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Prepublicación

'Neofascismo. La bestia neoliberal'

Adoración Guamán | Alfons Aragoneses | Sebastián Martín
Publicada el 20/07/2019 a las 06:00 Actualizada el 19/07/2019 a las 21:40
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infoLibre publica un extracto de Neofascismo. La bestia neoliberal, un volumen coordinado por Adoración Guamán, Alfons Aragoneses y Sebastián Martín. En él, 14 autores, incluyendo los editores, analizan desde distintas perspectivas el auge de la extrema derecha, estableciendo comparativas con los movimientos políticos surgidos en los años treinta, mirando a los gobiernos fascistas latinoamericanos y analizando de qué manera la ideología neoliberal ha permitido o alentado la nueva ola reaccionaria.

En el título participan Nuria Alabao, Luciana Cadahia, María José Fariñas Dulce, Guillermo Fernández Vázquez, Albert Noguera Fernández, Joaquín Pérez Rey, Jorge Polo Blanco, Carol Proner, Clara Ramas, Franklin Ramírez Gallegos, Jorge Ramos Tolosa, Francisco Sierra Caballero y Juan José Tamayo. Recogemos la introducción al libro, firmada por los tres coordinadores. 
____________

 
Introducción

 
  ¿Pueden agruparse las nuevas tendencias de extrema derecha bajo la divisa del fascismo, del (neo) fascismo? ¿Qué diferencias existen entre las formaciones e ideologías de ultraderecha y las llamadas «fascistas»? ¿Estamos recorriendo, aun con diferentes acentos y modulaciones, la misma trayectoria que tomó Europa en las décadas de 1920 y 1930? ¿Hay paralelismos entre las dictaduras de los años setenta en América Latina y las prácticas, presentes o anunciadas, de algunos gobiernos en las Américas? ¿Es el neoautoritarismo de mercado un peldaño, un elemento intrínseco o una desviación de un posible (neo)fascismo? ¿Nos condenan nuevamente las circunstancias a revivir la barbarie de la exclusión, la persecución e incluso la aniquilación del disidente, en nombre de la pureza y el vigor de las naciones… o únicamente de una voluntad de recuperar la tasa de ganancia del capital?

Estos interrogantes y otros similares se plantean con recurrencia en la opinión pública europea desde hace años. El inesperado triunfo de Donald Trump, seguido del auge de otras agrupaciones nacionales de extrema derecha, los provoca. El estupor de los sectores progresistas ante el presente ascenso ultraderechista los hace más acuciantes, si cabe. Y, ante tanta incertidumbre acumulada, solo un indicio parece verosímil: la conexión del incremento neofascista con la crisis y recomposición del capitalismo financiero global, con el incremento de las dinámicas de acumulación por desposesión, de la violencia y el conservadurismo moral, con el machismo, la xenofobia, el racismo y con el malestar larvado en las sociedades tras su desencadenamiento, que explota de manera fragmentada y cada vez menos esporádica.

Como apuntó en una época oscura Walter Benjamin, no se puede abordar la cuestión del fascismo sin plantearse la del capitalismo. Sería como indagar en los efectos sin interrogarse sobre las causas, tal como indicaba, en ese mismo tiempo, Bertolt Brecht. Lo más evidente a este respecto es apreciar cómo, ayer igual que hoy, las desigualdades y la impotencia difusa a las que nos aboca el capitalismo desenfrenado son respondidas por parte de las elites, pero consiguiendo gran respaldo popular, con una reavivación del mito cohesivo y protector de la nación, mucho más cohesionada si se identifica en sus adentros o en el exterior la figura de un enemigo colectivo que sacrificar. Un enemigo que hoy apunta hacia las mujeres, las personas refugiadas, las personas pobres o racializadas.

