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El rincón de los lectores

El arte de la no-novela

  • En Una novela criminal, Jorge Volpi hace de un abigarrado legajo judicial, una extraordinaria obra de arte, uno de sus mejores libros
  • El principio moral de la primera versión del libro era que no habría una pizca de imaginación, pues ella pervertiría “la verdad” de lo ocurrido

Eloy Urroz Publicada 13/04/2018 a las 06:00 Actualizada 12/04/2018 a las 16:57    
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Fotografía de archivo del escritor mexicano Jorge Volpi.

El escritor mexicano Jorge Volpi.

EFE
¿Una novela criminal, de Jorge Volpi, Premio Alfaguara 2018, es una novela? Esta es, entre sus muchas virtudes, una de la más inquietantes. Su autor no sólo cuenta una historia trepidante y real, sino que nos arroja esta pregunta desde la primera línea. Volpi se ha dado a la tarea —acaso como en ningún otro de sus libros— de difumar los géneros, de hacer que la novela se convierta en otra cosa. Si lo había esbozado en A pesar del oscuro silencio (1992), luego en El temperamento melancólico (1996) y La tejedora de sombras (2012), aquí lleva el intento a sus últimas consecuencias: nada será ficticio, todo será verdadero.

Tuve la suerte de leer una primera versión de Una novela criminal antes de que fuera publicada. De sus 800 páginas, Volpi la redujo a 500. Conforme la leía, me asaltaban problemas de verosimilitud. Yo se los hacía saber, y Jorge me respondía que eso exactamente había ocurrido en la realidad y que nada en su novela (ni los chismes de Estado o el perfume que usó alguna de las protagonistas) se lo había inventado; incluso los detalles más nimios estaban basados en los hechos, tal y como acontecieron.

No importa contar con detalle el intríngulis del libro, sólo decir que estamos ante la historia de un secuestro aparentemente perpetrado por Israel Vallarta y su novia francesa, Florence Cassez. El 9 de diciembre de 2005, un noticiero mexicano transmitió en vivo el rescate de tres víctimas a las afueras de la ciudad de México. Sí, un secuestro más, pero eso, de cierta forma, es casi lo de menos. Lo que importa es el montaje televisivo, la fabricación de los hechos, el entramado policiaco, la tortura, la corrupción política, las mentiras en las que se basa todo el sistema judicial mexicano, los cuales Volpi, obseso, desmantela con meticuloisidad. Está en juego, incluso, todo lo demás, todo lo que desencadena este episodio y termina con en el rompimiento de relaciones diplomáticas entre Francia y México en el 2010, pero, aun más importante, se halla el deseo —o necesidad— que Jorge tiene por escribir este libro más de diez años después de ocurridos los acontecimientos.

Todo eso es, pues, lo que este secuestro (o montaje de rescate) desencadena. En el caso de Volpi, catapulta su desembozado odio hacia el país que ama. Sí, porque sólo odiamos lo que amamos. Jorge desmenuza, despanzurra a México, lo que, ya de cierta forma, había hecho en su libro anterior, Examen de mi padre (2017). En este último, Volpi destaza en once partes su país y, a partir de cada órgano, vivisecciona un miembro o extremidad podrida del cuerpo (México). En Una novela criminal lleva su alegato a sus últimas consecuencias: dice la verdad, quiere contar ésta a cualquier precio, lo que, dicho sea de paso, no deja de ser una enorme paradoja tratándose del autor de En busca de Klingsor, libro cuyo axioma es el de que la Verdad nunca existe, sino que ésta se va a ver modificada según la perspectiva del espectador (the eye of the beholder).

En Una novela criminal acaece lo contrario: su autor nos plantea una historia, selecciona sus materiales (extraídos de entre más de 10.000 folios de expedientes judiciales a los que tuvo acceso), los desmenuza y luego los concatena con maestría. Pero, por encima de todo, los narra, les da forma de novela. ¿Basta, pues, tener forma de novela para que esta lo sea? E ¿importa que lo sea? Si, como Vargas Llosa ha escrito, “orden y sintaxis” es el arte de la novela, entonces Volpi ha escrito una. Pero si, como el mismo Vargas Llosa ha dicho en otra parte, el “elemento añadido” es indispensable para la creación de una obra de ficción, entonces la de Volpi no lo es. Ese mentado “elemento añadido” es lo que el escritor (cualquiera) suplementa a una historia “real”, lo cual no es otra cosa que la imaginación.

En la primera versión de Una novela criminal —titulada Otra verdad que la nuestra— no la había. Es más, su estética, su principio moral (su exigencia), era que no habría una pizca de imaginación, pues ella pervertiría “la verdad” de lo ocurrido. Así me lo hizo saber Jorge y así leí la primera versión de su libro. Volpi deshumanizó el texto ex profeso. Nada ni nadie contaba la historia. La historia se contaba sola y el narrador no tomaba partido, no profería una opinión. He aquí, sin embargo, uno de los principales problemas de esa primera versión, como digo. Por ejemplo, ¿quién entrevistaba a los muchos protagonistas que aparecen citados con sus nombres reales y apellidos? En la versión original, las entrevistas simplemente ocurrían. Esto no podía ser. Se lo dije así a Jorge. Alguien debía ser el entrevistador, y ¿quién más, si no él, ese demiurgo pretendidamente inexistente?

En la versión que hoy conocemos, Jorge humanizó la narración, se inmiscuyó en el texto (limitadamente). Por ejemplo, al arranque de la tercera parte titulada “Un asunto de Estado”, Volpi (o ese narrador testigo del mismo nombre) enumera una larga lista de lo que sabe y no sabe, siempre en primera persona. Dice, por ejemplo: “Sé que, el día anterior a que Valeria fuera secuestrada, Israel estaba en Guadalajara. Sé que, cuando Valeria fue secuestrada, el Volvo gris plata de Israel estaba en un taller mecánico…”, etc. Volpi elige a ratos ese tono acusatorio del J’accuse de Zola, o bien se permite imaginar lo que esas lagunas históricas y cronológicas no nos permiten saber. Dirá, por ejemplo: “Imagino al mando policiaco que tuvo la brillante idea de realizar este video…”. Es decir, ahora es él quien viaja, opina y hace las entrevistas en carne y hueso. Es él también quien no tiene otro remedio que “imaginar” cuando no conoce las respuestas. No podía ser de otra manera. Esta elección, aunque rompía su propia estética —la de no involucrarse ni unas sola vez, la de contar los hechos tal y como fueron sin una sola intromisión—, dotaba a la novela, no obstante, de una carnalidad y exuberancia que, en mi opinión, carecía en su primera (más larga) versión. En pocas palabras: Jorge hizo de un abigarrado legajo judicial, una extraordinaria obra de arte, una no-novela, uno de sus mejores libros.

*Eloy Urroz es poeta y profesor de literatura. Su último libro, La familia interrumpida (Nocturna, 2016). 

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