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La 'boina' de Madrid... y alrededores

Fernando Pérez Martínez
Publicada el 27/11/2017 a las 06:00
La boina madrileña de contaminación con la que se toca la capital es creencia comúnmente aceptada que se circunscribe al contorno de la ciudad. Error. Si un observador imparcial se asoma desde la sierra de Madrid a la contaminación urbana de la capital se llevará la sorpresa de que la nube tóxica que envuelve a la ciudad se prolonga más allá de donde terminan los extrarradios de la ciudad, engulle los pueblos aledaños, llegando a alcanzar de ordinario una corona circular de veinte o treinta kilómetros, según puede apreciarse a simple vista…

Contra lo que convencionalmente se viene considerando la contaminación de Madrid, y por extensión de las ciudades más grandes y contaminantes, no es sólo un problema municipal, sino una emergencia comarcal, comunitaria o regional que debe ser abordada por la totalidad de las autoridades responsables de los focos de población afectados.

Una amiga residente en la sierra madrileña hacía gala de una tos reiterada e inquietante durante los últimos veranos. Esa tos se achacaba al discreto consumo de cigarrillos, pese a que dicho consumo no variaba durante todo el año, sin embargo las toses se manifestaban sólo durante el período estival. Ella acabó por concluir que sus expectoraciones eran debidas a la contaminación de la capital que alcanzaba la localidad situada a unos cincuenta kilómetros lineales. Se trasladó a una población de pocos habitantes, perdida en la anónima llanura soriana. En apenas ocho meses, desde enero a septiembre, las toses reiteradas y de apariencia crónica y tabaquista han desaparecido. Sigue quemando el mismo número de cigarrillos.

Es posible que vivamos los ciudadanos de Madrid en la ficción de que al trasladarnos unos kilómetros desde nuestro barrio de residencia hasta una ladera serrana de aire tan contaminado como el de la plaza de Olavide, por poner un ejemplo céntrico, nos permitamos el paradójico ritual placebo de llenar los pulmones a reventar de aire tóxico y expulsarlo con la fantasía de haber inhalado aire puro que limpia por unos minutos nuestros alveolos de toda la porquería acumulada allí a lo largo de la semana.

Se da la incongruente situación anímica entre los bípedos capitalinos de aspirar al sueño tópico de poder disponer de una casita en la sierra, allí donde el aire más puro se afila entre hielos, faldas nevadas, peñascos de granito afinados por el tesón del viento limando la roca, para que las criaturas puedan fortalecer sus cuerpecillos en desarrollo al menos un par de días a la semana. La prosaica realidad es que sacaríamos a los niños del estercolero urbano de la metrópoli venenosa para trasladarles a intoxicarse con el aire infecto de un muladar rural en el que los mismos principios corrosivos integran el gas que nutre y daña al mismo tiempo sus pulmones y que inconscientemente llamamos aire “puro” en la extendida y apaciguadora creencia de que los pájaros maman y que es mejor mirar el dedo que señala que lo señalado.

Durante pasadas legislaturas municipales y ante las narices de los vecinos de Madrid, las autoridades elegidas democráticamente por las culpables multitudes de votantes, han suprimido las estaciones medidoras de la impureza del aire de las zonas de lecturas más sonrojantes, trasladándolas a lugares menos tóxicos, con más arbolado y más lejos del tráfico automovilístico incompatible con la salud de las vías respiratorias. También recurrieron al saludable método de alterar los parámetros de toxicidad del aire convirtiendo los índices malsanos e inquietantes en razonablemente saludables y elevando los de aire mortal de necesidad a magnitudes que sólo se alcanzan inhalando directamente del tubo de escape de una central nuclear caducada y en proceso de “chernobilización”. Así se respiraba mejor según las nuevas mediciones, aunque la gente ignorante de los nuevos parámetros se moría y enfermaba de acuerdo a los anteriores, desobedeciendo gravemente las disposiciones de la municipalidad.

Ahora llega la abuela Carmena y enfrenta a los madrileños a la porquería que respiran desde la Puerta del Sol hasta la lonja de El Escorial y los taxistas que habitan el alma poliédrica del habitante de la capital se sublevan y proponen asesinar democráticamente a la mensajera. Evidentemente después del magnicidio político, defenestrando a la alcaldesa, volverá a respirarse un aire más imbécil e igual de homicida en la ciudad y comarca, a mayor gloria de los pechos nutricios de las jilgueras.
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Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre
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