La sociedad rusa se 'parte' en dos ante la invasión de Ucrania

La gente camina por la Plaza Roja frente al Kremlin en Moscú, este 6 de abril de 2022.

Julian Colling (Mediapart)

Moscú | Vladimir (Rusia) —

“¿Los horrores de Bucha? Ni siquiera estoy segura de que vaya a hacer cambiar de opinión a mi madre y a mi padrastro”, suspira Lisa Ali, de 27 años. “Sé que mi madre vio las imágenes, pero sigue diciéndome que ‘no se sabe qué pasó realmente, no hay nada claro’”.

Los padres de la joven periodista también trabajaron como periodistas. El suegro de Lisa, afincado en Moscú pero originario de Nizhny Novgorod, a 400 kilómetros al Este, llegó a fundar un periódico independiente en su ciudad. Fue cerrado por la presión de las autoridades. Y ni por esas.

¡Creía que sabían encontrar fuentes de información fiables! Pero mi madre prefiere enviarme mensajes sin fundamento que circulan en WhatsApp, mi padrastro comparte conmigo a youtubers desconocidos que defienden al poder”, explica la joven. “Así que he limitado mi comunicación con ellos. Siempre he tenido ideas muy diferentes a las de mi padrastro, en condiciones normales no supone un gran problema, pero cuando hay gente muriendo... En cuanto a mi madre, aunque está conmocionada, siempre busca explicaciones para las decisiones del Gobierno”.

El padrastro de Lisa, y el padre de este, el dihedushka (“abuelo”), que vive con ellos en Nizhni, son ambos oriundos de Ucrania. Creen que Ucrania se merece un poco de lo que le está pasando. Ven mucho la televisión estatal rusa y su universo paralelo: el viejo se pasa el día viéndola. Escuchan que Bucha es un montaje de los servicios secretos británicos, que los ucranianos han ejecutado a los acusados de colaborar con los rusos o que el batallón de extrema derecha Azov ha estado recogiendo cadáveres por toda Ucrania para montarlo todo.

 

Apoyo a la intervención

El relato de Lisa Ali ofrece un precipitado de las actuales rupturas en Rusia. Desde hace años, sociólogos y politólogos advierten de la atomización de la sociedad rusa, de sus conflictos generacionales. Parecen más abiertas que nunca desde el comienzo de la intervención militar.

Además de la aprobación de la acción del presidente que ha subido a más del 70% en las últimas semanas, un sondeo reciente del fiable Instituto Levada sobre la “operación militar” revelaba que más de la mitad de los rusos (51%) dicen ahora estar “orgullosos” de su país. Y lo que es más importante, el 69% de los mayores de 40 años dicen estar orgullosos, contentos o encantados con la invasión (el 76% de los mayores de 55 años). Frente a sólo un tercio de los jóvenes de 18 a 24 años.

Una situación que se ha hecho evidente para Lidya (nombre supuesto), de 32 años, profesora de francés y ruso como lenguas extranjeras. Desde el 24 de febrero, la joven se siente muy mal. Se confió a sus seguidores en Instagram, preguntándoles cómo se encontraban. Su madre le contestó en privado que “no tenía de que preocuparse, que no era nada especial, sólo una pequeña operación que terminaría pronto”. Enseguida le habló de un “callejón de los Ángeles” en Donetsk, en homenaje a los niños del Dombás asesinados por los leales ucranianos. “Le respondí que pronto habría un “callejón de los Ángeles” en cada ciudad ucraniana si esto seguía así”, recuerda Lidya. Ella interrumpe los mensajes. Pero las cosas no quedan ahí.

“Una noche, en casa, mi madre empezó a gritarme, diciéndome que estaba traicionando a mi familia, que no tenía valores humanos, que no había dicho nada sobre el Este de Ucrania durante ocho años”, continúa, mientras toma un té en su recién adquirido piso en las afueras de Moscú. “Tenía ojos de loca, nunca la había visto así. Pensé que iba a pegarme. Sentí que la televisión hablaba por ella, realmente me asustó. Desde entonces he rechazado cortésmente sus invitaciones, no quiero volver a hablar con ella de la cuestión. Pensé que era una persona razonable y que reflexionaba... aunque tenía un poco de miedo de que pensara así”.

