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Los diablos azules

Benjamín Prado: "Hay que volver a poner en el libro de la Historia las páginas que han sido arrancadas"

  • En la novela Los treinta apellidos, el escritor revisita el origen de algunas grandes fortunas españolas, nacidas del comercio de esclavos
  • "No se trata tanto de quitar y poner estatuas, como de saber cómo llegó a tener una estatua la persona que está representada sobre ese pedestal", reclama

Publicada el 01/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 28/02/2019 a las 20:23
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El escritor Benjamín Prado.

El escritor Benjamín Prado.

ALFAGUARA
Conversar con Benjamín Prado siempre es divertido. Como en sus novelas, es capaz de reflexionar sobre asuntos graves sin perder la sonrisa y dejar de tanto en tanto alguna broma ingeniosa, para desdramatizar, de manera que, misteriosamente, no pierda interés lo que nos está diciendo. Quizá esta sea la clave de su concepción de novela, una mezcla de reflexión crítica y gusto por el placer de contar historias que entretengan al lector. Él mismo se encarga de repetirlo en varias ocasiones durante nuestra charla, y se me ocurre que puede ser un concepto muy ligado a esa cultura pop inteligente de los ochenta, la de su generación, cuando en el ambiente cultural de este país se respiraba una mezcla prodigiosa entre diversión y conciencia social, sin que ninguna entorpeciera a la otra.

Los treinta apellidos (Alfaguara, 2018) es la última novela por el momento de la serie protagonizada por el muy particular detective, a su pesar, Juan Urbano, una especie de alter ego del propio Benjamín Prado; no en lo biográfico, pero sí por el hecho de que Urbano es un personaje tipo que resume todas las dimensiones del intelectual que le interesa al autor. Es difícil no ver en el personaje el ideario cultural, social y político del novelista, lo que, dicho sea de paso, me parece estupendo. Con eso de la autoficción, que no es autobiografía (si es que es posible ser autobiográfico sin sentir la tentación de quedar bien remontando nuestra vida, tan llena siempre de pequeñas miserias que nos abochornan, para convertirnos en personajes que solo viven en la palabra escrita), se nos está olvidando a todos que “Madame Bovary, c’est moi”… y no Lulú. Así que sobre la mezcla de aventura, erudición histórica, acción y reflexión, historia y política, literatura y compromiso, incluso con un poquito de reivindicación de los ideales de la Ilustración, ¿por que no?, estuvimos charlando en Sevilla. Aquí queda el testimonio de aquella sabrosa conversa.

Pregunta. ¿Novela testimonio o novela de tesis, qué es Los treinta apellidos?

Respuesta. Pues igual ninguna de las dos cosas. Una novela de aventuras, una novela de entretenimiento con unas gotitas de tesis, unas gotitas didácticas, si acaso, porque a mí me gustan mucho las novelas que te enseñan algo, y me gustan mucho los libros que, al escribirlos, me enseñan cosas a mí. Yo he aprendido aquí muchas cosas sobre la Cuba del siglo XIX, sobre la explotación azucarera, sobre los almacenes El Encanto, yo qué sé… sobre el origen de algunas de las grandes fortunas españolas… y, entonces, pienso que si yo estoy aprendiendo cosas al escribir, el que las lea las va a aprender también; y si yo me estoy divirtiendo, el que lea la novela también se va a divertir. Yo, dese luego, me he divertido mucho, porque creo que esta es una novela que le gusta escribir a cualquier novelista, cada uno la haría a su manera, cada uno a su modo y cada uno desde su punto de vista, pero escribir una novela de aventuras es que es muy divertido, realmente te lo pasas bomba. Quiero decir, yo escribiendo Mala gente que camina me lo pasé mal, sabía que la tenía que hacer, sabía que era mi obligación, pero con esta ¡me lo he pasado…!

P. Es verdad que esta es una novela de aventuras, pero a mí me gusta mucho el engarce que haces entre la novela popular, la literatura policiaca también, y la alta literatura. El trufado de poesía siempre por aquí y por allá, el repaso histórico…

