¿Quién será el responsable de una Gaza que se ahoga?
Llamo a mi madre, pregunto por mi familia, por mis hermanos y hermanas. Tuve suerte de que pudiera hacer la llamada, de que el teléfono de mi madre tuviera aún batería y de que la conexión a Internet aguantara. Todavía recuerdo sus palabras: “Tengo miedo de plantar algo delante de la tienda. La sequía podría destruirlo todo”.
Al final, llegó la lluvia. Sin avisar. Destrozó la tienda, pero las plantaciones se salvaron.
Mi ciudad está inundada. El agua entra en las tiendas, el frío cala en los cuerpos de los niños. Los países árabes y occidentales miran sin decir nada. Con los ojos abiertos, pero con el corazón cerrado a cal y canto.
La vergüenza no es la impotencia. La vergüenza es cuando renunciamos a nuestra capacidad de actuar, es la mano que podría tenderse pero que se mete en el bolsillo.
Rahaf es una bebé de solo ocho meses. Demasiado pequeña para comprender el mundo que la rodea. Murió de frío en una tienda de campaña de Al-Mawasi, en Jan Yunis, a principios de diciembre. La tienda y la lona de plástico no bastaron para protegerla, y el mundo estaba demasiado ocupado preparando las fiestas de fin de año. Rahaf murió y el mundo siguió como si nada.
En estos días de pseudoalto el fuego, las casas se derrumban sobre sus habitantes. De hecho, ya no son casas, sino ruinas. En Bir Al-Na'ja, en Beit Lahia (norte), han muerto cinco personas en el barrio de Rimal; en la ciudad de Gaza, dos detrás de una pared; un niño en el campo de refugiados de Al-Shati... En Rahaf también. Hace unos días se derrumbaron otras dos casas en los barrios de Karama y Sheikh Radwan.
Tumbas, números
La gente grita bajo la lluvia, el viento, entre los escombros. Solo les oyen los que se ahogan a su lado.
Bajo la lluvia, el viento, entre los escombros, todos los corazones que aún laten lloran por aquellos a quienes han perdido. Llantos que solo nosotros podemos oír, mientras el ignominioso mundo duerme plácidamente junto al fuego de la chimenea. La ONU y otros países publican comunicados, pero sin actuar realmente.
¿Han oído hablar de las tumbas numeradas? En Gaza, son los cuerpos no identificados entregados por el ocupante. Se entierran con números, con la esperanza de que sean identificados más tarde, cuando sea posible realizar pruebas de ADN.
En una placa se puede leer: “H15 NMC 14-10-2025 / ST0040”.
También se especifica: “Para preservar su dignidad y garantizar una futura identificación, por favor, no retire esto. Ministerio de Asuntos Religiosos”.
Esos números, con su frialdad administrativa, están ahí para “preservar [una] dignidad”. También son testimonio del terror cotidiano. Lejos del sueño de un alto el fuego real.
Imagínense vivir y caminar sabiendo que en cualquier momento pueden morir por una bala perdida
En el corazón de la ciudad inundada, una línea amarilla, que debía ser temporal y separa el este y el oeste de la Franja de Gaza, se ha convertido en una frontera rampante. Engulle las distancias y rediseña silenciosamente el territorio. Cada paso fronterizo que se cierra impide a las personas regresar a sus granjas o a sus hogares en condiciones de seguridad.
Los gazatíes ven ahora la bandera del ocupante ondeando a lo largo de la línea amarilla. La distancia que los separa es corta, pero está al descubierto y las balas pueden alcanzarlos en una fracción de segundo. Cada movimiento supone un riesgo. Los sueños de volver a casa se desvanecen. Imagínense vivir y caminar sabiendo que en cualquier momento pueden morir por una bala perdida
Esa línea amarilla es cada vez menos temporal, es como una arteria en pleno corazón.
Hace unos días, unos soldados mataron a Zaher, de 10 años. Un tanque lo atropelló al este de Jabalia. Es como si su alma se hubiera convertido en la propia carretera. En cualquier otro lugar, un horror así sacudiría los cimientos del mundo. Aquí, soportamos solos la ira y somos testigos de la realidad sobre el terreno.
Gaza no es solo una ciudad azotada por la lluvia, el viento y el peligro. Poco a poco se está convirtiendo en una ciudad cerrada, destruida, dividida, vigilada. Observan cada movimiento. Cada sueño de regresar se ve obstaculizado. El peligro está ahí, acechando en cada esquina.
Hoy no hay un futuro claro para Gaza. Gaza es el ejemplo vivo de una ciudad que se ahoga, entre el ocupante y el silencio del mundo.
Y me queda una pregunta. Da vueltas en mi cabeza cada segundo, como en el tambor de la lavadora: al final, ¿quién será responsable de esta ciudad que se ahoga?
Caja negra
Traducido del inglés por Lénaïg Bredoux.
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Ibrahim Badra es periodista y defensor de los derechos humanos. Refugiado en Francia desde el 11 de julio de 2025, continúa para Mediapart la serie de crónicas que comenzó en Gaza.
Traducción de Miguel López