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'Estío': ¿cómo imaginar el cambio climático?

  • Autores como Aixa de la Cruz, Alejandro Morellón o Cristina Morales exploran en un volumen de relatos las consecuencias de la debacle ecológica
  • Recogemos el cuento de Aroa Moreno Durán para esta antología y parte del epílogo firmado por Yayo Herrero, referente del activismo medioambiental español

Publicada el 02/10/2018 a las 06:00 Actualizada el 02/10/2018 a las 13:16
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¿Cómo imaginar el cambio climático? El que es el fenómeno ambiental, económico y social que marcará el siglo XXI parece también algo vago, lejano, como de ciencia ficción. Y la literatura de ciencia ficción, justamente, se ha encargado de abordarlo a través de uno de sus subgéneros, la ficción climática o clifi, su abreviatura en inglés, cuyas historias están marcadas por las consecuencias del calentamiento global. La editorial Episkaia recoge en la antología Estío. Once relatos de ficción climática cuentos de otros tantos autores de diversa trayectoria que abordan este tema. Escritores como Aroa Moreno Durán (columnista de infoLibre), Alejandro Morellón, Aixa de la Cruz, Cristina Morales, Richard Parra, Layla Martínez, Francisco Serrano, Eva Cid, Carlos Pérez, Merche Montero y María Bonete Escoto toman distintas perspectivas, desde el neowestern hasta el relato más local, para imaginar lo inimaginable. La antropóloga Yayo Herrero, referente del ecologismo español, cierra el volumen con un epílogo en el que apunta las medidas políticas necesarias para hacer frente al cambio climático y mitigar sus consecuencias. 