  R. Bueno, Juan Urbano es un profesor de Literatura y como yo creo que están tan maltratadas las Humanidades en la enseñanza, creo que se comete un error tan grande permitiendo y fomentando que las alumnas y los alumnos no lean a Cervantes y no lean a Quevedo y no lean a Lope, a Góngora… es un poco un desastre todo esto, ¿no? Entonces, la modesta contribución que yo pueda hacer quizá esté en esas citas de los clásicos españoles que de pronto deja caer Juan Urbano, porque en los clásicos están todas las respuestas y están ya todas las explicaciones, y, bien elegidos y bien toreados, de alguna manera, te dan también respuestas a las cosas de ahora. Yo le tengo mucha envidia a los ingleses, que tienen esa frase de que uno no es completamente inglés hasta que no lee completamente a Shakespeare. A mí me encantaría poder decir eso con Cervantes, por lo menos, ¿no? Porque aquí se hizo un año cervantino, los últimos fastos, y a mí me invitaron a sesenta mil actos, fui a ocho o diez y a todos llegué diciendo, “Hola, yo vengo aquí en calidad de aguafiestas, porque tengo que decir que en España nadie lee a Cervantes”, nadie lee el Quijote, a los niños les dan un capítulo bajado de Internet. De alguna manera, Juan Urbano intenta demostrar que eso mola también, ¿no?, sin caer en la pedantería, pero bueno, es un profesor de Literatura, se tiene que notar.

P. Por supuesto, es un detective muy poco detective y, por otra parte, hay algo en tu novela que me produce la impresión, aunque no creo que esté calculado de tu parte, de que Juan Urbano es también un símbolo de la literatura, entendida como un salirse fuera, un lugar aparte desde el que podemos mirar a la vida y ver en ella lo que desde dentro parece que no se ve. Por ejemplo, en Los treinta apellidos, la mirada novelesca nos plantea que hoy aún persiste ese conflicto no resuelto en la sociedad con la noción de justicia.

R. Sí, yo creo que un libro tiene una forma y es la de un escalón: tú te subes arriba y ves desde una perspectiva diferente las cosas, por eso toda la serie de Juan Urbano está amparada en la famosa frase de Balzac: “La novela cuenta la historia privada de los países”. Es decir, vale, hay acontecimientos históricos, hay señales en rojo, hay decisiones políticas que se tomaron en uno u otro momento, pero y ¿eso cómo se refleja en la vida de determinadas personas, de determinado lugar y en determinado momento? Eso es lo que quiere contar esta serie, de la que ya desde el principio dije que la idea no era hablar de páginas de la Historia que se han pasado, sino de páginas de la Historia que se han arrancado y que su función era volver a ponerlas otra vez en su sitio. Claro, cuando yo publiqué Mala gente que camina decían que me lo estaba inventando, y yo respondía: ¡pero si eso está publicado en los periódicos! Los niños robados en España, no. Se pensaba: eso es una cosa de los años setenta y de las dictaduras americanas del Cono Sur… Ni te digo por dónde va lo de los niños robados a estas alturas, ¿no? Esta otra página de la esclavitud, del origen ilegítimo de algunas de las grandes fortunas españolas, algunos de esos treinta grandes apellidos que mandan en España desde hace doscientos años, según dice un empresario de la actualidad, que recoge la novela y sirven para titularla… ¿de dónde vienen? Y la pregunta no es para reprochar con un “oiga, usted tiene que pedir perdón por haber tenido un tatarabuelo negrero”. No, pero por continuar con la misma táctica que el abuelo, entonces sí. Salvando las distancias, si ahora no hablamos de barcos con las bodegas llenas de seres humanos ni de personas esclavizadas a latigazos en un ingenio azucarero, sí que hablamos de niños que hoy mismo están cosiendo dieciséis horas diarias los balones con que se juega en Kiev el mundial, un trabajo por el que le pagan dos o tres céntimos de euro. Eso se llama neocolonialismo, eso se llama, como mínimo, explotación; no sé si será esclavitud, pero, como mínimo, explotación. La idea es eso que te decía… ¿Justicia? El gran fracaso de nuestra civilización es la desigualdad, además de las burradas que le hacemos a este planeta estos bichos tan raros que somos, tan inteligentemente estúpidos, que ponemos un pie en la Luna y al mismo tiempo destruimos nuestro nuestro ecosistema. Hace falta ser necios, ¿no? Es verdad que la gran asignatura pendiente es la desigualdad, porque, a pesar de todo lo que le hacemos al planeta, hoy, todavía, con lo que le sobra a alguno le podría sobrar a todos. Yo no sé si nos tiene que sobrar a todos, pero sí que tenemos que tener todos —no lo digo yo, lo dice la Constitución—: tenemos derecho a un trabajo, a una vivienda y una vida dignas… Algunos, cuando les interesa, recurren a la Constitución, ¿por qué no recurren a ella también para esto?