Menos evidente aparece a nuestros ojos, aunque ya se reveló en época de entreguerras, cómo las vías de acumulación capitalista que resultan en situaciones de práctico monopolio terminan reclamando, para un gobierno eficaz de la economía, fórmulas autoritarias que exceden el Estado democrático y constitucional. El abandono desde la década de 1980 de las funciones democratizadoras típicas del Estado social, desde la desmercantilización de espacios sociales a la diversificación de la economía o el combate por la igualdad real, resucitó la dinámica inmanente al capitalismo desbocado, volviendo a colocarnos en un escenario de gobierno corporativo transnacional, un autoritarismo de mercado establecido por la nueva Lex Mercatoria, que necesita ser compensado o sostenido con prácticas autoritarias nacionales.

No cabe duda de que las soluciones políticas que ofrecen las formaciones ultraderechistas se anclan en profundas necesidades psicológicas de carácter colectivo. Entre ellas, sobresale la necesidad de comunidad, ante un marco de competitividad individualista descarnada. Pero también destaca la necesidad vital de sentirse partícipe activo de la comunidad en la que se vive. La gestión de la crisis financiera, presidida por la máxima del «No hay alternativa», puesta en práctica con toda virulencia en Grecia, ha sembrado en el ánimo colectivo una sensación de impotencia que comienza a reclamar, para sanarse, liderazgos autoritarios y ejecutivos, capaces de decidir haciendo estallar las mallas de la legalidad. En esta misma dirección apunta el sentimiento difuso de desafección provocado por la independización de los representantes públicos, traducida en muchas ocasiones en «cartelización» organizada para fines corruptos de enriquecimiento privado. La corrupción se convierte en el eje para justificar la necesidad de liderazgos autoritarios, que, como evidencia el caso de Brasil, acaban transmitiendo la idea de que los mecanismos de la democracia representativa resultan estériles para librarse del saqueo pilotado por las elites políticas. En ambos lados del Atlántico vuelve a extenderse en el alma colectiva la necesidad de liderazgos carismáticos que conecten en bloque con los ánimos de intervención inmediata, sin mediaciones ni contenciones jurídicas, en el terreno político.

Bajo el capitalismo salvaje, no solo se erosionan los mecanismos típicos de la representación y de la garantía del interés general. El incentivo público generalizado de que goza la cultura empresarial (del llamado «emprendimiento»), ajustándose sin roces a las necesidades de acumulación del capital, se adecua mal a los requerimientos culturales –pluralistas, igualitarios, horizontales– de una democracia. El culto a la individualidad triunfante y con capacidad de mando, que solo prospera por la obediencia disciplinada del conjunto, fomenta los valores autoritarios y jerárquicos cuando se traslada a la polis. Los principios morales que rigen en muchas escuelas de negocios, conducentes al éxito individual con desprecio de la cooperación colectiva y con necesidad de instrumentalizar, cosificándolos, a los semejantes, procuran un ecosistema inmejorable al fascismo rampante si terminan por convertirse, como ocurre en nuestros días, en una ética social.

Asistimos además, y de manera paralela, al auge de los discursos conservadores y violentos, reforzándose los tradicionales ejes de dominación colonial, eurocéntrica, racista y patriarcal sobre el trabajo, las y los migrantes y, muy en particular, sobre las mujeres. Utilizando la religión, los valores conservadores tradicionalistas, la difamación, el discurso del miedo al otro y la exacerbación del mandato de la masculinidad, se rearma un andamio ideológico / jurídico orientado a potenciar modelos de sumisión y explotación violenta de una mayoría de la población, con especial impacto de género, y sin duda necesarios para mantener los procesos de acumulación y de control social.

Así, la propia cultura que se extiende en nuestros modelos de sociedad propicia el abandono de los valores democráticos y el abrazo a las tácticas del fascismo. En su plena orientación hacia el futuro, tiende a relegar las exigencias instructivas de la memoria democrática, olvido agravado en aquellos países que transitaron a la democracia sin romper con las dictaduras que los habían oprimido. Conocer las dinámicas que condujeron a los fascismos y sus prácticas de exterminio y dominación no garantiza, es cierto, el no repetir la barbarie, pero sí introduce dispositivos de amortiguación y freno, que contribuyen a prevenirla.

