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La pandemia coloca a México ante el espejo de la desigualdad: la gran mayoría 'invisible' no puede permitirse el lujo de confinarse

Miembros de la Guardia Nacional entregan alimentos en los barrios populares de Cancún.

Marie Hibon (Mediapart)

Catalina se apoya en su pequeño carrito de helados. Este jueves de finales de marzo, como todos los días, se ha puesto su uniforme de vendedora, en azul eléctrico, mismo color que la nevera con parasol que acarrea de aquí para allá por las calles de Pachuca, una pequeña ciudad a una hora al norte de México DF. Está sola, de pie bajo un sol de justicia de finales de marzo, en la plaza desierta de Juárez. “Los helados, son los niños los que los compran”, dice. Las escuelas de todo el país han cerrado hace cuatro días, dejándola en la estacada.

Cada día, México se une un poco más a la cohorte de otros países parados. El país entró el lunes 30 de marzo en “estado de urgencia sanitaria por causa de fuerza mayor” y las autoridades han ordenado a la población quedarse en casa y han suspendido todas las actividades no esenciales. Una a una, las tiendas de la capital han echado el cierre. Los últimos restaurantes abiertos han bloqueado sus puertas y colocado las sillas sobre las mesas, vendiendo sólo artículos para llevar. Las oficinas de las torres de la avenida Reforma, por las que desfilan los hombres trajeados, están vacías.

Pero al irse a casa, este México moderno, equipado para teletrabajar y con la cartera suficientemente llena para acumular papel higiénico y kilos de harina en la despensa, ha dado visibilidad a otro México, el que sigue haciendo funcionar los barrios acomodados ahora adormecidos. Un México de porteros, limpiadoras, barrenderos y vendedores de comida callejeros. En total, el 56% de los trabajadores, unos treinta millones de mexicanos para los que quedarse confinado no está dentro de sus posibilidades.

María Eugenia, con el ceñidor de su delantal adornando el escote cuadrado que caracteriza a las amas de casa del país, abrillanta los cristales del hall de entrada de una residencia de clase de la Condesa, el barrio más gentrificado de la capital. Está contenta por conservar este trabajo porque, mientras haya, habrá dinero. Otras tienen menos suerte: muchas trabajadoras domésticas han sido despedidas sin más miramientos por sus patrones desde que aparecieron los primeros contagios.

En México, tener un empleo no te garantiza la seguridad. “En este país se puede tener trabajo y ser pobre”, explica Rogelio Gómez Hermosillo, coordinador de la ONG Acción Ciudadana contra la Pobreza. Cuatro de cada diez trabajadores no tienen un contrato estable ni seguro social. Es el resultado de “décadas de violación del derecho del trabajo” frente a un Estado débil, incapaz de hacer respetar sus leyes, según Gómez Hermosillo. “A fin de cuentas, es más barato para las empresas violar las leyes laborales, incluyendo el pago de una condena, que emplear a gente en condiciones legales”.

Desde la implantación de las medidas sanitarias para luchar contra la propagación del coronavirus, que ha causado 94 muertos de los 2.143 casos confirmados hasta el 5 de abril, cada día aparecen un montón de empresas que, con esta crisis, se deshacen de sus empleados. Alsea, un conglomerado que agrupa una decena de cadenas de restaurantes (Domino's Pizza, Burger King, Starsbucks...) propuso a sus empleados a finales de marzo “ausentarse un mes sin sueldo”. En los sectores de hostelería y turismo es la hecatombe: en las playas de la Riviera Maya, joya del turismo mexicano, una ocupación hotelera por los suelos ha provocado el despido de cerca de 60.000 trabajadores del sector en diez días.

El gobierno ha sido sin embargo determinante: todo trabajador no esencial debe quedar confinado en abril y su empleador “está obligado a pagarle el sueldo este mes de epidemia”. Un deseo inútil, dice Maria Eugenia. “¿Quién no querría estar en su casa en este momento? Pero esto es México...si me envían a casa será sin paga”. Cada día reza, al salir por la puerta, para no traer con ella el virus que pueda contagiar a sus hijas.

Desde hace varias semanas, las autoridades sanitarias tratan de hacer malabares entre los imperativos de la salud y la realidad económica del país, cuyo PIB se contrajo el año pasado en un 0,1%. El subsecretario de sanidad Hugo López-Gatell, epidemiólogo de renombre y cabeza visible de la respuesta gubernamental, lo ha repetido varias veces: “Asfixiar la economía y la sociedad podría tener consecuencias devastadoras, aún más que la epidemia del coronavirus”. El producto de esta estrategia híbrida es un decreto, obligatorio por naturaleza, que pide a la población observar un confinamiento voluntario, sin mencionar sanciones. Una hábil declaración para enviar a los que puedan a sus casas sin acorralar a los demás.

