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Los diablos azules

Demasiado tarde, demasiado pronto

  • La trilogía apela a la experiencia de quienes no se sienten representados en el relato altisonante de la Transición ni hacen suya la nostalgia inducida
  • El protagonista pertenece al primer estrato de ese 60% de la población actual que, por edad, no tuvo ocasión de votar la actual Constitución 

José Manuel Benítez Ariza
Publicada el 11/05/2018 a las 06:00 Actualizada el 10/05/2018 a las 15:06
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Publicamos la nota previa a la compilación de las  novelas que forman Trilogía de la Transición, de José Manuel Benítez Ariza, publicada por Dalya en 2018. El 11 de mayo a las 20h la presenta en la librería Sin Tarima (calle Magdalena, 32), junto a Andrés Trapiello.
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Trilogía de la Transición
fue la denominación informal o nombre de taller con el que di en referirme al conjunto de narraciones que componen esta novela triple, publicadas respectivamente como novelas exentas en 2009, 2010 y 2011. Aquel título informal para denominar lo que no lo tenía trascendió a algunas reseñas e incluso a algún faldón publicitario, de tal modo que ahora, cuando quizá me sería útil encontrar uno mejor para la totalidad, no se me ocurre otro.


No negaré, de todos modos, que este título sobrevenido no me disgusta: es aliterativo,  al modo en que lo son muchos títulos ingleses —Nicholas Nickleby de Dickens, por ejemplo— y hace referencia a la amalgama que une las tres historias, al hecho de estar trazadas como en claroscuro sobre un fondo histórico reconocible.


Cuando se hace mención de la Historia en referencia a una novela, siento de inmediato el impulso de ponerme en guardia. No tengo nada contra la "novela histórica" como tal, pero huyo de ella, como huyo también de las películas en las que los actores han de ir disfrazados con casaca y peluquín. Es un prejuicio, lo sé, pero también un modo de obedecer a mi propia intuición de cuáles son los resortes que me mueven a escribir. Al impulso general de contar historias, que es lo que debe animar a cualquier novelista que se precie, quisiera yo añadir el matiz de que las historias que a mí me interesa contar obedecen al prurito de poner en orden toda esa confusa mezcla de recuerdos, referencias y vago sentido de identificación con una época que nos permite reconocernos y explicarnos: en qué medida ese conjunto de rasgos por los que llegamos a identificar un periodo de tiempo particular son perceptibles e incluso reconocibles por quienes lo han vivido; o si, por el contrario, somos sólo meros espectadores distantes e inconscientes de todo eso que los historiadores del futuro decidirán que caracterizó nuestro tiempo.

  Hay por ello también una cierta ironía en el hecho de llamar a esta triple novela Trilogía de la Transición. En los distintos episodios que la componen, cierto, los rasgos generales del momento histórico parecen tener algún peso en determinadas actuaciones de Juanma, el protagonista. Pero no hay que olvidar que éste, por edad, por razones de crianza y origen e igualmente por cierto difuso individualismo muy de época también, actúa casi siempre como una figura despegada del telón de fondo sobre el que ha de moverse. Sus intereses, como se verá, están mucho más apegados a lo inmediato. Juanma no lo sabía aún, pero pertenecía ya al primer estrato de ese sesenta por ciento de la población actual —y el dato es de hoy mismo, noviembre de 2017, cuando reviso estos textos para su primera edición unitaria— que no tuvo ocasión de votar la actual Constitución, aprobada en referéndum en 1978, el año en cuyas semanas finales transcurre el argumento de Vida nueva, el episodio central de esta Trilogía. De todos esos involuntarios excluidos de un consenso que todavía hoy se considera vigente, unos lo fueron por no haber nacido aún y otros, como es el caso de nuestro personaje, por no haber cumplido los dieciocho años que una disposición legal aprobada muy poco antes de la celebración del referéndum establecía como edad mínima para votar.

No es que la vida cambiara de la noche a la mañana tras la celebración de aquel referéndum: en las semanas siguientes, e incluso en los meses posteriores —por no hablar de efectos a más largo plazo—, muchas inercias que tenían su origen en el periodo anterior persistieron e incluso tuvieron graves consecuencias: lo que se cuenta en Vida nueva, que es una reelaboración de hechos reales documentados en la prensa local del momento, fue sólo un reflejo anecdótico y periférico de una situación general todavía ambigua y muy crispada por la acción indiscriminada de la violencia política. Es sólo un ejemplo, extrapolable quizá a otros hechos de los que se da cuenta en los otros episodios.

