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La conciencia social

Jaime Richart
Publicada el 22/02/2015 a las 13:42
La conciencia sin adjetivos siempre fue la misma. Por lo me­nos hasta principios del siglo XX. La conciencia hasta en­tonces era estrictamente individual, estado cognitivo a través del cual un sujeto puede interactuar con los estímu­los ex­ter­nos que forman la realidad convencional e interpre­tarlos.

Aquella conciencia estaba impregnada y condicionada funda­mentalmente por la reli­gión y por las nociones que com­porta la reli­gión del signo que fuere: dios, trascendencia, bien, mal, prójimo, hermano, gloria e infierno y todas las va­riables que queramos identificar. Y por extensión, impreg­nada y condicio­nada por la cultura resul­tante. La conciencia no iba más allá de las cosas, del allegado o del prójimo inme­diato. Cada cual tenía en la sociedad el papel que le co­rres­pondía por la cuna y la clase a la que pertenecía, y es­taba de­terminado por ello o por designio divino de una manera in­evitable, irrefra­gable (que no se puede contra­rrestar). La promoción era irreconocible o anecdótica.

La conciencia social propiamente dicha viene después, prácticamente ayer en com­paración con la historia de la huma­nidad. La conciencia so­cial es aquella que además de sí y del entorno, incluye la percep­ción y "conocimiento" de los demás integrantes de la co­munidad. Y el diafragma a través del que llega la luz de ese conocimiento se va ensanchando desde el círculo fami­liar y la comunidad a la que pertenece pa­sando, luego pasa a las demás comunida­des humanas, una por una, hasta la humanidad compuesta de seres de la misma ontología.

Ligado muy fuertemente el concepto a las ideas de solidari­dad y compromiso, la conciencia social es el primer paso en el ca­mino hacia la alteración de estructuras de discrimina­ción volun­taria e involuntaria ejercidas sobre determinados grupos so­ciales dentro de una comunidad. La conciencia so­cial, por tanto, tiene que ver con la posibilidad de estar al tanto de los pro­blemas intrínsecos habidos en una sociedad integrada por individuos "individualizados" que requieren so­lución. Solución medida por el nivel de conceptuación perso­nal de cada cada cual según su personal idea de necesi­dad o bienes­tar del individuo y del mundo

Esto, como decía, es concebido más o menos hasta princi­pios del siglo XX. Pero en las sociedades occidenta­les la con­ciencia social sigue haciendo referencia a la necesi­dad de ac­tuar en beneficio de aquellos que viven en situacio­nes de po­breza, marginalidad y exclusión por orden de cer­canía. Si bien a menudo este orden se altera en la concien­cia ridícula­mente o contra natura al movilizarse el impulso moral de la ayuda a distantes de la comuni­dad propia, en perjuicio de los que forman parte de ésta. Es como socorrer al vecino y su fa­milia, teniendo famélica a la propia.

A principios del siglo XX se transforman, conceptualmente al me­nos, la idea de conciencia social. Para el marxismo, la conciencia social es conciencia "de clase". A su vez capaci­dad para reconocerse uno a sí mismo como miembro de una clase social en posición antagónica con el resto de las cla­ses: realeza, nobleza, media y bur­guesía. Este concepto se pre­dica en el contexto de una socie­dad estratificada. El marxismo sostiene que la conciencia so­cial se concreta y mani­fiesta en la ideología política, en la re­ligión, en el arte, en la filo­sofía y en la ciencia. Pero sobre todo en la estruc­tura jurí­dica de una sociedad. Según esta for­mulación, el su­jeto que no logra comprender esto se en­cuentra alienado.

