El "rey Trump" va desnudo y sus adversarios toman nota

Maya Kandel (Mediapart)

Ya se notaba en Washington a principios de junio. Ni siquiera los republicanos más cercanos al Gobierno, que defendían la guerra contra Irán cuando estalló, encontraban ya argumentos para justificar los cambios de rumbo de Donald Trump sobre los objetivos de la guerra, sus declaraciones contradictorias (“Nunca prometí no iniciar nuevas guerras”) o absurdas (“Me encanta la inflación”). Tampoco había nadie que desmintiera que Irán dispone ahora de un medio de disuasión masivo gracias a su control del Estrecho de Ormuz.

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Estos últimos días han vuelto a poner de manifiesto los peores defectos del presidente. Trump ha calificado de “completo” el acuerdo entre Irán y Estados Unidos, cuando en realidad se trata únicamente de 14 puntos de un “acuerdo marco” (memorando de entendimiento). Aunque fue firmado el miércoles 17 de junio por la noche por los presidentes de ambos países, queda todo por negociar en los próximos 60 días.

No se ha alcanzado ninguno de los objetivos de guerra esgrimidos sucesivamente por Washington. Esto equivale, para Estados Unidos, a una derrota estratégica. Tras tres meses de guerra a costa de decenas de miles de millones de dólares y de la desestabilización de la economía mundial, el texto se limita a restablecer el statu quo ante, siendo la única garantía real la reapertura del Estrecho de Ormuz.

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Irán reitera lo que siempre ha dicho (que no tiene intención de desarrollar armas nucleares), sin asumir el más mínimo compromiso sobre sus reservas de uranio enriquecido. Tampoco hay ni una palabra sobre los derechos de paso por Ormuz, sobre las capacidades balísticas o sus grupos aliados regionales, ni —evidentemente— sobre el propio régimen. Por no hablar de las exigencias de Donald Trump de una “rendición incondicional”. Estamos muy lejos de eso.

A cambio de esta simple reiteración, Irán obtiene el levantamiento inmediato del bloqueo naval, el fin de las sanciones que le permiten volver a vender su petróleo y un plan de reconstrucción de al menos 300.000 millones de dólares financiado desde el extranjero. Por parte de los demócratas, el senador Chris Murphy resume sin rodeos la postura de los suyos: Irán consigue prácticamente todo lo que quería, y el acuerdo es “un desastre, pero probablemente un desastre necesario”.

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Críticas internas

Los demócratas del Congreso deseaban, de hecho, el fin de las operaciones, tras haber intentado en tres ocasiones, en la Cámara de Representantes, bloquear cualquier acción militar futura en virtud de la ley sobre los poderes de guerra. Por parte de los republicanos, el senador Bill Cassidy, recientemente derrotado en las primarias por un rival respaldado por el presidente, no se anduvo con rodeos y calificó la guerra de “el peor error de política exterior en décadas”.

En cualquier caso, se trata de un texto que, salvo en un escenario ideal, ni siquiera augura una versión revisada del acuerdo que Barack Obama negoció en 2015 y que Trump calificó en su momento como “la negociación más incompetente de toda la historia”. Obama declaró el sábado 13 de junio que dudaba de que un acuerdo negociado por la Administración Trump fuera “significativamente diferente” del que él que había logrado y del que Trump retiró a Estados Unidos en 2018.

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Trump no se ha tomado bien la pulla y ha estado dándole vueltas una y otra vez todo el fin de semana a su obsesión contra su predecesor demócrata. La perspectiva de obtener peores resultados que Obama es, sin duda, su peor pesadilla, sobre todo tras tres meses de una guerra muy impopular, incluso entre su base más fiel. Las elecciones de medio mandato, en noviembre, se perfilan aún más desastrosas para el bando republicano, que ahora teme una “ola azul” y la pérdida del Senado.

La prueba más clara de que el rey va desnudo no proviene, por cierto, de sus adversarios, sino de dentro de su propio bando. El propio director de la CIA, John Ratcliffe, advirtió a Trump de que los servicios secretos dudaban de la voluntad iraní de ceder en nada en materia nuclear. Entre los responsables de seguridad nacional, solo el vicepresidente, J. D. Vance, apoya el acuerdo marco, mientras que Marco Rubio (secretario de Estado) y Pete Hegseth (secretario de Defensa) comparten la desconfianza de John Ratcliffe.

Solo Vance, posible heredero del trumpismo para 2028, es el único que asume el riesgo político de este fin de la guerra

Las críticas también afloran por parte de los halcones republicanos que habían aplaudido la guerra, lo que abre un nuevo frente en las disensiones sobre la política exterior. El conservador Marc Thiessen, que había alentado el conflicto, compara el acuerdo con un “Plan Marshall ofrecido a Alemania mientras los nazis aún estuvieran en el poder”.