P.  Por otra parte, en estos tiempos de crisis de valores y de individualismo radical, neoliberalismo económico, utilización política de la justicia, etc., a veces uno piensa que habría que refundar algunas nociones fundamentales de la civilización occidental, principalmente, me parece, esa idea de justicia de la que estamos hablando.

R. O por lo menos recordarlo. Se nos ha olvidado que la razón de que esas personas a las que dejamos morir a las puertas de la culta y sofisticada Europa, a los pies de una valla llena de concertinas, están así porque nosotros hemos ido a sus países de origen, nos hemos llevado sus materias primas, los hemos esclavizado, encima les hemos dejado deuda externa y ahora los llamamos nada menos que “ilegales”, y eso es una monstruosidad. Hemos creado un mundo en el que ocurre una cosa muy rara y es que nos hemos saltado un número: existe el primer mundo y existe el tercer mundo, pero hay tanta distancia entre ellos que el segundo ni existe. En algún momento se pensó que podía ser el “paraíso comunista”, pero fíjate cómo acabó la cosa, ¿no? Hay tanta distancia entre ellos que ni siquiera hemos podido encontrar un mundo intermedio y eso lo explica prácticamente todo en mi opinión. Hemos creado un mundo en el que el único pasaporte de curso legal es la tarjeta de crédito, si la tienes, pasas, si no la tienes, concertinas.

P. Desde este último punto de vista, ¿puede decirse que Los treinta apellidos, como el resto de tu obra narrativa, en cierto modo, supone una reivindicación de la literatura comprometida?

R. Depende de a qué le llames literatura comprometida. Galdós es para mí literatura comprometida y Balzac y Stendhal. Yo reivindico mucho el concepto de entretenimiento, que se ha abaratado tanto con, por ejemplo, la televisión basura, pero yo reivindico una literatura entretenida, que le haga pasar un buen rato al lector y reivindico que eso no tiene que ver con que, por ejemplo,  las novelas tengan, además, alguna carga de profundidad, que sean novelas con un punto didáctico, con un punto, no sé si ideológico, pero sí, por lo menos, sociológico, algo así como un “vamos a saber un poco de dónde vienen las cosas”. No se trata tanto de quitar y poner estatuas, como de saber cómo llegó a tener una estatua la persona que está representada sobre ese pedestal. Para mí la clave es esa, no tanto quitarlas y fundirlas o dejarlas y ponerles flores, como saber quiénes eran exactamente los merecedores de esas estatuas, y para ello hay que volver a poner en el libro de la Historia esas páginas que, te decía antes, en mi opinión, han sido arrancadas. ¿Arrancadas por qué? Bueno, porque imagino que hay gente que no quiere mirar los momentos más oscuros de nuestra historia, porque a lo mejor allí ya estaban los apellidos que siguen estando aquí y, mucho peor que eso, siguen estando los mismos asuntos pendientes de qué es, por ejemplo, una relación comercial o de qué manera está legitimado enriquecerse, o de si, a lo mejor, no debería estarlo.

P. Cierto, pero te decía lo de la literatura comprometida, porque parece que desde hace unos años tiene mala fama, especialmente la novela de tesis y no sé si eso es del todo justo.

R. No es que te lo niegue. Tiene mala fama, sí, pero se le ha echado encima una mala fama intencionada, porque aquí se han degradado los conceptos, se han degradado las palabras y se ha convertido todo lo que nombraba cosas nobles en un algo que parece ahora que, en realidad, nombraba cosas de risa. Le decías a alguien hace veinte años que era utópico y le estabas echando un piropazo; ahora se lo dices y se parten de la risa, ¿no? Mira el utópico este y tal… Creo que hay cosas que recuperar de todo eso y pienso que una de las funciones de la literatura es  precisamente esta.

P. Pensamiento ilustrado, en el fondo, ¿no? Que era a donde quería llegar yo.

R.  Sobre todo, en un país sin Ilustración, donde conviene recuperar pedacitos de lo que pudo haber sido la Ilustración en su momento. Yo tengo la impresión, puede que personal, de que al menos los lectores de mis libros, o de los libros de Almudena Grandes, por ejemplo, creo que esto lo agradecen mucho.

P. Me interesaba esta idea, porque parece haber una especie de renacimiento en algunos autores de esta concepción ilustrada, sobre la que tú has insistido varias veces: quiero entretenimiento, pero quiero que haya una dimensión didáctica, me has dicho, quiero que la gente conozca esa otra Historia que he podido encontrar investigando, quiero que haya perspectiva crítica, aunque siempre con la condición de que el lector se lo pase bien.

