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La retirada en falso de Vincent Bolloré, el magnate francés de los medios

Vicent Bolloré, en una imagen corporativa.

Martine Orange (Mediapart)

Jueves, 17 de febrero de 2022. Nada o casi nada. En el último momento, Vincent Bolloré decidió cambiar el programa que él mismo había establecido. Y eso que lo había fijado hace más de 20 años. En aquel momento, Vincent Bolloré dijo que aprovecharía el bicentenario del grupo familiar para ceder el testigo. “Un buen momento para poner punto y final a 40 años de aventuras industriales y financieras y jubilarse”, afirmó, pensando en el momento en que cumpliría 70 años. Desde entonces, Vincent Bolloré ha recordado regularmente la fecha que se había autoimpuesto. Hasta que decidió anular lo esencial. El empresario francés también cuenta con una participación del 9,93% del capital del holding español Prisa (El País, Cadena Ser, Santillana) y ha manifestado su interés por aumentar dicho porcentaje.

El 17 de febrero, la gran fiesta prevista en Ergué-Gabéric (Finisterre, norte de Francia), sede inicial del grupo familiar a pocos kilómetros de Quimper, donde han peregrinado todos los presidentes de la República Francesa, se redujo a la mínima expresión: apenas un centenar de personas fueron invitadas, cuando se esperaba a más de 600. Oficialmente, el grupo ha preferido posponer este gran momento de celebración de una saga familiar al mes de julio, debido al covid. En cuanto a su salida, ya no se menciona.

Oficialmente, de nuevo, la transición está en marcha desde hace mucho tiempo. Vincent Bolloré cedió las riendas del grupo Bolloré –que incluye actividades industriales, de transporte y de logística– a su hijo Cyrille en 2019, garantizando con ello la filiación dinástica por la que siente tanto apego. A partir de ahora, Cyrille será el responsable de las decisiones estratégicas del grupo. Vincent Bolloré, por su parte, se contenta con observar y asesorar, desde un extremo de la mesa del consejo de administración. “Pero cuando Vincent dice: ‘Yo haría más bien esto’, sabemos lo que significa”, ironiza un conocedor del grupo.

Un relevo idéntico se organizó en 2018 en Vivendi, justo antes de que Vincent Bolloré fuera detenido e investigado por “corrupción de agente extranjero”, “complicidad en abuso de confianza” y “complicidad en falsificación”, en el marco de la adjudicación de las concesiones de los puertos de Lomé (Togo) y Conakry (Guinea).

De forma precipitada, Yannick Bolloré, que ya era presidente de Havas, fue nombrado presidente del consejo de supervisión y Arnaud de Puyfontaine, presidente del consejo de administración. Vincent Bolloré, por su parte, sólo tiene la condición de censor en el consejo de administración como principal accionista de medios y comunicaciones.

También en este caso, sólo hay un asiento en un extremo de la mesa, lo que se supone que no confiere ningún poder. Pero nadie se llama a engaños. Vincent Bolloré es quien tiene el poder. Más que nunca. Mantiene el 72% del capital y el cargo de director general de la Compagnie de l'Odet, el holding del grupo, accionista del 64% del grupo Bolloré, que a su vez posee el 27% de Vivendi. En España, tiene una participación del 9,93% del capital de Prisa y aspira a ampliarla.

Pero, aunque tuviera la intención de irse, ¿puede marcharse Vincent Bolloré? ¿Podrá su grupo sobrevivir a la marcha de su fundador, de su “refundador”, como probablemente preferiría decir Vincent Bolloré?

Un grupo construido por él y para él

Durante 40 años, erigió este grupo piedra a piedra, según las oportunidades, según sus deseos. Conoce cada rincón, cada armario. Nada ni nadie le ha detenido en su camino. Ha utilizado todos los expedientes, los golpes y los faroles, los ataques bursátiles y los acuerdos secretos para conseguirlo. Es el único que conoce los pequeños y grandes secretos de muchas figuras políticas de Francia y África. El fin justifica los medios, no ha dudado en mentir, en saltarse la ley cuando fue necesario. “No está en el centro del sistema. Él es el sistema. Si ya no está, todo corre el riesgo de venirse abajo”, analiza un conocedor del caso.

