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Los diablos azules

La 'parresía': franqueza y murmuración en el mundo literario

  • En este ambiente funcionan mecanismos más propios de una ética comercial que de los valores estéticos que cabría suponerle
  • Hay también vacas sagradas que la crítica respeta más allá de la calidad de sus publicaciones

Lola López Mondéjar Publicada 09/12/2016 a las 06:00 Actualizada 07/12/2016 a las 20:27    
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El filosofo Josep Maria Esquirol.

El filósofo Josep Maria Esquirol.

Acantilado
Hay conceptos que iluminan inesperadamente un determinado momento de tu vida sin que te quepa otra opción que la de apropiártelos, agradecida a su capacidad explicativa. Eso me sucedió hace ya unos meses con el concepto griego de parresía (franqueza), que encontré en el sugerente libro de Josep Maria Esquirol, La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad (Acantilado, 2015).

Dice Esquirol: "Etimológicamente, pues, parresía significa 'decirlo todo' (no en el sentido cuantitativo, sino en el sentido de decir lo que uno piensa)… decir lo que uno cree… La parresía recurre al diálogo y al tú a tú. Ser franco y sincero requiere a menudo coraje… La parresía es condición de una relación verdadera con el otro (sin retórica ni adulación)" (p. 151).

El momento personal en el que el concepto me sedujo tenía que ver con el mundo literario, en el que ocupo una posición fronteriza por mi pertenencia y no pertenencia al mismo —dada mi doble inscripción como psicoanalista y escritora— ; y periférica, geográfica y mediáticamente hablando, al situarme en lo que una colega llama con gracia “escritores de clase media”, aquellos que están ahí, referencia para un grupo limitado de lectores, pero que no ocupan las portadas de los suplementos literarios, ni el elenco de participantes en los principales festivales del país. Desde esa atalaya observo un mundo que desconocía, y que descubro muy alejado de lo que entonces creí que sería el ambiente literario.

He de confesar que sacralizaba inocente, cándidamente, la literatura. Que durante mi etapa de joven en formación no asociaba la vida del escritor con sus libros, pues antes no se adornaban sus solapas con la foto del autor, y apenas teníamos de ellos unas breves notas biográficas. El autor era sólo un nombre que el lector connotaba poco a poco a partir de la impresión que su obra le producía. Y esto facilitaba la idealización de ese nombre.

Cuando empecé a publicar no conocía a ningún escritor de carne y hueso y, sin embargo, sus libros me regalaban observaciones y confidencias sobre lo humano que no encontraba fácilmente a mi alrededor. Pues bien, hace 19 años que publiqué mi primer libro y ahora las cosas se me antojan de otro modo.

La franqueza, la parresía, es algo prácticamente ajeno al mundo literario, donde funcionan mecanismos más propios de una ética comercial que de los valores estéticos que cabría suponerle. No hay pudor ni empacho para las alabanzas vacías, para la retórica —lo contrario de la franqueza, para los griegos—, si con ellas se espera conseguir algún beneficio propio. La coherencia entre las palabras y los hechos se ha perdido y unos y otros funcionan por su cuenta, en una escisión que genera desconfianza en el trato humano, en un tú a tú pervertido por intereses mezquinos. ¿A qué debo, entonces, atenerme?, ¿dónde está la franqueza en este sujeto que leo o escucho?, ¿cómo fiarme de él?

En este mundo comercializado y fenicio, se accede a la crítica a través de redes de amistad; de ahí que primeros libros puedan trascender más que los de otros autores con una larga trayectoria, siempre que el autor de ese primer libro tenga contactos o esté en posición de otorgar virtuales favores mutuos. Una especie de mafia light que pervierte la difusión de las obras, cuyo valor artístico es siempre secundario a la “oportunidad” o no de su reseña. Situación que no parece molestar a nadie. Las redes sociales, por su parte, no han hecho sino incrementar estos intercambios.

He trabajado y trabajo como psicoanalista la mayor parte de mi vida. Mis pacientes vienen a mí en busca de una verdad que se les escabulle; no mienten, sino que ofrecen un relato de sus vidas que escatima esa verdad de forma inconsciente, no intencionada, pero están dispuestos a encontrarla, esperan de su psicoanalista sinceridad, franqueza y cuidados. La franqueza es condición sine qua non de una relación verdadera con el otro, de la confianza y seguridad en el trato humano. Entre mis verdaderos amigos, la franqueza se da por supuesta, por lo que a mi alrededor no encuentro esa hipocresía que el mundo literario me ha mostrado. Aseguran que abunda también en el universo de la banca, de la abogacía, de los negocios, que he de tomar distancia y empezar a ver la realidad de la literatura de otro modo; yo no sé hacerlo.

No sé distinguir a los escritores que mienten en público sobre otros libros, que alaban por interés, por razones espurias y extraliterarias y, en privado, señalan los defectos de lo que en público han elogiado sin ningún tipo de pudor. ¿No es eso murmuración?, ¿no es hipocresía? Los hay que elogian al autor a la cara, que califican sus libros de “geniales”, de “novelazas”, y no dicen sobre ellos ninguna palabra elogiosa en público. ¿Cuál es aquí la verdad? Si realmente opinaran como dicen, ¿no estarían deseosos de mostrar al mundo las bondades de la obra que han descubierto? Algunos escritores critican libros que no han leído sin ningún tipo de vergüenza, con desfachatez, movidos únicamente por los prejuicios.

Hay también en este mundo vacas sagradas que la crítica respeta más allá de la calidad de sus publicaciones: acceder a ese olimpo es un salvoconducto que garantiza una crítica unánime, a veces inmerecida. Sin embargo, sotto voce, esos mismos críticos pueden emitir un juicio negativo sobre el libro que han elogiado, llevados por una franqueza a posteriori que ya no es tal, sino, de nuevo, simple murmuración.

Pocos se interrogan sobre la moralidad de estas prácticas, cuya denuncia no deja nunca de ser un hecho marginal, por lo que acaban banalizándose y naturalizándose, como si no pudiese ser de otro modo.

Escribo esto porque a menudo me siento perdida y desorientada, ya no me fío de nada ni de nadie; ni de reseñas, ni de críticas ni unanimidades, ni de famas ni opiniones, sólo conservo la confianza en unos pocos escritores y escritoras amigos cuya franqueza estimo sobre todas las cosas. Confieso que no sé cómo relacionarme en un mundo cuyo código es contrario al mío.

Escribo esto, sobre todo, porque necesito hacerlo, porque necesito relacionarme con mis colegas mostrando esta perplejidad.

Si dejamos a un lado la franqueza, que no está reñida con la cordialidad y las buenas formas a la hora de opinar y analizar el trabajo de otros, nos instalamos en el terreno de la murmuración, de la mentira y la demagogia; como afirma Esquirol: "La murmuración es un ejemplo inmejorable de palabra vacía, de traición a la palabra, de sucedáneo. La palabra tiene poder sobre la vida y sobre la muerte, pero la murmuración sólo tiene el poder de la carcoma que corroe su propio mundo. No proyecta nada, sólo consume" (p. 150).

Es triste que quienes deberíamos velar por la palabra llena, la palabra verdadera, quienes buscamos ese absoluto inalcanzable que aspira a la correspondencia entre la palabra y la cosa, la emoción, el pensamiento y la vida, dejemos, sin alarmarnos, sin declararle una guerra abierta a la hipocresía, que la palabra se vacíe. Es realmente triste.

*Lola López Mondéjar es escritora.

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