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Los diablos azules

¿Por qué los buenos nunca ganan?

  • ¿Cómo consiguen los privilegiados, que son minoría social, ganar para sus ideas una mayoría política? Las izquierdas han preferido regañar y repartir culpas antes que plantearse seriamente esta pregunta
  • En su prólogo el dirigente de Podemos señala las claves de La superioridad moral de la izquierda, el último libro del politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca

Íñigo Errejón Publicada 23/03/2018 a las 06:00 Actualizada 22/03/2018 a las 12:56    
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Manifestantes contra la denominada

Manifestantes contra la denominada ley mordaza y por la subida de las pensiones, el pasado sábado en Madrid.

EFE
Este texto forma parte del prólogo escrito para el libro de Ignacio Sánchez-Cuenca, La superioridad moral de la izquierda (Colección Contexto, Lengua de Trapo, 2018).
__________________________


Dos son los objetivos que el autor se marca en este ensayo. En primer lugar, demostrar mediante una incursión en la filosofía política por qué las ideas de la izquierda son moralmente superiores —preferibles— a las de la derecha. En segundo lugar, por qué esa superioridad moral produce en la izquierda efectos secundarios negativos como una inflación del sectarismo, una tendencia a la división o al ensimismamiento, y una incapacidad trágica para la victoria.


Y es que seguramente el rasgo más distintivo de quienes se reivindican de izquierdas es la cantidad de tiempo, energías y salud que gastan en definirse, reivindicarse y batallar con otros por el título. La izquierda podría así definirse como aquel colectivo que fundamentalmente discute sobre la izquierda. Es muy probable que las personas progresistas guarden con eso que se llama la izquierda una relación paradójica: están bastante orgullosos de sus valores y al mismo tiempo viven en una insatisfacción permanente con los actores políticos que deberían convertirlos en transformaciones del presente.


Sin que sea su objetivo declarado, el libro nos coloca a las puertas de la que puede ser la pregunta fundamental del pensamiento emancipador: ¿por qué los buenos no ganan (casi) nunca? ¿Cómo consiguen los privilegiados, que son minoría social, ganar para sus ideas una mayoría política? Las izquierdas generalmente han preferido regañar y repartir culpas antes que plantearse seriamente estas preguntas. Así, han tachado de falsa conciencia a identidades políticas duraderas y de efectos muy reales, se quejan de los medios de comunicación, de traiciones de sus vecinos y, más a menudo aún, de su propio pueblo por no parecerse a los pueblos que salen en los manuales. Esta es la cuestión que me parece más urgente y a la que por tanto le dedicaré una reflexión específica.

  La izquierda, precisamente por sentirse portadora de ideales universales y moralmente superiores, a menudo da la verdad por constituida, de tal manera que la tarea de la política revolucionaria sería proclamarla o revelarla. En otros casos, la verdad debe ser hallada o averiguada, a partir de lo cual tendrá efectos imparables. No estamos ante una cuestión solo filosófica, sino directamente política. De este esquema se desprenden al menos tres consecuencias que tienen un peso decisivo en la historia de la izquierda.

En primer lugar, una frecuente disociación entre el peso real que un actor político tiene y la grandilocuencia y a veces soberbia de sus posicionamientos públicos. Como las izquierdas poseen la verdad antes y con independencia de que esta se comparta mayoritariamente en su sociedad —y la poseen o aspiran a alcanzarla por su conocimiento de la economía, de las leyes de la historia o por la calidad de sus valores— la prueba del efecto real que sus ideas producen no le afecta o, al menos, no es un dato principal. Así que uno puede caminar y hablar como Napoleón sin que para ello sea necesario haber ganado una sola batalla ni tan siquiera disponer de un ejército. Una cultura política en la que el peso de los argumentos no depende directamente de su capacidad probada para incidir en la realidad, para alterar el equilibrio de poder en beneficio de los cualquiera es, como se entiende fácilmente, una cultura política con una relación cuando menos conflictiva con la victoria. Nada lo puede representar mejor que el famoso axioma de Mao Zedong: "Una minoría en la línea correcta revolucionaria ya no es una minoría". Se podrá objetar que Mao sí conquistó y ejerció el poder, pero no lo hizo en un escenario de pluralismo político. Esto nos permite conectar con la segunda consecuencia política.