En el imprescindible documental de Chris Marker sobre las izquierdas mundiales en las décadas de 1960 y 1970, El fondo del aire es rojo, se funden en planos consecutivos las manifestaciones de neonazis americanos y las de los ejecutivos de Wall Street, coincidentes en su agresivo belicismo y en su furibundo anticomunismo ante la Guerra del Vietnam. Liberalismo económico y fascismo político, frente a la tergiversación inducida durante décadas de corrección teórica demoliberal, terminan reclamándose mutuamente.

Con este escenario de fondo, el presente libro pretende indagar en los diferentes flancos de esa compenetración, tratando de resolver incógnitas fundamentales que flotan hoy en la esfera pública y de destapar complicidades que permanecen todavía ocultas a los ojos generales. Para tal fin, los diferentes trabajos se organizarán en dos grandes bloques temáticos. El primero atiende al aspecto general teórico e histórico del asunto, para anclar las posibilidades reales del mismo uso del término «neofascismo». Resulta fundamental conocer bien el ascenso de los fascismos en el mundo de entreguerras, y sus vínculos con el capitalismo, para trazar los paralelismos pertinentes, y también para prescindir de las comparativas más simplistas. Igualmente crucial nos parece la delimitación conceptual del fascismo, tanto en sus formas pasadas de expresión, cuanto en las que comienzan a emerger en la actualidad. Y habrá que atender también a las diferentes líneas de evolución que están desembocando en el auge de unas fuerzas que, si hoy se presentan como ultraderechistas, incuban ya, de forma inequívoca, la serpiente del fascismo futuro.

El segundo de los bloques consta de ensayos de tono empírico, centrados ya en el análisis de experiencias de dominación ancladas en los axiomas neofascistas. Su campo de pruebas lo proporcionan en ocasiones trayectorias estrictamente nacionales, y, en otras ocasiones, escenarios transnacionales que consienten la comparación de itinerarios y prácticas locales. Interesa en este apartado el examen de los ejes y dispositivos de dominación, que promueven la jerarquización social fascista o que se encuentran inspirados directamente en fórmulas neofascistas, en los ámbitos de la convivencia, el trabajo, la comunicación, la religión o el feminismo.

Para elaborar la proyectada obra colectiva hemos apostado por una aproximación pluridisciplinar e internacional, reuniendo a quince personas que tienen en común el hilo del pensamiento crítico. Las y los autores, procedentes de Ecuador, Colombia, Brasil, Argentina y España, cultivan materias como la filosofía política, el derecho, la sociología, la antropología, la teología, la comunicación o la historia. Desde la pluralidad epistemológica, los capítulos, en diálogo permanente entre los conceptos compartidos, se esfuerzan en entender y razonar sobre uno de los fenómenos más complejos, que afecta a todos los aspectos de la sociedad y que no es reducible a un solo plano.

El resultado de este trabajo colectivo, pluridisciplinar y transatlántico es un libro que aporta instrumentos al análisis de lo que acordamos denominar como «neofascismo», los cuales explican sus múltiples dimensiones y que desmontan lugares comunes y prejuicios generados muchas veces por los propios movimientos de extrema derecha, pero que se consolidan al ser repetidos por otros partidos y por los medios de comunicación.

Precisamente por lo que acabamos de explicar, el libro sirve de instrumento para combatir los discursos de la ultraderecha en un momento en el que estos son amplificados por muchos medios de comunicación, que los sitúan en el centro del debate, con propuestas que suponen amenazas para los derechos humanos y para la democracia. Este libro, escrito desde el rigor intelectual de sus autores y autoras, tiene una clara vocación de ser, ante todo, una herramienta útil en la lucha contra los neofascismos.
 
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