¿Comparte Vincent Bolloré este análisis? ¿Es consciente de la fragilidad intrínseca de su grupo, construido por él y para él, él que sólo habla de dinastía? En cualquier caso, no tiene intención de levantar el pie del control sobre este grupo que lidera con puño de hierro.

Porque la partida que se está jugando actualmente en el grupo está tan ajustada que Vincent Bolloré no puede permitirse el lujo de abandonar la mesa antes de que termine. En primer lugar, hay que completar la adquisición de Lagardère. ¿Quién sino él, una vez que se haya completado la OPA de Lagardère, tendrá la habilidad, el sentido de la maniobra y quizás la brutalidad, según el caso, de dejar de lado a Arnaud Lagardère, para evitar a Bernard Arnault sin agraviarlo, para gestionar el temido seísmo editorial? A estas preguntas, nuestros interlocutores, cercanos u otrora cercanos al empresario, coinciden en la respuesta: nadie.

Pero ya están todas las consecuencias externas que hay que tener en cuenta. Incluso antes de que la adquisición se haya realizado completamente, ya está provocando ondas de expansión en los sectores de la prensa, los medios de comunicación y la edición.

Con gran retraso, los responsables políticos se alarman por la concentración en el mundo de la comunicación y se cuestionan la necesidad de revisar el marco normativo y legislativo, que tiene cuarenta años ­–es decir, antes de la era digital– para garantizar la libertad de información y la pluralidad de opiniones. Y el caso Bolloré está en el centro de estas reflexiones.

Viendo su comparecencia ante la comisión senatorial de investigación sobre la concentración de los medios de comunicación, el 19 de enero, los pocos observadores que aún tenían dudas se convencieron: sólo Vincent Bolloré es capaz de embaucar hasta tal punto a los representantes políticos, de adoptar un tono tan patético para defender el éxito de su grupo, que “pasó de una cifra de negocios de 20 millones de francos a 24.000 millones de euros en la actualidad”, al tiempo que hacía gala de un cinismo absoluto para negar cualquier deriva de extrema derecha en sus medios de comunicación.

La cuestión de la transición se presenta con similar agudeza a la retirada del grupo de África. El anuncio, a finales de diciembre, de la venta de todas las actividades portuarias y logísticas del grupo en el continente africano al grupo rival MSC está lejos de haber cerrado el caso que parece haber estado en el centro de las tensiones con el Elíseo.

Si el acuerdo se cierra en los términos y plazos previstos, el grupo tendrá que hacer frente al fin de una historia africana de 30 años, incluso con sus antiguos socios de Socfin, y en particular con la familia Fabri, que le ayudó a consolidar su poder durante todos estos años. Pero también será necesario concluir las relaciones con las potencias africanas, un asunto muy sensible en los círculos políticos y económicos.

Por último, está la parte industrial, cuya suerte está por determinar. Pero todo el mundo se ha dado cuenta de que los viajes de Vincent Bolloré a Ergué-Gabéric son cada vez más escasos. Después de una inversión millonaria, el Bluecar, el coche eléctrico de Autolib, ha dejado de funcionar. El grupo ha renunciado a sus principales proyectos de baterías eléctricas para concentrarse únicamente en las baterías de litio-metal-polímero para autobuses. Una tecnología que interesa a Mercedes. Y está revisando sus actividades energéticas, tras la venta del oleoducto Donges-Metz. 

¿Un Murdoch francés?

Esta aceleración de las grandes maniobras en el grupo se interpreta como la voluntad de Vincent Bolloré de gestionar él mismo todos los asuntos espinosos antes de su salida, para dejar paso a sus hijos. Pero el relevo no ha terminado, ni mucho menos.

Sobre todo porque el grupo Bolloré va camino de ser rico, muy rico. Entre la venta de las actividades portuarias (5.700 millones de euros prometidos), el dinero procedente de la cotización por separado de Universal Music, la división musical de Vivendi (5.400 millones de euros para el grupo), el 18% que el grupo aún conserva en esta filial, estimado en unos 8.000 millones, el grupo Bolloré va a disponer de una enorme capacidad financiera. Nunca ha tenido tanto dinero.

