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Los libros

Nolan líquido

  • Diez películas y menos de 50 años quizás no basten para que un director sea objeto de estudio. Pero, como aprecia Abad, Nolan merece este miramiento
  • La lectura de su obra que hace el autor parte de una premisa: todo arte ha de entenderse en su contexto histórico, pues es testimonio de su época

Publicada 06/04/2018 a las 06:00 Actualizada 05/04/2018 a las 17:59    
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Christopher Nolan
José Abad

Cátedra
Madrid

2017

Pudiese parecer que diez películas dirigidas y menos de cincuenta años no es suficiente equipaje para que un director sea objeto de estudio. Es cierto que hubo directores de carrera más corta, pero fue el tiempo el que puso las obras en su lugar y los estudios en las bibliotecas. Sin embargo, como bien ha apreciado José Abad en su último libro publicado por Cátedra, Christopher Nolan bien merece este miramiento.


No solo porque la obra cinematográfica de Nolan haya puesto patas arriba el arte de contar historias, a través de la luz, en las últimas dos décadas sino porque la lectura que hace el autor de la obra nolaniana parte de una premisa fundamental: todo arte ha de entenderse en su contexto histórico, pues es testimonio de su época. La obra del londinense lo es, trate sobre superhéroes, sobre enfrentamientos entre ilusionistas a finales del siglo XIX o futuros cercanos y apocalípticos. Abad toma como línea argumental el descubrimiento del rastro de las reflexiones de Zygmunt Bauman en la obra de Nolan, o mejor explicado: hace una interpretación de la obra de Nolan conforme a los postulados del filósofo polaco. Lo hace a partir de la metáfora de la modernidad líquida (la sociedad líquida, el amor liquido) por la cual las sociedades occidentales contemporáneas se fundan en el capitalismo extendido y globalizado, la privatización del servicio público, la extraordinaria revolución de la información, la tecnología  y la comunicación, y en definitiva el profundo cambio en las relaciones sociales que arrumban al ser humano fuera de la colectividad e inserto en su yo mismo. Otros dirán posmodernidad, aquí diremos liquidez.

El hallazgo da visión formal y profunda al repaso histórico de la obra cinematográfica del cineasta londinense que hace Abad. Nolan es un autor que nunca tuvo propensión al cine independiente y siempre tuvo claro que era en el mainstream donde conseguiría llegar a una mayoría de público. Es una opción que conlleva establecerse en los grandes presupuestos, en el huracán y desprecio crítico, en la difícil convivencia con las estrellas cinematográficas y en un entusiasmo contenido por las historias que pueden chirriar en las mentes biempensantes de las grandes compañías cinematográficas.

Nolan ha conseguido sobrevivir en ese mundo con una asombrosa naturalidad. No ha necesitado una formación indie, una concesión de sus principios ni una escalada hacia el éxito agarrado a las mamas de otros directores triunfantes. Prácticamente el éxito le llegó solo y sin eximirse de la experimentación narrativa y temática. Quizá la claridad de ideas y sobre el lugar que el cine ocupa en la cultura popular, quizá la crianza en el imaginario del cine de los ochenta (Spielberg, Lucas) sin desprenderse de los grandes clásicos y del cine más intelectual, hacen de Nolan el primer director absolutamente líquido del panorama cinematográfico. El libro de Abad es más que oportuno y a estas alturas se hace necesario. Es un buen momento para reflexionar sobre las realidades artísticas actuales en muchos más caracteres que el titular y el artículo periodístico o crítico sobre la obra en marcha de un autor trascendental.

Su trabajo (hasta el momento presente) se puede dividir en cuatro grandes bloques, con uno de ellos recientemente inaugurado. En su primera serie de películas abunda la experimentación con el thriller, fase representada sobre todo por Memento (2000) y su estructura descoyuntada, y Insomnia (2002) paradigma del extrañamiento (y extrañeidad, adiciona Abad conforme a Augé). Posteriormente, y para sorpresa de muchos críticos que tenían la esperanza en que la carrera de Nolan se dejaría llevar por una poética al borde, el director de Londres –conocedor ya de las trampas de Hollywood— aceptará embarcarse en la aventura de restituir a Batman con su poderosa trilogía del caballero oscuro (Batman Begins en 2002; The Dark Knight en 2008; y The Dark Knight Rises en 2012). José Abad, en el capítulo que dedica al hombre murciélago, repasa a conciencia la historia cinematográfica de los adalides de DC Cómics, devenida casi siempre al rebufo del impulso de Marvel, a pesar de que Superman y Batman fuesen pioneros en la extensión de la historieta al audiovisual. Pero esta opción de Nolan, atreverse con una visión de Batman que hiciese compatible un discurso propio, humano y a la vez espectacular, no se trata de una sencilla opción alimenticia. Hay mucho más detrás del caballero oscuro, como nos hace descubrir Abad, tal y como lo hay –y habrá con mayor o menor suerte— detrás de la saga que coloca a Superman como el hombre de acero, en esta misma década nuestra, y que el trabajo de productor de Nolan puso en manos de Zack Snyder (el atrevido reintérprete del cómic en 300 y Watchmen) con Man of Steel (2013) y Batman v Superman (2016).

Entre medias, mientras Nolan se embarcaba en la restitución de Bruce Wayne –y del Joker—, no descuidó en absoluto sus otras preocupaciones: películas a las que las productoras no podían negar su financiación, aunque sus argumentos fuesen arriesgados (a veces menos de lo que podría exprimirse de ellos) y en cualquier otro momento, o a propuesta de cualquier otro director habrían dormido para siempre en los cajones de las mesas de los despachos de los grandes productores. Intercaladas con las obras sobre Batman, Nolan nos ofreció The Prestige (2006), Inception (2010) y Interstellar (2014), obras que se acercan a la maestría y donde el director muestra tanto su interés por el simulacro de la realidad, la ficción, el sueño y la interpretación del mundo como por la flaqueza humana, el tesón colectivo y el desempeño individualista.

La historia continúa, y con seguridad Abad deberá revisitar su monografía dentro de diez años si Nolan persiste en su ritmo creativo. La última aventura del cineasta (Dunkirk, estrenada hace pocos meses) abunda en la interpretación de los anhelos humanos a través de la guerra estableciendo en su narrativa un interesante puzle de tiempo y espacio tomando como motivo uno de los orgullosos momentos heroicos de la historia de su país. Aunque no sea tanto patriotismo como reflexión ante la violencia, muerte y destrucción. Última entrega para una sólida carrera que explora lo líquido. Vean a Nolan y lean a Abad.

*Alfonso Salazar es escritor. 

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