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Premios Goya 2019

¡Viva el Pepe!

  • La noche de los 12 años, cinta que narra el cautiverio del expresidente uruguayo José Mujica en prisión, opta al Goya en la categoría de película hispanoamericana.
  • “El hombre puede aprender mucho más del dolor y de la adversidad que de los triunfos”, asegura Mujica

Publicada el 28/01/2019 a las 06:00 Actualizada el 30/01/2019 a las 10:15
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Antonio de la Torre como Pepe Mujica en 'La noche de los 12 años'.

Antonio de la Torre como Pepe Mujica en 'La noche de los 12 años'.

TORNASOL FILMS
Durante el proceso de investigación y documentación para La noche de 12 años, José Mujica confesó al director y guionista Álvaro Brechner un sueño recurrente que aún le visita algunas noches hoy en día. “En él se despertaba y todavía estaba en el calabozo. Confundido se preguntaba: ¿Tanto tiempo pasé? Y entonces llama al joven centinela que guarda la celda: ‘¿Vos no habías nacido siquiera cuando yo entré? ¡No te das cuenta que se han olvidado de nosotros!”, recuerda el cineasta. Pero el expresidente de Uruguay, junto con sus compañeros en el movimiento guerrillero Tupamaros Mauricio Rosencof, escritor y poeta, y Eleuterio Fernández Huidobro, exministro de Defensa, abandonaron el cautiverio al que fueron sometidos durante 12 años en 1985. “Como no pudimos matarles, vamos a volverlos locos”, era la orden que los altos cargos militares de la dictadura emitieron en septiembre de 1973. Sin embargo, la historia no acabó así. Fue una operación secreta a la que fueron sometidos nueve presos Tupamaros, entre ellos los tres protagonistas del film, como un procedimiento macabro que trataba de llevar al límite su resistencia.

“Se encontraron de pronto como cobayas de un experimento en el que todo aquello que conocían del mundo no les servía para nada. En la soledad más íntima del cautiverio, debieron reinventarse para poder resistir a uno de los experimentos más siniestros imaginables. Una tortura física y mental para llevarlos a la locura, cuyo objetivo último era aniquilar la última resistencia del yo más íntimo. Por fuera de los acontecimientos políticos, históricos y sociales, [la película] narra la lucha existencial de tres hombres que, en su hora más oscura, se aferran a su espíritu para mantener su humanidad y esperanza. Cómo abordar un relato cuyo gran protagonista es el silencio, la incomunicación más absoluta, el deterioro y la renuncia de todo aquello que consideramos que constituye la condición humana”, asegura en sus notas previas el director del film que se presentó en el Festival de Venecia, ha pasado por el de San Sebastián en la sección Perlas y llegará a la cartelera española el próximo 23 de noviembre. La película trata de responder a una cuestión esencial: ¿Qué queda de un hombre cuando le han quitado todo? Pero alrededor de sus imágenes se va cosiendo una interesante tesis sobre la necesidad de mantener viva la memoria; sobre la obligación de construir un relato fiel y objetivo de los hechos para que estos no vuelvan a repetirse; y, sobre todo, habla de la capacidad de los presos para crear un mecanismo de resistencia insobornable frente a la tortura y la soledad.



Al final del metraje, la respuesta parece ser solo una: lo único que no le pueden arrebatar a un ser humano en cautiverio y torturado es la imaginación. La imaginación como válvula de escape. Como Huidobro y Rosencof jugando a un ajedrez, sin tablero, a través del código Morse. Y la imaginación en forma de recuerdos, en los que Mujica, por ejemplo, parece reencontrarse con su madre, aunque tenga prohibidas las visitas. De su voz escucha: “Los únicos derrotados son los que bajan los brazos”. La memoria, otra vez, como hilo conductor de la historia de los guerrilleros privados de libertad y, al final, también de la misma humanidad. En La noche de 12 años, Brechner juega de manera muy lúcida con la imaginación, precisamente para suplir esos huecos que en el relato están repletos de silencios (los tres presos tienen prohibida hasta la comunicación verbal), mientras que ellos se van “reinventando” como seres humanos para convertirse en los personajes públicos que luego acabaron siendo. En el caso de Mujica, en un referente en cuanto a la resilencia y la lucha.

El amigo uruguayo

A través del rostro y del trabajo físico del actor español Antonio de la Torre, espectacular en su transformación -al igual que Chino Darín y Alfonso Tort en los papeles de sus compañeros, Rosencof y Huidobro, respectivamente- se puede ir tejiendo una cartografía de su huida hacia el futuro. Sin apenas palabras, porque no se pueden pronunciar y tampoco son necesarias para entender lo que se está viendo. Porque todo se reduce a batalla interior que consiste en sobrevivir cuando uno está privado oficialmente de sus derechos y también de sus sentidos.

Este viaje hacia la noche oscura del alma -narrado con una caligrafía cinematográfica tan sutil como combativa en favor de los derechos humanos- encuentra su reflejo en un juego de espejos con El Pepe, una vida suprema. El trabajo documental de Emir Kusturica, que también se presentó mundialmente en el Festival de Venecia y que aún no tiene fecha de estreno en las salas de nuestro país. Si en la película de Brechner encontramos la reconstrucción de la memoria a partir de los hechos reales y documentados del pasado, aquí encontramos los testimonios de los supervivientes de aquella dictadura a partir de sus propias voces y de las imágenes de Estado de sitio (1972), el film de Costa-Gavras. El director griego ha sido un agitador esencial de las conciencias políticas e impulsor de un cine de denuncia con vocación de compromiso en las décadas de los setenta y ochenta. Entre imágenes de ficción y el relato de los protagonistas, se establece un interesante diálogo que sirve para reconstruir la historia. “Para mantenernos vivos tuvimos que pensar y repensar mucho. Le debemos mucho a esos años que estuvimos en soledad (….). Puede resultar cruel, pero para mí, el hombre aprende mucho más del dolor y de la adversidad que de los triunfos y las cosas básicas”, confiesa Mujica en el documental sobre los años que de prisión en prisión (y de tortura en tortura) pasaron él y sus dos compañeros Tupamaros.

El cineasta, ganador de dos Palmas de Oro en Cannes, plantea un relato que se acerca la figura del político como si fuera un primer plano continuando y, al mismo tiempo, se muestra ciertamente entrañable cuando trata de dibujar el semblante más íntimo del ser humano. Entre esas dos latitudes, el narrador opta por desaparecer y solo cobra protagonismo cuando se sienta frente a Mujica, le mira a los ojos y ambos comparten sorbos de mate. “Si no hubiera vivido aquellos años de soledad sería más triunfador, más embebido de mí mismo...”, le confiesa el uruguayo al director serbio en uno de los momentos de intimidad que retrata de forma pausada el film. La memoria se puede recobrar, pero el destino siempre es una incógnita. Es algo que deja claro la cita del texto En la colonia penitenciaria, de Franz Kafka, que abre La noche de 12 años: “El hombre miró al condenado y preguntó al oficial: ¿Conoce el preso su sentencia’. No -dijo el oficial-. Ya la sabrá en carne propia”.


*Este artículo está publicado en el número de octubre de 2018 de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí

 
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