicias iraníes participan, como los asesores militares y los aviadores norteamericanos y occidentales, en la batalla que se libra contra el Estado Islámico para preservar lo que se puede del régimen de Bagdad.

Una potencia regional de 80 millones de habitantes

“Queremos mostrar nuestro compromiso con los iraníes sobre la base del respeto y de los intereses mutuos”, repitió el jueves Barack Obama. Los dirigentes iraníes todavía no se encuentran en ese punto. Al menos, no todos. El presidente Hasán Rouhaní y su Gobierno parecen no oponerse a las relaciones diplomáticas, pero el guía supremo, el ayatolá Jamenei –aunque partidario de las negociaciones relativas a la cuestión nuclear– sí es contrario, al igual que sus partidarios, por no hablar del clan más conservador, abiertamente hostil. En opinión de un experto norteamericano-iraní, esto “no es óbice para explorar zonas de cooperación discretas”. No se trata un cambio de parecer diplomático, sino que estamos ante un cambio de enfoque recíproco, que altera la situación en la región al sembrar la duda entre EEUU y sus aliados históricos, Israel y las monarquías suníes.

El presidente norteamericano lo admitió implícitamente el martes por la noche al señalar que iba a telefonear al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu y al decir que tenía intención de reunir en Camp David a los dirigentes de las seis monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Bahrein y Omán) para “estudiar cómo reforzar la cooperación e intentar resolver los múltiples conflictos que se encuentran en el origen de tanto sufrimiento e inestabilidad en Oriente Próximo”.

Hace años que Netanyahu argumenta que un Irán con la bomba atómica supone una “amenaza existencial” para Israel. Esta evaluación estratégica es puesta en duda por parte del complejo militar de seguridad israelí. Hace tiempo que vigila a Irán para no juzgar la amenaza inminente y, sobre todo, confía en la capacidad de disuasión del arsenal nuclear israelí, sobre el que existe un gran secretismo.

Esta “amenaza iraní” –inquietud real o pánico retórico destinado a distraer la atención de su inmovilismo sobre el asunto palestino– llevó a Netanyahu a cometer una torpeza hace un mes, cuando no dudó en desafiar abiertamente a Obama en Washington, al oponerse en el Congreso a una iniciativa diplomática del presidente de EEUU.

Netanyahu –al contrario que el presidente norteamericano, que considera este acuerdo marco como una garantía de seguridad inédita dirigida a “impedir a Irán que obtenga la bomba atómica” y que el jueves recalcó su voluntad de proteger a Israel– mantiene su estrategia política, avalado por su victoria electoral. Juzga que este “mal acuerdo” es un error histórico que supone “un grave peligro para el mundo y que amenaza la existencia de Israel”. Y su ministro de Servicios de Inteligencia Yuval Steinitz, que visitó París para ilustrar a Laurent Fabius sobre los riesgos de un acuerdo semejante, acaba de repetir que para Israel “todas las opciones, incluida la militar, están sobre la mesa”.

No cabe la menor duda de que de aquí al 14 de abril, cuando el Senado norteamericano ha de abordar cómo validar el acuerdo marco de Lausana, Netanyahu va a desplegar una intensa actividad de lobbying, para tratar de impedir que el avance de las negociaciones deriven en un acuerdo global en junio. Mientras que el chantaje sobre el peligro nuclear que entraña Irán, después de Lausana, resulta menos creíble, ya que es difícil de imaginar que seis grandes potencias se hayan dejado engañar por un Irán obsesionado por la destrucción de Israel, no cabe duda de que para Netanyahu, el regreso de Irán, sin que sobre el recaiga la sombra de la duda y las sanciones, a la comunidad de naciones supondría una pesadilla.

Porque se aprobaría el regreso al panorama internacional de una gran potencia regional de 80 millones de habitantes, con un potencial económico enorme, con un ejército poderoso y una diplomacia brillante. Pero el Senado daría también a la República Islámica, centro del islam chiíta y de su expansión, una legitimidad nueva, bajo cuyo amparo, sospechan los dirigentes israelíes –aunque no son los únicos–, Teherán estaría en disponibilidad de apoyar corrientes políticas o milicias a su servicio, como actualmente ocurre en Irak, Líbano, Siria, Bahrein o Yemen y mantener o incluso ampliar su área de influencia en el mundo musulmán.

Los sunitas de Irán comparten el mismo temor. Sin duda, en esta región en crisis donde los conflictos latentes a menudo tienen su origen en la rivalidad entre chiítas y sunitas, como en Siria, Irak, Yemen, están sorprendidos al ver que su eterno enemigo chíita, hasta ayer paria interplanetario, reaparece en el escenario mundial. También están preocupados por la vuelta a los mercados del gas y del petróleo de un competidor poderoso y aguerrido que mañana puede recuperar casi 100.000 millones de dólares si eventualmente se pone fin a las sanciones.