En segundo lugar, de este esquema se desprende una considerable rigidez a la hora de llegar a acuerdos y compromisos o a adaptarse a situaciones cambiantes. Con la verdad no es lícito transaccionar ni ser flexible: la verdad se realiza. Este moralismo ha dado lugar a que la historia de la izquierda, por bellas que sean sus ideas, sea también un largo camino de sectarismo y purgas. Si la verdad preexiste a la política, esta tiene dificultades para encajar el pluralismo o el disenso. Más allá de sus implicaciones éticas, la primera víctima del estrechamiento del pluralismo, el disenso o el pensamiento libre es el talento. La competencia y deliberación entre las mejores ideas y cuadros se sustituye por la lealtad y el terrible oficio de posicionarse siempre del lado que sopla el viento. Esto convierte a los actores o regímenes políticos en fábricas de mediocridad y, a la postre, de derrota.
En último lugar, si la verdad antecede a la disputa política, si los intereses de cada cual o de los grupos sociales dependen —por ejemplo— de su posición en el sistema productivo, la tarea principal no es conformar los bandos, generar agrupaciones en un sentido u otro, articular la voluntad general de la sociedad que determine una distribución más equitativa y sostenible de poder, reconocimiento y riqueza; la tarea sería, por el contrario, investigar y después desvelar esos "auténticos intereses", romper todos los velos que los ocultan, que engañan a las masas y les producen "falsa conciencia"... o al menos ser coherentes y resistentes hasta que el paso del tiempo, la crisis terminal del capitalismo o la vileza de los adversarios acaben por hacer caer todas las máscaras. En eso las corrientes más burdas de la izquierda entroncan con un cierto milenarismo y confianza del advenimiento del gran día. Si uno entiende la política como la realización de una verdad ya constituida, puede contentarse con proclamarla con la suficiente contundencia o sofisticación según la escuela; si uno, por el contrario, entiende la política como la construcción de verdades compartidas en un sentido común y condiciones dadas, que no se eligen, necesariamente debe esforzarse en una batalla cultural, estética e intelectual por la hegemonía: por la construcción de voluntad colectiva sabiendo que esto es una pugna cotidiana, nunca definitiva y cambiante.

Curiosamente, la mayor carga moral de la izquierda la ha distanciado de las mejores lecturas de Gramsci. Mientras, la derecha, quizás por una flexibilidad más cínica, ha entendido mejor en las últimas décadas la necesidad de elegir las batallas y de concentrarse en la disputa por el sentido común y por la primacía simbólica: ser quien dicta los nombres y reparte las posiciones. Así convierte con frecuencia los intereses de la minoría privilegiada en interés general. Esto no es una mentira o un engaño, porque ese interés general no existe en ningún sitio esperando a ser revelado: es una victoria política.

De esta crítica no cabe deducir, en modo alguno, un llamamiento a abjurar de los principios o a un relativismo moral según el cual no es distinguible lo bueno o lo justo de lo malo o lo injusto. Nada de eso. Pero es importante recordar que las verdades morales, de carácter en todo caso subjetivo, sólo se convierten en verdades políticas mediante una disputa cultural por convertirlas en las verdades de su tiempo. Tal es así que necesitamos aplicar lo que Gayatri Spivak, teórica india de la subalternidad, llama "esencialismo estratégico": ser fiel a unos valores trascendentes como si fuesen verdades atemporales, asumiendo inmediatamente a continuación que esas verdades deben ser políticamente construidas. Porque cuando las fuerzas progresistas olvidan los valores trascendentes, ese inmenso caudal moral que hace que tanta gente se deje la vida por objetivos que no sabe si se cumplirán, pierden su principal combustible, el que ha nutrido una suerte de religión laica, una comunidad de creencias, afectos y emociones por la que los cualquiera han logrado, de forma muy costosa, avanzando muy poco con mucha inversión de energía —como en una dinamo estropeada—, producir sociedades y vidas mejores. Esto es lo que le ha pasado, como diagnostica bien el autor, a una socialdemocracia que se ha olvidado de disputar la concepción ética del mundo a las fuerzas conservadoras o reaccionarias y hoy se marchita o se contenta con aguantar. Y a la inversa, cuando las izquierdas se han entregado solamente a la trascendencia, a la satisfacción de poseer verdades preexistentes a la voluntad humana, ha sido alternativamente una fábrica de posiciones minoritarias —a la espera de que el pueblo descubriese la verdad— o de experiencias dictatoriales —empeñadas en amoldar el pueblo realmente existente a esa Verdad preexistente—.

