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Los libros

La extranjera

  • ¿Quién fue Clarice Lispector? Benjamin Moser se esfuerza en responder en esta biografía, vertebrando su personalidad a partir del fantasma de la culpa
  • En la escritora brasileña hay una mujer salvaje, la Joana de su primera novela, y una mujer convencional, sencilla, que se expresó en otros de sus cuentos

Lola López Mondéjar Publicada 26/01/2018 a las 06:00 Actualizada 25/01/2018 a las 20:10    
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Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector
Benjamin Moser

Traducción de Cristina Sánchez-Andrade
Siruela

Madrid
2017
 

Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado del peor deseo de vivir.

Clarice Lispector, "Amor", Lazos de familia (1960)
  Ante un empeño de la magnitud de este que hoy comentamos, solo cabe congratularse, admirarse y darle las gracias al norteamericano Benjamin Moser por su empeño en conocer y difundir la obra de Clarice Lispector. Cuando en el año 2015 dediqué un capítulo de mi libro, Una espina en la carne, a la escritora brasileña, no pude manejar esta biografía, publicada originalmente en inglés en 2009, lo que lamenté. Hoy me quito otra espina reseñando la reciente y necesaria publicación de Siruela.

La obra de Moser sigue una estructura sencilla, cronológica como cabía esperar, aunque con necesarias incursiones prospectivas y retrospectivas, que abarca desde los orígenes de la familia de Clarice, judíos ucranianos; su periplo para abandonar un país devastado por la oleada de pogromos que se desencadenó en diciembre de 1918; y su viaje como emigrantes a Brasil. Así como un detallado recorrido por la vida y la obra de la escritora hasta su muerte en 1977, a la edad de 57 años. Oportunamente, el biógrafo inserta algunos capítulos donde explica con detalle la situación política y social de Ucrania y, sobre todo, de Brasil, el país que Clarice consideraba su patria, a pesar de un ceceo que hacía que la considerasen siempre extranjera. También nos informa Moser sobre la situación de Nápoles, Berna o Washington, las ciudades donde Clarice residió junto a su marido, el diplomático Maury Gurgel Valente, y en las que se sintió tan incómoda, alejada de sus hermanas, de sus amigos y de su querido país.

Clarice era una extranjera en el mundo, una extranjera de la realidad, tal y como sucede también en muchas de las protagonistas de sus cuentos y novelas, y a intentar comprender el motivo de esta incomodidad existencial, que se hizo en ella más creciente a medida que cumplía años, se dedica Moser.

Como sabemos, el objetivo de una biografía es responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién era el/la autobiografiado/a?, ¿quién fue Clarice Lispector? Y Benjamin Moser se esfuerza en responderla, vertebrando su personalidad a partir de un fantasma que coloca en el corazón mismo de la obra y de la vida de la escritora: el sentimiento de culpa por no haber podido salvar a su madre, presuntamente violada por soldados en Ucrania, enferma de sífilis, y que quedó embarazada de Clarice para, según se suponía en la época, salvar con ese embarazo su propia vida. Lo que no consiguió, pues murió cuando la escritora tenía 10 años.

Ese es el fantasma, la disyuntiva la expone brillantemente su marido en una carta que le escribe tras su divorcio: en Clarice hay una mujer salvaje, la Joana de su primera novela, Cerca del corazón salvaje, y una mujer convencional, sencilla, que se expresó en su maternidad, en otras protagonistas de sus cuentos (como Ana, del magnífico relato, "Amor", que teme acercarse a la locura si explora su lado salvaje), y en algunos de los artículos sobre belleza, modales, y otras cuestiones femeninas que escribió para diferentes medios brasileños, como modo de ganarse la vida. Y la tensión entre una mujer y otra, entre la impetuosa Joana y la plácida Lidia marcan su existencia. Aspecto este en el que coincidimos ampliamente.

Un sentimiento de culpa y una escisión recorren de cabo a rabo su biografía, según Moser, y quizás el biógrafo se exceda en el primer punto y la interpretación sobre el sentimiento de culpa por no poder salvar a la madre cobre demasiado peso como determinante de la vida de la autora, como también lo cobra la insistente atribución a sus orígenes judíos como explicación de su sentimiento místico y de sus juegos de lenguaje, aunque carezco de criterio para juzgar este último aspecto.