Se especula sobre lo que Vincent Bolloré podría hacer con este tesoro, después de pagar la OPA de Lagardère. Algunos creen que podría comprar todo Vivendi, y que dejase de ser una empresa cotizada en Bolsa, para proteger al grupo de medios y comunicación de los ataques y crear un Murdoch francés.

A Vincent Bolloré nunca le ha temblado el pulso ante la perspectiva de lanzar una incursión bursátil, pero otros le ven atacando nuevas presas en los medios de comunicación, la comunicación, la publicidad y otros sectores para reforzar el imperio familiar. “Como suele ocurrir, se arriesga a estar donde no se le espera”, dice un observador.

Pero nadie imagina que se pare por el camino. Porque, aunque su imagen sea detestable –factor al que es sensible, y más aún sus hijos, diga lo que diga–, nunca ha tenido tanto poder. Desde hace meses, está en el centro de todos los debates, de todas las preocupaciones. Incluso en el seno del Estado.

Al apoyar la candidatura de Éric Zemmour –algo que niega, mintiendo descaradamente– ha conseguido imponer sus ideas, situarse en el centro de los debates de la elección presidencial. Gracias al poder del dinero, ha alcanzado una cima insospechada. Y este poder, que adquirió tras 40 años de esfuerzo, no está dispuesto a dejarlo escapar. 

A finales de los años 90, una foto pendía en el despacho de Vincent Bolloré, en el último piso de su torre de Puteaux, entre botellas de plástico que contenían arena de diversas playas más o menos exóticas. Una foto atroz: un hombre estaba siendo devorado por una pitón.

Ante sus atónitos interlocutores, Vincent Bolloré no dejaba de contar la espantosa historia del trabajador malayo de una plantación de caucho que se había quedado dormido durante un descanso: le había atacado una pitón durante la siesta. Para justificar esta macabra exhibición, añadió: “Es para recordarme que nunca hay que dormirse”.

La advertencia se aplica a toda la carrera de Vincent Bolloré; nunca se ha dormido. Y siente un gran desprecio por todos aquellos que se dejan llevar por lo fácil, que malgastan y despilfarran el capital que tienen. Una lección aprendida con la quiebra familiar.

La leyenda se ha repetido mil veces; es la de un joven nacido con una cuchara de plata en la boca, que vivía en el seno de una familia de la alta burguesía, frecuentaba la élite parisina, pero que tuvo que sacar el negocio familiar del borde de la quiebra a fuerza de voluntad.

La imagen de Epinal que tenemos en la mente es la del día en que, en 1981, Vincent Bolloré y su hermano Michel-Yves firmaron un cheque de un franco para la adquisición de la empresa bretona especializada en papeles ultrafinos utilizados para fabricar biblias y volúmenes de la Pléiade, que hizo su fortuna después de la Primera Guerra Mundial con sus papeles de liar OCB (Odet-Cascadec-Bolloré) antes de caer en desgracia.

Lo que la leyenda suele olvidar sobre esta aventura industrial familiar es que no fue totalmente solitaria. Los hados velaron por los dos hijos de Bolloré: en primer lugar, la sociedad financiera Edmond de Rothschild. Como acreedor del grupo antes de abandonar sus compromisos en el momento de la adquisición, también había contratado a Vincent Bolloré durante algunos años. Aquí es donde aprendió la profesión financiera. Y le proporcionó tanto créditos como consejos, especialmente en la persona de Bernard Ésambert, para ayudarle en su toma de posesión.

Un viejo amigo de la familia, Antoine Bernheim, el emblemático socio director del banco Lazard, también le dio algunos consejos. Ayudará a Vincent Bolloré durante años, inventando todos los complicados montajes que le permitan crecer sin capital y conservando el control del grupo. Por último, los bancos regionales aceptaron finalmente movilizarse para mantener la fábrica de Ergué-Gabéric, que empleaba a varios cientos de trabajadores en ese momento.

Sin embargo, los comienzos fueron difíciles. Las pérdidas se acumularon durante varios años. Pero Vincent Bolloré y su hermano aguantaron.