Un pensamiento emancipador, radicalmente democrático y con clara voluntad de victoria, debería ser por tanto aquel que se fije como principal objetivo construir pueblo, combinando lo que Max Weber llamaba la ética de las convicciones y la ética de la responsabilidad. Para la primera, importa solo aplicar los principios morales, sin que sean relevantes las circunstancias o efectos de su aplicación. Cualquier desviación es ilícita y las acciones se justifican por su no desviación del ideal puro. Para la segunda, la ética de la responsabilidad, la clave son las consecuencias de la aplicación de los principios morales, sus efectos. Es una lógica que se obliga a tratar con la imperfección, con las contradicciones y con los grises de la realidad que nos es dada, y que juzga las ideas por sus efectos y no por su pureza.

Maquiavelo nos enseñó que detrás de la política sí hay principios morales, inevitable y afortunadamente, pero que no hay nada más irresponsable que escudarse en la belleza de estos para desentenderse de sus consecuencias, que la política y la moral tienen lógicas diferentes que, en todo caso y con dificultades, el príncipe puede querer hacer converger. La buena política debería ser aquella que se haga cargo del necesario equilibrio entre la lógica de los valores morales y la lógica de su construcción política en la batalla por conformar un nosotros y marcar un horizonte del que no puedan sustraerse ni los adversarios.

*Íñigo Errejón es secretario de Análisis estratégico y cambio político de Podemos y diputado por Madrid.
 
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21 Comentarios
  • @tierry_precioso @tierry_precioso 02/04/18 15:02

    Bueno he terminado.
    Entiendo que Errejon propone una vía "equilibrada". Le era difícil proponer otra cosa. No conozco a Gayatri Spivak. En una columna he leido que Gramsci quería dotar de "alma" al materialismo histórico. Básicamente no empezaría la historia con bueno y malo. En 1933 Sartre daba clase en la universidad de Berlin y no le preocupó para nada la llegada de Hitler al poder. Siguió en su puesto Raymond Aron que seguramente por su condición de judío sî vio enseguida el peligro de Hitler.
    Por ser de izquierda era Sartre bueno? Bueno yo creo que sî que humanamente era bueno pero en cuanto a política fue una catástrofe las mâs veces.
    Era Aron por ser de "no izquierda" malo? No yo creo que era bien intencionado.
    Veo dos cosas.
    Una que vivimos en el capitalismo y que cada uno es libre de vender o regalar la bicicleta que ya no usa. Con eso quiero decir que el capitalismo lo pedaleamos nosotros cada dîa con infinidades de pequeñas decisiones.
    Dos, que la gente de Derecha es mi contrincante pero no son el diablo. Ya sé que no va a gustar a muchos pero no hay que diabolizar a la Derecha. A veces hemos sido peores que ella.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 02/04/18 14:35

    Estoy en el segundo lugar.

    Aunque es muy conocido es importante lo que el autor recuerda. Es el famoso leninismo, sube quien no hace sombra o discute al jefe y es una catástrofe.
    Soy poco teórico pero señalo que para mi un movimiento de izquierda que ha tenido éxito fue el movimiento de independencia de las 13 provincias respecto a Inglaterra. No me refiero a lo que siguió con los esclavos etc...

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 02/04/18 14:21

    Estoy en el primer lugar.
    Hago notar que a dîa de hoy si se evalúa las poblaciones de China y de Taiwan hay una diferencia de riqueza por habitante enorme en China mientras que Taiwan que tiene una riqueza mucho mejor repartida aparece casi social-demócrata.
    Fue Mao Zedong bueno? Como hubiera sido China con el Kuomintang? Señalo Simón Leys un autor belga especializado en China como posiblemente muy interesante. Nunca lo leî. Empecé mi actividad libresca con cierta asiduidad hace solo doce meses.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 02/04/18 09:53

    Acabo de ver Lorena Ruiz-Huerta en Los Desayunos. Se ve que teme que la ejecutiva apoye a un candidato, eso sî dice que quiere mucho a la ejecutiva y se llena la boca durante cinco minutos de pluralidad, del espíritu del 15M, de confluencia y demâs... Pero cuando se le pregunta si es candidata para presidir la Comunidad de Madrid habla tres minutos para decir que la respuesta es tan complicada que no ella se puede decantar (honestamente por supuesto) ahora mismo. No sé si Ruiz-Huerta chupa del bote pero yo no le compraría una bicicleta. No digo ya un coche.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 02/04/18 09:49

    Acabo de ver Lorena Ruiz-Huerta en Los Desayunos. Se ve que teme que la ejecutiva apoye a un candidato, eso sî dice que quiere mucho a la ejecutiva y se llena la boca durante cinco minutos de pluralidad, del espíritu del 15M, de confluencia y demâs... Pero cuando se le pregunta si es candidata habla tres minutos para decir la respuesta es tan complicada que no se puede decantarse (honestamente por supuesto) ahora mismo. No sé si Ruiz-Huerta chupa del bote pero yo no le compraría una bicicleta. No digo ya un coche.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 29/03/18 08:05

    Porque los "buenos" son buenos de risa y chupan del bote como el que mâs.