Este violento incidente sorprendió y conmocionó a Lidya, que sólo tenía a su madre con quien mantener una relación basada en valores más o menos comunes: su hermano, de 40 años, antiguo partidario del opositor Alexéi Navalny en 2012-2013, tiene ahora un retrato de Vladimir Putin en su despacho. El resto de su familia también apoya la decisión del presidente ruso.

 

Divisiones generacionales y territoriales

Amante de las lenguas modernas, ya no puede cobrar a sus alumnos en el extranjero, tras la congelación de las transacciones o de PayPal en Rusia, mientras tiene que pagar un nuevo préstamo. Atrapada, incómoda con la atmósfera reinante, Lidya se plantea abandonar el país (a Francia o, a corto plazo, a Armenia), como ya han hecho muchos jóvenes trabajadores opuestos a la invasión de Ucrania.

En una Rusia que se repliega sobre sí misma, reina una atmósfera de plomo. Las diferencias de opinión iniciales han dado paso a una guerra civil de mentes, entre los que están a favor y en contra. El apoyo a la intervención rusa se ha consolidado en torno al Kremlin, bajo el efecto de las sanciones. La señal de concentración a favor de la guerra es la famosa “Z”, de origen poco claro, que apareció en los tanques rusos en Ucrania. 

Hoy en día, esta Z, que se puede encontrar en los coches de los agentes de la ley, significa Za, es decir, “para” en ruso: “Para la operación especial”, “Para” los nuestros (“Za nachikh”). Una concentración mucho más fuerte en las regiones rusas que en Moscú, calificada con razón de no ser la verdadera Rusia.

El pequeño medio de comunicación independiente Holod enumera las manifestaciones de apoyo más edificantes en torno a la Z, algunas de ellas muy inquietantes, con niños o pensionistas utilizados en flash-mobs de apoyo al régimen. Los opositores, por su parte, lo utilizan con ironía para denunciar la “zombificación” de toda una parte de la población.

En la bien llamada Vladimir, histórica ciudad rusa y tradicional bastión de apoyo al gobierno a 200 km de Moscú, se ha colocado una Z gigante en el principal edificio universitario. Piotr, un ingeniero y profesor de la universidad que pasa por delante, no tiene ningún problema. “La televisión nos dice que Rusia está llevando a cabo una operación especial para salvar a los rusoparlantes del Dombás”, cuenta.

“¿A quién más hay que creer? Apoyo a mi presidente en esta decisión, él sabe más que usted o yo”. Raúl, ganadero de 30 años, continúa: “En Ucrania hay un odio total a los rusos, desgraciadamente hay mucho banderista por allí. Teníamos que hacer algo, no teníamos otra opción”.

El adjetivo “banderista” es omnipresente a la hora de describir a los ucranianos de hoy. Se refiere a los partidarios de Stepan Bandera, líder nacionalista ucraniano y colaborador del régimen nazi en la década de 1940. Este discurso sobre la necesidad de “desnazificar” Ucrania está en boca de todos en Vladimir, de 300.000 habitantes. En la calle, se ha instalado una pantalla gigante para emitir el lenguaje del líder ruso sobre el conflicto.

“Son los ucranianos los que están zombificados, afirma Valentina, una ucraniana de 43 años que emigró a Rusia después de 2014 con su hija adolescente. Ya no habla en absoluto con su familia (su madre y su hermana, en particular), que ha permanecido en la región de Jérson (Ucrania). La acusan de haberse convertido en una “rusista”, una fascista rusa.

Una pena, asume Valeria. “Mi madre era pro Putin antes, ¡lamentó en su momento que Rusia no hubiera tomado su región con Crimea! Y ahora que le han lavado el cerebro, es totalmente antirrusa. Allí lo inculcan desde muy pequeños”. Una familia más desgarrada por el conflicto.

Se menciona constantemente el martirio de los hablantes de ruso en el Dombás, que ha sido ignorado por los medios de comunicación internacionales. Para el sociólogo Grigori Yudin, que vio cómo se desarrollaba la guerra, la cuestión de las fuentes de información es vital. Durante ocho años, las mentes se han visto condicionadas por los medios de comunicación estatales. Ucrania es designada como enemigo, la población ha sido preparada para una operación de “purificación”. Al mismo tiempo, la prensa independiente fue aniquilada metódicamente.