Iván Aguilar Ortiz, limpiabotas veinteañero en Pachuca, no tiene ninguna intención de quedarse en casa. Este joven, a la espera del primer cliente del día, está convencido de que el coronavirus no es una enfermedad sino un complot de China para despojar a los EEUU del estatuto de primera potencia mundial. Y no es el único: a algunos metros de allí, el vendedor de pastes, las empanadas de hojaldre típicas de la ciudad, lo cree también firmemente.

Son respuestas destinadas a mantener el peligro a distancia ante la falta de medios para protegerse, cree el investigador Patricio Solís, del centro de estudios sociológicos del Colegio de México. “En México, la noción de servicio público ha sido desmantelada poco a poco con los gobiernos anteriores. El Estado está poco presente en la vida de la gente. Entonces, cuando se hace un llamamiento a la población para que se quede en casa para combatir el virus, se enfrenta a un inmenso sector que vive sin el Estado y que le responde: '¿Por qué debería creerle?'. '¿Qué autoridad tiene para venir a alterar nuestro equilibrio?'”.

Hay una personalidad en particular que ha mantenido durante muchas semanas ese discurso de desconfianza respecto al virus: el mismo presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. Elegido a finales de 2018 en medio del rechazo a una clase política corrupta, AMLO, como se le conoce en México, ha basado su legitimidad en su cercanía con el pueblo mexicano. Él, que se jacta de haber visitado “todos los municipios del país”, no ha querido acabar con sus baños de multitudes por todo el país, interfiriendo alegremente el mensaje de las autoridades sanitarias que tratan de hacer calar la idea de que una crisis sanitaria está al caer en la población. En tres semanas, el presidente ha incitado a los mexicanos a no renunciar a los abrazos, ha mostrado amuletos diciendo que protegen del virus y ha animado a la gente a ir a los restaurantes para sostener una economía “familiar y popular”.

Se trata de un discurso “atractivo para una parte de esta economía informal y para la clase media comprometida que trata de apoyarla”, piensa Patricio Solís, para quien “el problema de este discurso, por mucho que parezca estar del lado de los más débiles, es que es contraproductivo”. Al continuar saliendo de casa para ganarse el pan, los trabajadores se exponen más que nunca al virus, justamente ellos que son precisamente los que no tienen cobertura social. “El confinamiento tiene que ser un derecho y, para ejercerlo, el presidente debe asumir sus responsabilidades como jefe del ejecutivo y poner en marcha un programa de compensación para que este sector de la población pueda quedarse en casa”.

El domingo pasado, tras una semana más sobria dedicada a visitar hospitales, López Obrador se dirigió solemnemente a la nación. Contrariamente a los ambiciosos planes de apoyo a la economía local desplegados en varios países de la región, el presidente presentó el retrato de un México inalterado ante la crisis sanitaria que él calificó de “transitoria”, e hizo un llamamiento a “una rápida recuperación” del país. Frente a la crisis económica que se anuncia, reveló su programa de austeridad con el anuncio de nuevos recortes en los salarios de los altos funcionarios y la creación de dos millones de empleos de aquí a finales de año.

Durante ese tiempo, Catalina, la heladera de Pachuca, se desinfecta las manos con una mezcla de agua, jabón y lejía y se toma una buena ducha al regresar a casa. “Más ya no puedo hacer”, confiesa. Los servicios de sanidad del país trabajan con ahínco para prepararse ante lo que está por llegar, pero al sistema hospitalario le falta de todo. El país solo cuenta en la actualidad con 1.000 especialistas en cuidados intensivos, cuando harían falta diez veces más, según reconoció el sábado el presidente, e hizo un llamamiento para contratar en tres semanas a unos 20.000 médicos y enfermeros que deberán seguir una formación acelerada por Internet. El sistema hospitalario, en un escenario optimista, se prepara para absorber a lo largo de varias semanas algo más de 10.000 enfermos en cuidados intensivos. Pero la ausencia de medidas ambiciosas para ayudar a las Pymes y a los trabajadores precarios a quedarse en casa con el fin de aplanar la curva, conlleva el riesgo de sobrecargar un escenario para el cual a México le está costando ya prepararse.

Traducción de Miguel López. 

Texto original en francés:

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