Esta historia tan conocida por miles de compradores y empresarios, podría haber quedado en el limbo. Sin embargo, se convirtió en una de las historias favoritas de los empresarios a principios de la década de 1980.

Una construcción mediática del CNPF

En ese momento, el CNPF (Consejo Nacional del Patronato Francés, actualmente Medef) estaba en plena fase de reconquista. Paradójicamente, la llegada de la izquierda al poder le devolvió un espacio de libertad: se deshizo de la tutela de los poderes gaullista y giscardiano, que la habían controlado y dictado su conducta. La nacionalización de los mayores grupos le permitió emanciparse de un discurso tecnocrático, demasiado cercano al gobierno.

Navegando sobre la ola neoliberal que surgía en Gran Bretaña y Estados Unidos, Yvon Gattaz, presidente del CNPF, y su entorno querían promover una nueva relación de fuerzas a favor del capital y la patronal. Con el apoyo de una parte del gobierno de izquierdas, pretende “reconciliar a los franceses con las empresas”.

Sin embargo, mientras la crisis persiste, mientras imperios familiares, a veces centenarios, como Boussac (textil), Beghin-Say (azúcar), Wendel (acero), se derrumban, ¿cómo encarnar esta renovación patronal? Por supuesto, está Bernard Tapie. Pero su ascenso ya está rodeado del aroma de los escándalos y está demasiado cerca del poder de la izquierda.

El CNPF quiere su figura emblemática. Lo buscó y lo encontró: sería Vincent Bolloré. Un buen jefe en todos los sentidos, es joven, educado, conoce el mundo empresarial parisino y, al mismo tiempo, es un emprendedor sobre el terreno que lucha por dar un giro a la empresa familiar en Bretaña. Una especie de yerno ideal.

"El principito del flujo de caja”

La maquinaria mediática del CNPF, dirigida por Michel Frois, director de información de la organización en aquella época, y su adjunto Michel Calzaroni –que sigue siendo hoy el asesor de Vincent Bolloré– se puso en marcha. Poco a poco, el nombre de Vincent Bolloré estaba en todas partes y su historia aparecía con frecuencia en los periódicos.

En 1986, cuando la derecha volvió al poder, Claude Bébéar, fundador del grupo asegurador Axa –y posteriormente del Instituto Montaigne–, creó el club Entreprises et cité. Se trata de promover un patronato que sepa imponer sus puntos de vista y reivindicaciones al poder político, para defender un capitalismo de línea dura. Se habla de “social-comunistas”, según una expresión que todavía utiliza Bernard Arnault, siguen los partidos de rugby y a veces cazan negocios en manada, según sus intereses.

Entre los miembros fundadores, además de Claude Bébéar, se encuentran Jean-René Fourtou (Rhône-Poulenc), Didier Pineau-Valencienne (Schneider), Henri Lachmann (Strafor), Pierre Bellon (Sodexo), Bernard Arnault (LVMH), David de Rothschild, Martin Bouygues y Vincent Bolloré. Su empresa no tiene el mismo tamaño que las demás. Pero entonces era el protegido de todos.

En 1987 llegó la tan esperada consagración. Vincent Bolloré es galardonado con el premio al directivo del año por el semanario Le Nouvel Économiste. Un premio que vale más que la Legión de Honor a los ojos del mundo empresarial. Había nacido el “principito del flujo de caja”, como dice el artículo que elogia su carrera.

La imagen se adapta perfectamente al mundo de los negocios, que ahora tiene su figura emblemática. Se repetirá miles de veces. Según algunos de sus allegados, Vincent Bolloré, durante un tiempo, se rindió a este espejismo, soñándose como el hombre y el jefe perfecto. En cualquier caso, le servirá durante mucho tiempo: nadie desconfía del principito.

Bolloré como 'coche escoba' del capitalismo nacional

Al frente de la empresa familiar, el financiero se impuso rápidamente al empresario. Y ya ha hecho la constatación: la empresa es demasiado pequeña y carece de capital. Tuvo que encontrar medios adicionales para crecer, para desarrollar un grupo digno de sus ambiciones. Vincent Bolloré se va a convertir en “el coche escoba del capitalismo nacional”; es “el que es capaz de encontrar los negocios que nadie quiere y de desenterrar las últimas reservas”, como señala un observador.