“En las regiones rusas ya no hay apenas vínculos sociales ni actividades comunes, los ancianos y los no tan ancianos no tienen otra cosa que hacer que ver la televisión, ese es su vínculo con el mundo exterior”, dice Yudin. “La sociedad está más desintegrada y despolitizada que nunca. Los medios de comunicación del gobierno juegan con esto y dicen ‘no se puede creer a nadie... ¡incluidos nosotros!’. Esto es devastador en tiempos de guerra, el diálogo pacífico ya no es posible”. También por reflejo defensivo, los rusos eligen creer.

Llueven las denuncias

De vuelta a Moscú, algo también se ha roto para Daria, de 30 años, que trabaja en el mundo digital. Ya no se habla con su padre, que no fue invitado a su reciente boda con su pareja francesa. Tampoco está al tanto de la inminente partida de la pareja a Europa. Su hija dice que está deprimida y triste. También está enfadada: “Estoy muy decepcionada al comprobar que mi familia, aunque es moscovita, culta y muy educada, apoya todo esto. Han traicionado mis valores”.

“Tienen argumentos infantiles, escupidos por la televisión, del tipo: ‘teníamos que actuar antes de que la OTAN nos invadiera’. Se lo creen de verdad, es imposible hablarlo. ¡Y consideran que mi opinión es la ingenua y estúpida! Para ellos, todo es falso. Decidí cortar toda comunicación”. Daria piensa que estas reacciones contienen un elemento de miedo, una negativa a aceptar la dura realidad de las acciones de su país. “La negación está muy extendida, es cierto”, dice Lisa Ali.

La situación es la misma para Sveta (nombre supuesto), especialista en educación a distancia. Su madre, originaria de Lugansk, vive ahora en la rica ciudad petrolera de Tiumén, en Siberia. Su abuela, enferma, sigue en territorio separatista. Poco después de comenzar la operación, su madre sufrió un derrame cerebral. Se le aconseja que descanse y no se altere, pero durante una videollamada con su hija, pierde los nervios.

Sveta dice: “La vi enfadarse enseguida al hablar de Ucrania y entonces parte de su cara se congeló literalmente. Tuve mucho miedo por ella y terminé la conversación. Antes, se había atrevido a decirme que por estar en contra de esta invasión, ¡no me importaba la suerte de ‘mi pobre abuela’ de allí! Para ella, las muertes de civiles en el Dombás también justifican esta intervención”. 

Junto con su compañera Ouliana (nombre supuesta), Sveta también se irá. Su madre aún no lo sabe. “Creo que con el tiempo entenderá la verdad”. Daria planea visitar a su abuela y a su tía, a pesar de sus diferencias, antes de dejar atrás Rusia.

Otras rupturas son aún más claras: el actor ruso Vladimir Machkov, que hizo colocar una Z gigante en el teatro Tabakov, del que es director artístico, renegó recientemente de su hija, que se había manifestado en contra de la intervención.

Con el telón de fondo de la fuga de cerebros, otras voces contra la guerra se ven cada vez más intimidadas. En las últimas semanas, varios activistas han sido etiquetados con zetas y mensajes que los denuncian como traidores a su país. Un joven activista hizo personalizar un cartel difamatorio.

El respetado Alexei Venediktov, antiguo director de la emisora liberal Eco de Moscú, clausurada por las autoridades, encontró una cabeza de cerdo en la puerta de su casa. En algunas provincias han surgido varias historias terribles de denuncias. En particular, dos profesores fueron denunciados por los alumnos por criticar el ataque ruso en clase. Una de ellas se enfrenta a la cárcel. Se trata de una evolución lógica: ¿no incitó Vladimir Putin a los rusos a denunciarse mutuamente, llamando a la expulsión de una supuesta “quinta columna”, durante su edificante discurso del pasado 16 de marzo?

El escritor nacionalista Zakhar Prilépine, antaño célebre en Francia, ha lanzado incluso un sitio web con su partido en el que se puede denunciar al vecino de al lado o al del metro, culpable de haberse pronunciado contra la invasión o de haber visto un vídeo de Volodymyr Zelensky en su teléfono móvil. Desde entonces, las delaciones se suceden. El 1 de abril, Grigory Yudin concedió una entrevista a un periódico digital alemán. ¿Su título? "Se acerca un régimen fascista a Rusia.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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