___________________

 
La gravedad
Aroa Moreno Durán

Has visto el pájaro muerto en la orilla de la playa, lo noto en tu cara, las plumas pegadas como una piel plástica. Fui testigo de cómo lo dejó ahí el mar esta mañana. No me gustan los pájaros. De niña sostuve un gorrión muerto en las manos. ¿Has cogido alguna vez una de esas aves sin vida? No pesan. Me doy cuenta de que lo único que pesa en los pájaros es la vida, ese pálpito bajo el plumaje. Los pájaros vivos pesan porque cuando los tienes en tu mano hacen fuerza para volar y tú haces fuerza para apresarlos. Aquel pájaro, el pájaro que encontré dentro de la chimenea de la casa de mis padres, era ligero como una esponja seca. Eso pensé yo que era, una esponja seca dentro de la chimenea, cuando metí el brazo para sacar los restos de madera y las cenizas y saqué aquello. Me gustaría saber explicarte bien esto: no me gustan los pájaros porque pueden morir si aprietas la mano. Algo parecido al vértigo: no me gustan las alturas porque sé que podría tirarme al vacío desde ellas. Pero no te explico nada de esto, porque no estás aquí porque quieras escucharme divagar sobre los pájaros ni sobre lo que puede significar, inesperadamente, tener uno sin vida en una mano cuando eres una niña. Arrastras los pies, nunca debí dejarme tocar por un hombre que arrastrara los pies de esa forma, y te acercas a la cocina y abres y cierras los armarios como si esta no fuera tu casa, qué buscas, ¿agua? No sé en qué momento hemos dejado de hablarnos. Ni por qué me he despertado tan temprano y me he sentido así. Media vida intentando poner nombre a esa sensación. Una angustia. Un hueco dentro, junto al corazón, o entre las costillas mejor, crece y crece y luego desaparece. Pero tienes que dejar de pensar en ello. Si piensas, crece. Si dejas de pensar, se esfuma. Son episodios enfermos de algo sin nombre. Lo sentí muchas veces antes de todo esto, pero ahora estamos supuestamente en alerta, desalojados de la rutina, viendo boquear los peces en la playa hasta que mueren, hasta que se secan y se desintegran como cenizas entre las algas. Pero el mar recoge siempre sus cadáveres. Siempre está un poco más cerca. Ahora que todo es una constante marea alta. Como nosotros. Siempre más cerca de ahogarnos. Pero tú abres y cierras los armarios y los golpes de las puertas y esta casa y siento eso. Podrías quitarte los auriculares, dejar de seguir las noticias, mirarme y preguntar qué va a pasarnos a nosotros. Al final qué va a pasarnos. O lo de menos, podrías envalentonarte y preguntar por el agua. Yo no te prometo que te dijera nada, pero probablemente te haría un gesto indicándote que el agua está en el sótano. Que así lo decidimos. Escondamos el agua, te dije. Escondamos el agua, me dijiste. Antes me gustaba cuando te agrandabas a través de mis ideas. Me hacía gracia, más bien. Ya no. Vuelvo la vista a la ventana, un perro vivo y flaco, una sombra de perro, rasca el suelo de la playa. Deseo que no encuentre el pájaro. ¿Comen pájaro los perros? No lo sé, pero dejo de mirar. No soporto ver este tipo de cosas. Tal vez sería infame decirte ahora que odio la naturaleza cuando se vuelve natural. Me gustaban las flores de nuestro balcón, el campo de las afueras de la ciudad y el cielo aquí cuando se retorcía entonces, antes de las grandes tormentas, pero no voy a echar de menos ver a dos animales grandes copulando, la larva secreta y blanda del insecto, el gusano que se alimenta de la fruta. Esto debes saberlo: porque no lavaba la verdura, porque no removía la tierra, porque no soportaba ver la erección de los perros en primavera. Vuelves con un vaso de agua. Estás mirando la playa otra vez. La franja negra de muerte que es ahora nuestra estrecha playa. Qué hermosa es tu espalda. Acuérdate cuando bailamos aquello en una fiesta, no recuerdo en qué casa estábamos, pero sí que empezó la música y tú que nunca bailas me arrancaste del sofá. Y me agarraste y te pegaste tanto y yo toqué la línea que baja desde tu cuello partiéndote en dos la espalda. Puedo estar pensando en esto y a la vez en todo lo otro y aun así sentir que me excita aquella noche, que no fue la primera, ni la segunda, aunque sí al principio. Esa línea que ahora veo, surco de tierra quemada. Que es lo único que veo desde hace meses. Te has dado la vuelta, de golpe, asustado. Como si me hubieras oído o como si hubieras visto el pájaro tendido entre los peces brillantes y el perro olfateándolo y hubieras querido contárselo a alguien. Pero entonces has visto que solo estoy yo, mirándote, y has vuelto la vista macabramente hacia adelante. Tragas el agua y dejas el vaso. No sé cuánto más puedo estar agarrada a tu espalda. No puede ser que vayas a ver de cerca la muerte. Pero sí. Abres la puerta y sales y yo no cierro y entra un vapor irrespirable. Le tiras al perro un palo y el animal se aleja lentamente hacia él. Entonces, decides inspeccionar al bicho caído. Le levantas un ala. Te acercas mucho al muerto. El sol también te pega a ti, ahí, tu línea tiene sombra. Miras hacia mí. Te has sentado junto al animal. El perro vuelve y le lanzas de nuevo el palo. Es igual: yo entro y salgo y voy y vengo trayéndote también ese palo. Me alejas y me atraes. ¿Me he convertido en un animal de compañía para ti? Me acerco a los animales y a ti. Ahora estamos todos juntos. Yo tampoco me he protegido de este silencio, ni de este sol. No pienso cómo ha llegado mi mano a estar sobre tu brazo. Tu brazo arde. Un golpe de viento le despeina las plumas al pájaro y yo dejo de respirar para no sentir el olor a podrido. No lo soportaría, no ahora. Pero solo me llegas tú. Te aspiro y dices que el animal está frío. Lo has tocado, entonces. La muerte es fría, te digo yo. Y también lo toco. Quiero recordar el frío. Llevas una de tus manos a mi cabeza, me acaricias la cabeza el perro la arena el palo. Entiendo que agradeces la vida que hay debajo de tu mano. Podrías cortarme la respiración con tu mano. Nos quemamos. Ahora lo sabes. Nos han tirado al vacío. Hemos caído. Nada pesa.