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  • noencaja noencaja 25/03/18 12:43

    Buen artículo. Mi objeción al planteamiento de Errejon ya la hace el propio Errejon. La lucha por la hegemonía puede terminar fagocitando al impulso emancipador en el camino. Que le pregunten al PSOE. Creo que también hace falta coraje político para arriesgar. Las únicas revoluciones de las últimas décadas son las que hace la derecha. Se atreve a hacerlas y luego sindicatos y partidos de izquierda se conforman con recuperar un poco de lo arrebatado. Y de esta forma vamos retrocediendo década tras década.

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  • schopenhauer vive schopenhauer vive 25/03/18 11:40

    El comentario anterior quedó incompleto porque no formulé las causas que hacen difícil el debate en la izquierda. Y ahora lo completo. Quienes disputan el liderazgo en apoyo de la razón lo hacen a impulsos de la voluntad. El resultado es que el egoismo y la fuerza determinan los resultados, y en consecuencia a los líderes. Así la esperanzadora Revolución Rusa llevó al liderazgo a Stalin en quien la voluntad se impuso a la razón que le guiaba. Solamente la razón impulsada por la razón posibilita la unidad y el triunfo de la izquierda.

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  • schopenhauer vive schopenhauer vive 24/03/18 20:54

    La razón es el fundamento del análisis de I. Errejón, pero que no tiene en cuenta la voluntad irracional y ciega que impulsa la vida. El mundo es voluntad y representación, afirma Schopenhauer. El mundo es la representación que de él construye el cerebro, la voluntad el afán, el querer ser que es origen y motor del mundo. Esta fue la principal aportación de Schopenhauer al pensamiento de Kant, de quien fue admirador y al que califica de divino.
    El que cada cerebro construya su representación del mundo es origen del egoísmo. La voluntad, encarnada en el yo volente, exige al ser vivo mantenerse vivo y reproducirse; para cada una de estas exigencias es la fuerza el principio rector. y el dolor, es decir el aviso, es positivo a estos fines.
    Frente a las exigencias de la voluntad, la razón (conocimiento) propone la solidaridad, la democracia y la compasión.
    Si este imperfecto e incompleto esquema se aplica a las ideologias resultaría, que la razón es la guía principal de la izquierda, y la voluntad de la derecha, que ha creado el dinero como expresión de adicional de la fuerza.
    El pensamiento de Schopenhauer , silenciado e ignorado durante mas de doscientos añospor el poder civil y religioso, sigue vivo y creo que puede aportar mucho en la crisis de la modernidad en que estamos inmersos.
    Como apostilla y para quienes tengan interés le citaré el libro de Ana Isabel Rábade Obradó: Conciencia y Dolor, Schopenhauer y la Crisis de la Modernidad.

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  • Max Inclán Max Inclán 24/03/18 17:11

    Parte 2:.... Ampliando más el círculo, a nivel Europeo y probablemente Occidental, hay una correa de transmisión de las ideas conservadoras o reaccionarias y aquí encuentra base en nuestro reciente pasado y en la somera democracia adoptada in extremis por nuestra clase conservadora y empresarial, que reculan en cuanto pueden para hacer negocios con el poder saltándose a la torera la sacrosanta competencia liberal por poner un ejemplo cercano y diario. Otras empresas menores son perjudicadas y en resumen deviene en ineficiencia, despilfarro, mordidas, rescates públicos, aumento del déficit del estado, imposibilidad de responder a las obligaciones en sanidad, educación, pensiones, etc ( por ese orden). Así que hay que saber el tipo se sociedad que somos porque el cambio que venga o no, habrá de ser adoptado mayoritariamente por ella. Más allá de las élites intelectuales de izquierda y sus buenas intenciones. Algo a lo que apunta Iñigo Errejón. Saludos.

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