Sin embargo, se encuentran sobre todo desconcertados ante de la idea de que surja, con ayuda de EEUU, un segundo polo poderoso que rivalice con Arabia Saudí, epicentro suní. De hecho, los monarcas del Golfo lo que temen es que a largo plazo la alianza de Washington dé un giro. Tienen tres meses para adaptarse al nuevo escenario. O, como Israel, para tratar de hacer fracasar el acuerdo global.

Los detalles del acuerdo de Lausana

Porque las escenas de alegría en las calles de Teherán y los rostros sonrientes de Lausana no deben ocultar lo esencial: en tres meses hay una ingente labor que llevar a cabo. Que el Gobierno israelí, la mayoría republicana en el Congreso de EEUU, los conservadores iraníes y los monarcas del Golfo corren el riesgo de no hacer fácil. ¿En qué cuestiones alcanzaron en Lausana un acuerdo las delegaciones de los siete países? Sobre una serie de parámetros incluidos en cuatro capítulos: enriquecimiento, reactores y reprocesamiento, sanciones, calendario, que son otros tantos campos de minas.

Como ya es sabido, desde el inicio de esta fase de negociaciones los dos principales puntos en los que se ha mantenido el bloqueo durante mucho tiempo es el lo que respecta al enriquecimiento del uranio y el fin de las sanciones. En lo que concierne al primer punto, se ha determinado que el número de centrifugadoras en manos de Irán se reduzca de 19.000 a 6.104, de las que 5.060 unidades tendrán autorización para producir uranio enriquecido hasta el 3,67% durante (un máximo) de 15 años. El almacenamiento de 10.000 kg de uranio débilmente enriquecido actual en manos de Irán se verá reducido a 300 kg, con un enriquecimiento máximo del 3,67%, en 15 años.

Todas las centrifugadoras inutilizadas y el material complementario se almacenarán en locales vigilados por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y solo podrán utilizarse como piezas de recambio. El tiempo que Irán necesita para disponer de material fisible para fabricar una bomba, actualmente estimado en dos o tres meses, se ampliará a un año. Todas las centrifugadoras inutilizadas se reunirán en la fábrica de Natanz, para facilitar su vigilancia.

La instalación subterránea fortificada de Fordow, hasta la fecha dedicada al enriquecimiento, se convertirá en un centro de investigación de física y tecnología nuclear. No se autorizará ninguna investigación relacionada con el enriquecimiento de uranio, ni tampoco la posesión de material fisible durante 15 años. El reactor de agua pesada de Arak, destinado a producir plutonio, será rediseñado y reconstruido, para permitir investigaciones con fines pacíficos y producir isotopos para uso médico. El núcleo de este reactor será destruido o trasladado fuera de Irán.

En lo que se refiere al segundo punto, los parámetros sobre los que se ha alcanzado un acuerdo incluyen el levantamiento de las sanciones norteamericanas y europeas tan pronto como la AIEA certifique que Irán ha respetado los compromisos alcanzados; se restablecerán si el acuerdo no se aplica. Las sanciones impuestas por la ONU se levantarán tan pronto como Irán pruebe que ha respetado todos los puntos del acuerdos, pero el Consejo de Seguridad adoptará una nueva resolución, respaldando los términos del acuerdo global. Se mantienen las prohibiciones de importar tecnología militar sensible. Las sanciones por terrorismo y violación de los derechos humanos siguen en vigor.

El periodo de aplicación del acuerdo oscila entre 10 y 15 años, según las actividades, y abarca 25 años en lo que respecta a las inspecciones. Dichas inspecciones, elemento central del sistema de verificación del acuerdo respaldado el jueves por Barack Obama, serán llevadas a cabo por la AIEA, que accederá a todas las instalaciones nucleares iraníes y podrá utilizar el sistema de vigilancia de su elección. Los inspectores también tendrán acceso a toda la cadena de abastecimiento del programa nuclear iraní así como a las minas de uranio y a las fábricas de extracción. Todas las centrifugadoras y los rotores estarán bajo vigilancia durante 20 años. Irán se compromete a poner en marcha un protocolo adicional de la AIEA que permita a la agencia inspeccionar todas las instalaciones vinculadas al programa nuclear, estén o no declaradas.

No será sencillo, desde luego, convertir en decisiones concretas, en tres meses, los parámetros fundamentales adoptados en Lausana. Del mismo modo, el Gobierno de Teherán, que celebra elecciones legislativas en 2016, estará sometido a presión permanente por parte de los conservadores, que acusan ya a Rohaní y a su negociador de haber cedido especialmente ante los norteamericanos y de haber adoptado un “mal acuerdo”. En Washington, los republicanos, adversarios políticos de Obama, que hacen suya la estrategia del miedo de Netanyahu, que tan bien les funcionó en las elecciones, están lejos de haber entregado las armas.

Los elementos de un acuerdo histórico está en manos de los negociadores. En caso de que se materialice, no resolverá todos los problemas de Oriente Próximo, ya que queda mucho camino por delante, pero sí contribuirá a crear un clima diferente. Y pondría las cosas más difíciles a los partidarios de la proliferación nuclear. Algo de lo que nadie, en la región, podría quejarse.

Traducción: Mariola Moreno

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