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Muchos evitan atacar directamente a Trump y apuntan más bien a su artífice declarado, Vance, a quien el senador republicano Lindsey Graham —que había sido el partidario más entusiasta del presidente en el Congreso respecto a esta guerra— ha instado a comparecer ante el Senado para dar explicaciones. Thiessen se refiere ahora al “acuerdo de Vance” (the Vance peace deal).

J. D. Vance, posible heredero del trumpismo para 2028, es el único que asume el riesgo político de este fin de la guerra, que se había mostrado especialmente reacio a iniciar. Hasta tal punto que muchos en Washington ven en ello una trampa orquestada por sus adversarios para hundir su futuro político. Trump, por su parte, busca sobre todo cubrirse las espaldas: “Si esto fracasa, le echaré la culpa a J. D.”, afirmó claramente el miércoles 17 de junio.

También se puede ver en esta postura un punto a favor de Vance, frente a un bando republicano cada vez más aislacionista y decepcionado por el cambio de rumbo de un presidente que había prometido pasar página a las intervenciones militares en Oriente Medio.

No hay que subestimar la magnitud del descontento en Estados Unidos, ante un conflicto que Trump y su administración nunca se han molestado en defender ante la opinión pública, y sobre todo ante sus consecuencias económicas, con el repunte de la inflación en los precios de la gasolina y los alimentos —ejes sobre los que Trump había centrado —y ganado— su campaña presidencial de 2024.

Cobra cada vez más fuerza la idea de que se trataba únicamente de una “guerra por Israel”. Ahora bien, este es otro tema sobre el que J. D. Vance se ha posicionado desde hace unos meses, al estar del lado de quienes denuncian la influencia de Netanyahu en la política exterior de Estados Unidos.

Efecto boomerang

La presión máxima, es decir, “el arte de negociar” de Trump, se ha topado con el mismo obstáculo que en el caso de la guerra comercial con China. El método ha llevado al adversario a identificar y utilizar su palanca de resistencia más eficaz contra el poder de Washington. Una ironía enorme para un presidente que quería redibujar el mapa geoestratégico mundial y se ve ahora acelerando el aprendizaje de sus rivales.

Pekín disponía desde hacía tiempo de un cuasi-monopolio sobre las tierras raras, esos metales críticos indispensables para la economía digital, desde los semiconductores hasta la inteligencia artificial. Pero la guerra arancelaria de Donald Trump fue la que le empujó a transformar esa palanca teórica en un arma de negociación efectiva.

Teherán, del mismo modo, ya controlaba, por su geografía, el Estrecho de Ormuz. Pero el ataque israelí-estadounidense fue lo que lo llevó a demostrar, de forma muy concreta, su capacidad para cerrar una de las vías marítimas más estratégicas del mundo, incluso sin una fuerza naval significativa, ya que esta había sido destruida en los primeros bombardeos.

La presión ejercida por Trump enseña a sus enemigos a defenderse, pero aún no ha enseñado a sus aliados a valerse por sí mismos

China ha aprendido a manejar su monopolio sobre los recursos críticos como un arma de negociación permanente, mientras que Irán ha aprendido a convertir el Estrecho de Ormuz, y los bombardeos en el Golfo, en una garantía contra cualquier nueva aventura militar estadounidense. Ambas potencias han salido reforzadas de su enfrentamiento con Trump. En ambos casos, el resultado ha sido idéntico y desastroso para Estados Unidos, con adversarios que se han vuelto más fuertes o, al menos, dotados de una mayor capacidad de disuasión.

En Europa aún no ha ocurrido nada parecido, a pesar de que Groenlandia ha sido amenazada con la anexión territorial. El martes 16 de junio, el Parlamento Europeo incluso aprobó la parte arancelaria de un acuerdo con Estados Unidos que supondrá un auténtico chantaje a los Estados miembros de la Unión Europea, con pocas garantías de que el chantaje se detenga ahí. En resumen, la presión de Trump enseña a sus enemigos a defenderse, pero aún no ha enseñado a sus aliados a valerse por sí mismos.

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Maya Kandel, investigadora independiente vinculada a la Universidad París III-Sorbona-Nueva (laboratorio Crew), lleva desde octubre de 2022 analizando para Mediapart la evolución de la derecha estadounidense. Viajó a Washington para realizar entrevistas del 1 al 5 de junio de 2026.

 

Traducción de Miguel López

Ya se notaba en Washington a principios de junio. Ni siquiera los republicanos más cercanos al Gobierno, que defendían la guerra contra Irán cuando estalló, encontraban ya argumentos para justificar los cambios de rumbo de Donald Trump sobre los objetivos de la guerra, sus declaraciones contradictorias (“Nunca prometí no iniciar nuevas guerras”) o absurdas (“Me encanta la inflación”). Tampoco había nadie que desmintiera que Irán dispone ahora de un medio de disuasión masivo gracias a su control del Estrecho de Ormuz.

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