La selección nacional de fútbol de Irán ha llegado por fin a su campo de entrenamiento en Tijuana, México, tras meses de incertidumbre sobre su participación en el Mundial. Sus tres partidos de la fase de grupos se disputarán en Estados Unidos.
Para muchos equipos que participan en el Mundial, incorporarse a un campo de entrenamiento es una etapa habitual del proceso de preparación. Pero para el de Irán, se trata de un camino largo y conflictivo, marcado no solo por el contexto de la guerra actual, sino también por las tensiones diplomáticas con el país anfitrión de la competición.
Una de las principales preocupaciones era la concesión de visados estadounidenses a los miembros de la selección iraní. Aunque el Departamento de Estado concedió autorizaciones de entrada al territorio a todos los jugadores, al seleccionador y a sus principales ayudantes, se rechazaron las solicitudes de visado de quince personas que figuraban en la lista enviada por la Federación Iraní de Fútbol, entre ellas Mehdi Taj, presidente de la federación y exoficial del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (los Pasdaran).
Mientras que Estados Unidos clasifica a esta entidad paramilitar como una “organización terrorista extranjera”, Marco Rubio, secretario de Estado americano, había declarado anteriormente que los jugadores iraníes serían bienvenidos al Mundial, pero que las personas vinculadas a los Guardianes podrían ser objeto de restricciones. Ya anteriormente, varios responsables iraníes no habían obtenido visado para asistir al sorteo del Mundial en Estados Unidos.
A finales de abril, Canadá, que también califica a los Guardianes de la Revolución como organización terrorista, ya había impedido la entrada de Mehdi Taj en su territorio, obligándole a abandonar el país pocas horas después de su llegada, de una forma considerada humillante.
Control progresivo de los aparatos de seguridad
Estas tensiones han puesto de relieve, más que nunca, la injerencia de las fuerzas de seguridad iraníes en el fútbol. Para Mehdi Rostampour, exluchador iraní y analista deportivo que vive hoy en Dinamarca, que los Guardianes hayan decidido “gestionar” el fútbol no es nada sorprendente, dada su intromisión en otros ámbitos de la vida social.
“Los Guardianes de la Revolución”, explica, “intervienen, por ejemplo, en cuestiones culturales creando instituciones de producción cinematográfica e influyendo en las organizaciones artísticas y los festivales. También intervienen en la economía a través del contrabando de mercancías. Y el deporte forma parte de este conjunto.”
Payam Younesipour, exsubdirector del periódico deportivo Iran Varzeshi publicado en Teherán, está refugiado en Austria debido a las presiones del régimen sobre los periodistas. Confirma los esfuerzos de los Guardianes por controlar la selección nacional de fútbol: “Desde hace años, buscan mantener su control sobre este equipo y hacer que los jugadores dependan de ellos.”
Tanto el ejército como la organización ideológico-militar de los Pasdaran han creado clubes para tener presencia en la práctica del deporte más popular
La influencia de los Guardianes no se limita a la mera presencia de unos pocos dirigentes militares en la federación o en los clubes. Desde los primeros años tras la revolución de 1979, el fútbol se ha convertido en un espacio de competencia política, de control social, de legitimación del poder y de expansión de redes económicas vinculadas a la autoridad.
Tanto la policía de la República Islámica, que incluye a la policía de costumbres, como el ejército y la organización ideológico-militar de los Pasdaran, han creado cada uno de ellos clubes con el fin de tener presencia en la práctica del deporte más popular del país. Progresivamente, el papel de estas instituciones de seguridad se ha desplazado de la periferia del fútbol hacia su centro de decisión, pasando de una estrategia de participación a una estrategia de control.
El punto de inflexión de febrero de 1990
En la primera década tras la revolución, la prioridad del régimen era la “islamización” del deporte en general. Numerosos dirigentes de la época monárquica, considerados insuficientemente religiosos, fueron apartados por ello. Pero un acontecimiento, ocurrido unos meses después de la muerte de Ruhollah Jomeini, el fundador de la República Islámica, resultó decisivo.
En febrero de 1990, en el estadio Azadi de Teherán, al término de un partido del Persépolis, uno de los dos grandes clubes de la capital, espectadores y espectadoras salieron a la calle y corearon consignas contra el régimen, como “Muerte a la República Islámica”. En aquella época, el joven régimen iraní acababa de atravesar una guerra de ocho años contra Irak y disturbios internos. Bajo su nuevo líder, Ali Jamenei, buscaba consolidarse.
“Fue un acontecimiento extremadamente importante para la época, ya que en ese contexto tan represivo, una simple palabra de protesta podía acarrear graves consecuencias”, recuerda Mehdi Rostampour. A partir de ese momento, se intensificaron los controles en los estadios. Las personas que gritaban consignas contra el régimen, prosigue el exluchador, eran “aisladas y luego conducidas a una zona situada en los sótanos del estadio, en las instalaciones de seguridad, donde recibían una paliza”.