De hecho, el empresario empezará por nichos, empresas cuya existencia muchos han olvidado pero que guardan tesoros ocultos. Comienza con Scac, una empresa especializada en el flete de graneleros en África. Fue Antoine Bernheim quien le dijo que se interesara por esta filial poco conocida del grupo Suez, que arrebató en las narices de François Pinault y del armador Delmas-Vieljeux. Continúa con Rhin-Rhône, una empresa especializada en el transporte y la venta de combustible.

Continúa sobre todo con la entrada en el capital del grupo Rivaud. Atacado primero por los financieros Édouard Stern y Jacques Letertre, desestabilizado después por un nuevo ataque a Pathé, de la que era el principal accionista, este grupo familiar, heredero de un imperio colonial que hacía fantasear a muchos financieros parisinos, decidió recurrir a Vincent Bolloré para reforzar su posición. Durante ocho años, Vincent Bolloré se vistió de caballero blanco y esperó. Mientras espera encontrar el momento adecuado para tomar el control.

Con el apoyo de Crédit Lyonnais

En estas diferentes batallas, Vincent Bolloré ha sumado algunos aliados importantes; ha abierto el capital del grupo a Axa. Sobre todo, cuenta con el pleno apoyo de Crédit Lyonnais.

Era la época en la que el banco público, dirigido por Jean-Yves Haberer, y apoyado en gran medida por Pierre Bérégovoy –ministro de Economía y posterior primer ministro– pretendía convertirse en el banco de la industria francesa, como el Deutsche Bank en Alemania. Está dispuesto a financiar a todas las empresas para apoyar la renovación del capitalismo francés. En Clinvest, la filial de inversiones del Lyonnais, Vincent Bolloré encuentra en su director, Loïc Deraison, todo el apoyo y el estímulo necesarios para proseguir sus conquistas.

Sobre todo porque nadie le retiene en el grupo; su hermano Michel-Yves, entendiendo que no puede haber reparto de poder con Vincent, ha preferido dejar el negocio familiar. Este es el primero de una larguísima serie de colaboradores o familiares que preferirán marcharse o serán expulsados, una vez que el empresario juzgue que ya no son útiles o incluso obstáculos para sus ambiciones.

La OPA maldita sobre Delmas-Vieljeux

Como el Scac no deja de enfrentarse a los barcos de Delmas-Vieljeux en África, Vincent Bolloré decidió atacar al armador. Algunos vieron en ello la venganza de la derecha católica conservadora contra el poder protestante de La Rochelle. Pero el armador demostró ser más duro de lo esperado y se defendió. Porque Vincent Bolloré –lo que se convertiría en una costumbre– pretendía hacerse con el control del grupo naviero sin pagar el precio, contando con una participación muy pequeña. Tras una épica batalla legal, la familia Vieljeux le obligó a lanzar una oferta pública de adquisición de todo el grupo.

Esta adquisición estuvo a punto de hundir al grupo Bolloré. Enterrada en deudas, en medio de una recesión, estaba al borde de la asfixia financiera. Pero Axa y Crédit Lyonnais no le dejaron marchar. Para dar garantías a sus acreedores –hay una treintena de bancos implicados– Vincent Bolloré, bajo presión, acepta ceder la presidencia a Bernard Esambert. Se haría cargo de él 18 meses después, una vez que el grupo se hubiera recuperado.

El Crédit Lyonnais estaba entonces en quiebra. Junto con Bernard Arnault y François Pinault, Vincent Bolloré será uno de los pocos que sobrevivirá tras la quiebra del banco que tanto le apoyó.

Tras el episodio de Delmas-Vieljeux, Vincent Bolloré juró no volver a lanzar otra OPA salvaje. Todos sus ataques bursátiles se harán a través de la adquisición de participaciones minoritarias, a veces de forma solapada. Sólo lanzará una OPA sobre un grupo cuando todo esté cerrado, bajo control. Para que nada se le escape, para que todo quede en sus manos.

La caja negra

A pesar de las insistentes solicitudes, Vincent Bolloré no accedió en ningún momento a reunirse conmigo. Las personas citadas han querido hablar de forma anónima.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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