Nos encontramos en los albores del siglo XXI. Las ideas marxistas, al menos en Europa y en América del Norte, fue­ron sepultadas por la caída del Muro de Berlín y desmembra­ción de la Unión Soviética que gravitó en torno a la idea marxista de la vida individual y social perseguida sañuda­mente en Estados Unidos directamente e indirecta­mente en Europa. Pero últimamente surge y viene desarrollándose una idea de la conciencia social que ya no reconoce la estratifica­ción de la sociedad o la considera irre­levante. Veamos: la so­ciedad ahora está compuesta por poseedores y desposeí­dos. Los poseedores, no sólo de patrimonio y fortuna o res­paldo econó­mico, sino también de ilusión, de esperanza y de fu­turo. Y los desposeí­dos, no sólo de pa­trimonio y fortuna o res­paldo econó­mico, sino tam­bién desposeídos de ilusión, de esperanza y de futuro.

Así las cosas, el mundo (el mundo cercano que comparte afi­nida­des culturales) está dividido en dos partes: la parte de quie­nes sólo tienen conciencia de sí, de sus allegados y de sus círculos sociales y eventualmente políticos, y la parte de quienes además de estos y a la misma altura de preocupa­ción, han adqui­rido concien­cia de quienes sufren gravísimas carencias y han de so­portar un trato indigno en recursos, edu­cación y sanidad, y se movi­lizan para remediar pronta­mente esa contingencia. Para re­mediarlo, pero no nominal­mente haciendo depender el re­me­dio de la vo­luntad ocasio­nal de la cari­dad, de la fi­lantropía o del even­tual estado emo­cional del ayuda­dor, no. Para remediarlo en la misma raíz del conflicto en­tendiendo al mundo, al individuo, a la socie­dad y la correla­ción de fuerzas, como la antítesis de lo que es una col­mena donde la realeza, sus protegi­dos e imitadores y los zánganos son menos pero con mu­chos más recur­sos o me­dios materiales y morales que el número de las obreras y de las posi­bilidades de las obreras.

Pues bien, estamos en el siglo XXI, y en países deprimidos, como Grecia y España, ha vuelto a irrumpir la conciencia so­cial. Esta vez de una manera tumultuaria similar a la de princi­pios del siglo XX. Tumultuaria porque millones de per­sonas, al igual que el padecimiento del ciego que ha visto y no ve, sufren graves consecuencias en su vida personal y fa­miliar no por el azaroso devenir de su destino o de los avata­res de la eco­nomía capitalista, sino por un abuso clamo­roso de los poderes públicos, de sus dirigentes políticos, em­presa­riales y de clase en cuya vir­tud otros millones de per­so­nas que no sufren el mismo embate ni al mismo nivel que los anteriores, por empatía se ponen en el lugar de "los demás". Esto es, ni más ni me­nos, lo que está ocurriendo y lo que re­presen­tan los mo­vimientos sociales y las formacio­nes políti­cas asocia­das a ellos.



Jaime Richart es antropólogo y jurista y socio de infoLibre

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3 Comentarios
  • Itsasmir Itsasmir 22/02/15 21:26

    ¿Y qué papel ocupa la "conciencia social" que surge de la "conciencia nacional", del nacionalismo, del sentimiento que te hace unirte al otro ("tomar conciencia") porque sientes que "nuestra" o "su" identidad nacional está conculcada, no respetada, oprimida o como se quiera? 

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    • Meilina Meilina 22/02/15 22:20

      Supongo que la conciencia nacional también está bien, siempre y cuando esté por debajo de la conciencia social universal. Y no por puro altruismo, sino porque lo que hagamos a otros pueblos o naciones recaerá finalmente en nosotros/as. Porque aunque te identifiques más con el de al lado, a veces encuentras que tu identidad está en otro lugar y te gustaría también a ti ser tratado con respeto.

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  • Meilina Meilina 22/02/15 12:06

    ¡Cuidado! no creemos una clase de los sí concienciados socialmente de los que no. La conciencia social pertenece al ser humano como ente colectivo. No puedes identificarte con ella, no te da un valor especial, no te hace más que el otro, porque justamente es eso lo que trata de no hacer. La conciencia social está en todos/as cuando se quiere ver, cuando se mira al futuro sin miedo, cuando se está dispuesto a perder.

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