Los pormenores de su biografía, el origen modesto de su familia, su estrecha relación con sus hermanas, sus estudios, su trabajo de periodista, su matrimonio y su incomodidad en el papel como mujer de un diplomático (que sin embargo ejerció a la perfección), su maternidad; sus novelas, sus dificultades para publicarlas, su éxito, su compromiso político y la creación de su mito, son examinados aquí desde muy cerca, y el lector tiene constancia de que lo que el hilo conductor que Moser sigue solo expone una parte de la documentación, las entrevistas, las lecturas y el tiempo que ha supuesto para él la elaboración de esta obra.

Quizás su aporte más interesante sea la ejemplar articulación entre el devenir biográfico de Clarice y la creación de sus ficciones que realiza. Moser establece una íntima relación entre las vicisitudes personales de Lispector y las de sus protagonistas, cuyos sentimientos disecciona la autora en esa particularísima forma suya de contar, prescindiendo casi de la trama o, mejor, como la felicidad lo era para la autora, diseñando una trama clandestina.

Su admiración hacia Spinoza explicaría también para Moser el sentimiento místico de Clarice; sus orígenes judíos (de los que ella nunca alardeó, aunque fue enterrada según ese rito religioso), como ya dijimos; su particularísima búsqueda de la fusión con la naturaleza, que explosiona en esa obra maestra que es La pasión según G.H.; la presencia de los animales en su narrativa, en fin, los hitos más significativos del corpus lispectoriano son analizados, a mi entender, con acierto.

Se presta también atención a la exhaustiva exploración del lenguaje, tan cara la autora, al anhelo de absoluto que la animaba, expresado en esa búsqueda del It, de lo neutro, de la Cosa, siempre inadecuadamente representada por la palabra.

Pero, además, Clarice Lispector sufría, su angustia asustaba a los psicoanalistas que la acompañaron gran parte de su vida. Su depresión y su insomnio, su tremenda incomodidad con la existencia solo podía sobrellevarlos con el abuso de fármacos y con una vida que se hizo cada vez más solitaria y extravagante. Las opiniones de su amiga Olga Bonelli, quien la acompañó hasta su muerte, muestran también la personalidad difícil, arisca y demandante al mismo tiempo, de la escritora. Envejecer, para una mujer alabada constantemente por su belleza, fue una dura prueba que supo mostrar en algunos relatos, más aún cuando un incendio la envejeció a los 46 años, y redujo la movilidad de su mano derecha, haciendo casi ilegible su escritura y privándola prematuramente de su atractivo físico.

El dolor de Clarice, su dolor primordial, se incrementó cuando debuta la esquizofrenia de su hijo Pedro. Curiosa relación entre el amor por la palabra, por los juegos de palabras, por el sentido y el abismo que separa el lenguaje de la cosa que animaba a la madre escritora, y la esquizofrenia del hijo; esquizofrenia donde el malestar con el lenguaje es una característica notable. Lo mismo sucedió con un autor con quien se comparó siempre a la escritora: James Joyce. Lo que en Joyce fue deconstrucción de la lengua, exploración y aventura narrativa, se convirtió en psicosis en su hija Lucia. Una interesante transmisión transgeneracional del desapego, de la radical experiencia de inadecuación de la palabra a lo que pretende nombrar, que bien podría ser investigada en ambos casos.

Como señala el biógrafo, la escritora que más preocupada estuvo por el huevo y la gallina murió de cáncer de ovarios, como si ese órgano clamase en ella desde la infancia. Pero esto son ya fantasías, especulaciones literarias, jugosas asociaciones narrativas.

Es imposible resumir en unas páginas la ingente información que nos proporciona Benjamin Moser, de ahí que detenga aquí mi reseña, no sin antes recomendar a los lectores que aman la obra de esta escritora singularísima que lean este libro, ya que aportará mayor profundidad a su acercamiento a una autora cuya lectura suscita, como el París de Vila-Matas, sugerencias que no se acaban nunca.

Que ustedes la disfruten.

*Lola López Mondéjar es escritora. Su último libro, Cada noche, cada noche (Siruela, 2016). 
 
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