 
Epílogo
Reinventar lo colectivo ante el cambio climático
Yayo Herrero

(...) Han hecho falta más de cuarenta años para que las élites mundiales reconozcan, al menos en los discursos, lo que se llevaba advirtiendo desde hacía décadas: enfrentaremos una gravísima desestabilización global de los ecosistemas y ciclos naturales con desastrosas consecuencias sobre los territorios y la vida. Hemos superado el pico del petróleo convencional y nuestro metabolismo económico global no es viable sin grandes cantidades de energía fósil. Las energías renovables, con tasas de retorno energético mucho menores a las del petróleo, y dependientes de una extracción de minerales también declinante, no pueden sostener la dimensión material de la economía.

Nos encontramos ante un verdadero atolladero. Ese gran almacén y vertedero inagotable que algunos veían en la naturaleza tenía efectivamente límites que ya están sobrepasados y, a pesar de sus promesas y discursos, ni el capital ni la tecnología son capaces de reparar el daño que ellos mismos crearon. Lo que llamamos economía no es más que un potente aparato digestivo que devora a toda velocidad minerales, petróleo, bosques, ríos, especies y personas, y excreta gases de efecto invernadero y residuos peligrosos que envenenan la tierra, el aire o el agua y cambian el clima.

La propia humanidad empuja la dinámica planetaria hacia una nueva situación en la que la vida se hace extremadamente difícil: aumenta la frecuencia y la fuerza de los eventos climáticos extremos; se incrementa la incidencia de los grandes incendios en lugares como Australia, California, Amazonía, Indonesia, Chile, Portugal o España; se está produciendo el crecimiento del nivel de los mares y se espera, en el caso más favorable, un aumento de unos cuarenta centímetros a final del siglo XXI, lo que comportará la desaparición de lugares como el Delta del Ebro, múltiples playas o los estuarios del Guadiana y Guadalquivir, lo que implica que disminuye la capacidad de producir alimento; hay —y serán más agudos— problemas con el abastecimiento de agua dulce, se manifiestan cambios en las corrientes marinas…

Aunque cada vez más personas creen que el planeta «está mal y hay que salvarlo», la repercusión y consecuencias de esta crisis sobre la vida humana, la economía y la política pasan inadvertidas para la mayoría. Es como si la «enfermedad del planeta» no fuese con nosotros. No parece haber una conciencia clara de que lo que está en juego es la propia supervivencia de la especie.

Pareciera que la crisis ecológica es una cuestión técnica o de expertos, un asunto despolitizado y ajeno a la economía. Sin embargo, plantar cara a esta difícil situación requiere afrontarla políticamente y cuestionar algunas creencias, obliga a mirar cara a cara la realidad por dolorosa que sea, proyectar el futuro —más bien ya presente — que se vislumbra si no nos organizamos para frenar lo que se pueda y adaptarnos a las dimensiones del cambio climático que son ya irreversibles.

Muchas personas queremos afrontar ese cambio de forma equitativa y justa, de forma que no sea solo un pequeña parte de la población —la que tiene poder económico, político y militar— la que siga manteniendo estilos de vida obscenos a costa de que cada vez más personas sean expulsadas a los márgenes o de la propia vida.

(...) Vale mucho la pena embarcarse en esta tarea. Hacen falta todos los lenguajes: los de la ciencia, política y economía y también los artísticos y literarios.

Necesitamos todas las manos, cerebros y corazones.

Frente a la heroicidad viril que exige morir por la causa, en este caso la causa es la vida, y la heroicidad, conservarla.
__________

Estío. Once relatos de ficción climática
María Bonete, Eva Cid, Aixa de la Cruz, Layla Martínez, Merche Montero, Cristina Morales,
Alejandro Morellón, Aroa Moreno Durán, Richard Parra, Carlos Pérez y Francisco Serrano
Epílogo de Yayo Herrero
Diseño de Juan García
Ilustración de portada de Adara Sánchez
Editorial Episkaia
212 páginas
14,90 euros
1 de octubre de 2018
 
*Presentación en Madrid el 3 de octubre a las 20h, en la librería La Sombra (calle San Pedro, 20, metro Antón Martín). Con los autores Aroa Moreno Durán, Merche Montero y Carlos Pérez. 
 
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