Pero mentiría si dijera que aquellas tres historias consecutivas pretendían demostrar alguna tesis o presentarse como símbolos de un sentir generalizado. Por el contrario, si algo tuvo claro su autor, era que se referían a un individuo particular y no a un arquetipo; y que su verdad era la que rige para los comportamientos individuales, y no la lógica que se quiere encontrar en las actuaciones colectivas. Estaba claro —o yo, al menos, creo que fui consciente de ello casi desde el momento mismo en el que redacté las primeras páginas de Vacaciones de invierno, el episodio inicial de mi narración— que mi mirada no iba a plegarse al tono de relato triunfal que ofrecían las crónicas más o menos institucionalizadas que los medios de comunicación han venido divulgando hasta hoy mismo: ni eso, ni tampoco la nostalgia impostada de la serie de televisión Cuéntame. Modestamente, creo que estas novelas exploraban un territorio nuevo y buscaban una perspectiva distinta. Apelaban a la experiencia personal de muchos individuos de una generación, la del protagonista, que no terminaban de sentirse representados en aquel relato altisonante ni hacían suya esa nostalgia inducida; pero que, a diferencia de quienes vinieron después, sí tienen de ese tiempo el recuerdo nítido que cabe esperar de quienes alcanzaron a vivirlo con plena conciencia, aunque fuera desde la mirada de un niño o un adolescente.

Seguramente no ha habido generación sobre la faz de la tierra que no haya pensado que llegó a esta vida demasiado tarde o demasiado pronto para según qué cosas. En eso no creo que la de Juanma —la mía— sea una excepción. Pero sí está claro que esta conciencia de asincronía —discúlpeseme el palabro— no afecta ni mucho menos a todo el mundo ni tiene los mismos rasgos en todas las épocas. De ahí que uno crea que este relato obedece a una necesidad: la de explicar un modo particular de sentirse integrante de una generación, como todas, más o menos desubicada o perdida.

No hay nada trágico en ello, por más que, en el encrespado debate político de hoy, haya quien quiera agitar la bandera generacional para rechazar un marco institucional que se considera ya sobrepasado o caduco. Pero tampoco está claro que esas nuevas banderas coyunturales ofrezcan a los muchos Juanmas que todavía sobreviven y tienen algo que decir algo parecido a una ocasión de resarcirse de esa particular conciencia de desarraigo.
Por ello, quizá, me parece oportuno que estas historias vuelvan a la luz y lo hagan en un formato que ponga en valor su esencial unidad y su pertinencia como episodios del pasado cercano de un hombre de hoy. Leídas de este modo, no son tres narraciones desconectadas, sino el planteamiento, nudo y desenlace de una sola historia de formación y crecimiento —de "transición" personal, por tanto—. Combinan, como sólo le es dado hacer a la ficción narrativa, decenas de acontecimientos tomados directamente de la realidad fielmente documentada o amorosamente recordada, pero lo hacen con el designio claro de componer un argumento en el que el autor quisiera que ninguno de sus informantes o confidentes se sintiera indiscretamente aludido, ni que ninguna de las fuentes utilizadas se viera manipulada o torcida. La verdad de la literatura es otra. Releyendo estos textos —no suelo hacerlo con mis libros ya publicados— de cara a su reedición, me ha parecido que esa verdad sigue siendo palpable y quizá incluso haya adquirido con el tiempo algún matiz nuevo de sentido.

Ofrecerlos al lector justo cuarenta años después de que ocurrieran los hechos que se cuentan en Vida nueva, su episodio central, y de que se aprobara en referéndum la actual Constitución no deja de resultar extrañamente gratificante. Cada uno celebra sus efemérides íntimas como puede y sabe. A mí me alegra hacerlo en compañía de una nueva promoción de lectores que intuyo ya más comprensivos, más cercanos o mejor predispuestos hacia una novela que podría ser, quizá, la de cualquiera de ellos.

Puerto Real, noviembre 2017
 
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