Lo que condujo al dominio total de los Guardianes sobre el fútbol iraní fue la intervención de su servicio de inteligencia, que creó una 'oficina de deporte'
Las manifestaciones de febrero de 1990 sirvieron de alerta al régimen. A partir de entonces, decidieron no solo reforzar el control de los estadios, sino también intervenir directamente en la gestión de los clubes.
Tras esos acontecimientos, Ali Aghamohammadi, una figura influyente cercana a Ali Jamenei, fue nombrado presidente del consejo de administración del club Esteghlal, uno de los dos principales clubes de Teherán. Al mismo tiempo, Abbas Ansarifard, también miembro de los Guardianes, asumió la dirección del Persépolis. Los dos principales clubes del fútbol iraní quedaron así bajo el control directo del poder.
Este proceso se extendió rápidamente, de modo que otros clubes fueron confiados a comandantes militares y miembros destacados de la seguridad. “Pero lo que ha llevado al dominio total de los Guardianes sobre el fútbol iraní”, añade Mehdi Rostampour, “es la intervención de su servicio de inteligencia, que ha creado una ‘oficina de deportes’ y ha comenzado a citar, detener e interrogar a diversos actores del ámbito deportivo.”
Prioridad a los jugadores favorables al régimen
Varios observadores del deporte iraní confirman que el servicio de inteligencia de los Guardianes vigila de cerca el comportamiento y las declaraciones de los futbolistas. Cuando decide apartar a un jugador o a un entrenador, pide al club en cuestión que rescinda su contrato. “En algunos clubes del país, incluso el nombramiento de un entrenador depende de la aprobación de la oficina local de inteligencia de los Guardianes”, señala Mehdi Rostampour.
Sardar Azmoun, uno de los mejores jugadores iraníes, fue excluido, por ejemplo, de la selección tras la publicación de dos historias críticas en la red social Instagram. Del mismo modo, Soroush Rafiei, que había declarado haber intentado proteger a una joven durante las manifestaciones de 2022 contra la violencia de las fuerzas de seguridad, nunca más fue convocado para la selección nacional. Luego sería apartado del Persépolis.
En general, el temor a las represalias por parte de las fuerzas de seguridad lleva a los deportistas a evitar cualquier tipo de declaración política. Junto a esta lógica de represión, el régimen iraní concede ventajas especiales a los jugadores considerados cercanos al poder.
Los estadios suelen estar vacíos y la selección nacional ya no cuenta con el apoyo del público
“El régimen mantiene a los jugadores en una situación de dependencia concediéndoles diversos privilegios y limitando la composición del equipo a una generación específica”, explica el experiodista Payam Younesipour. Un jugador como Rouzbeh Cheshmi, uno de los más débiles y de más edad de la selección, sigue siendo convocado a pesar de sus lesiones. Esto se explica por el hecho de que sustituirlo por un jugador joven dificultaría el control a los responsables.”
Mehdi Rostampour lo confirma: “Han descartado a jugadores de calidad en diferentes posiciones de la selección nacional. El propio seleccionador fue elegido por sus vínculos específicos con los Guardianes”. Esta asfixiante injerencia de los Guardianes de la Revolución en el fútbol, en particular en la selección nacional, ha contribuido a que este deporte sea impopular en Irán. Los estadios suelen estar vacíos y la selección nacional ya no cuenta con el apoyo del público.
Desde las manifestaciones de 2022, los jugadores de la selección nacional, presionados, han optado por guardar silencio ante los problemas políticos y económicos, acelerando así su pérdida de legitimidad ante el público.
Durante la Copa del Mundo de 1998 en Francia, los iraníes salieron a las calles durante horas para celebrar la clasificación de su selección. En la competición de 2022, algunas personas salieron a la calle para celebrar las derrotas de la selección. En el norte del país, un ciudadano, Mehran Samak, fue asesinado delante su mujer de un disparo en la cabeza por las fuerzas de seguridad mientras celebraba una derrota.
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“Lo más llamativo de la selección actual es la enorme distancia que se ha creado entre ella y la población iraní”, insiste Payam Younesipour. De hecho, gran parte de la sociedad considera a la selección nacional como “el equipo del régimen”, por lo que se ha distanciado de ella.
Traducción de Miguel López
La selección nacional de fútbol de Irán ha llegado por fin a su campo de entrenamiento en Tijuana, México, tras meses de incertidumbre sobre su participación en el Mundial. Sus tres partidos de la fase de grupos se disputarán en Estados Unidos.