R. Eso es, es un concepto absolutamente ilustrado, que me parece que aquí ha existido con cuentagotas y que está bien que ahora se esté recuperando. Como también hay que recuperar, digamos, los conceptos grandes para la literatura. Cuando Almudena presentó en Madrid su última novela, Los pacientes del doctor García, dijo que esa era una novela sobre la dignidad, sobre la memoria y sobre la capacidad venenosa del dinero, algo así. Yo creo que esas cosas es que, además, son temas muy buenos para un novelista, porque no te limitas a contar algo que puede tener una buena peripecia, estar bien argumentado o tener una estructura; que sí, que todo eso es imprescindible para que la novela no se caiga, pero todo también tiene que tener un sustrato debajo. A lo mejor los que defendemos esto es porque somos todos, no sé, al menos yo… yo soy hijo de Rafael Alberti, y Rafael me enseñó que la literatura es ese lugar de encuentro y ese foco que cae sobre la vida. A fin de cuentas, leer es escuchar por escrito, digámoslo así, y si estás escuchando algo, conviene que el que te está hablando te diga algo que te enseñe alguna cosa que no sabías antes y que, además, ponga las cartas sobre la mesa.

P. En relación con esto que te comentaba, un gran ilustrado, sin dejar de ser a la vez romántico, es Larra, que coincide contigo en ser un escritor que, además, ejercía el periodismo (para nosotros hoy “principalmente”, pero no en su tiempo) y tú tienes una muy activa labor periodística, además de la que llevas a cabo en tus obras narrativas y poéticas. ¿Hay alguna interinfluencia entre estos discursos en tu trabajo como escritor ficción?

R. Hombre, yo creo que todo trabajo con la escritura que se haga bien es un trabajo policiaco, hacer una tesis también lo es. Así que yo lo que creo es que el periodismo, el periodismo que a mí me gusta, el periodismo que nos salva de tantas cosas, a pesar de lo mal que están las empresas periodísticas, a pesar de eso, es ese que practican tantos periodistas que siguen descubriendo asuntos sobre los que se ha echado tierra. Sin periodismo no hay democracia y, en concreto, sin periodismo de investigación. Juan Urbano tiene algo de eso, tiene una parte de profesor, tiene una parte de periodista y tiene una parte de novelista, es decir, es un investigador, porque las tres cosas consisten en buscar, en investigar. Yo, los cuatro años que tardo de media en hacer una novela de este tipo me lo paso especialmente bien durante el proceso de documentación, en esa parte el detective soy yo, soy el que está buscando una revista sobre los almacenes El Encanto del siglo XIX, a ver si la encuentra de verdad, o unos reportajes en no sé qué periódicos… Hoy día todo eso es mucho más fácil, con el mundo de Internet, porque tienes acceso a los archivos digitalizados de los periódicos de aquí y de allá… Esa tarea, a mí me entusiasma, o sea, yo me lo paso bien, porque, en ese momento, el que está dentro de la novela soy yo, soy el que está encontrando y estableciendo conexiones entre una cosa y otra. Pero, ¿qué diferencia hay entre eso y estudiar unos poemas de García Lorca o una novela de Emilia Pardo Bazán? Ninguna, es lo mismo. Entonces, al final, Juan Urbano es una suma de personajes diferentes, de diferentes profesiones, pero que acaban en lo mismo. Cuando escribes novelas del tipo de las de esta serie, no te puedes limitar a contar lo mismo de otra manera, tienes que intentar descubrir algo, al menos en mi opinión. En fin, no soy Arguiñano, no doy recetas, pero yo quiero contar por primera vez cosas y para contar algo hay que estudiarlo, hay que investigar. Todo esto es parecido a hacer perfumes, tienes que reunir una cantidad ingente de información y sacar de ahí una gota aromática que, de alguna manera, dé un poco la clave de lo que era aquel tiempo, de lo cómo vivía aquella gente, de qué pasó, de dónde vienen las cosas, en novelas de cuatrocientas páginas, claro, porque si no tendrían que tener todas tres mil.

P Y, en relación con la poesía, no hay en tu obra novelística mucho contagio del Benjamín Prado poeta, ¿no?

R. Cada vez menos, porque yo creo que sí que he aprendido a separar esos dos mundos, aunque los dos son el mío, pero he aprendido que son dos discursos distintos y que, además, lo que es bueno para un género es malo para el otro y casi peor para la novela. Yo creo que es más tolerable una poesía muy narrativa que una novela muy poética.

P. ¿Es muy difícil no caer en la cursilería en una novela poética?

R. Muy difícil y, además, los caminos de la novela son otros. No se trata de embellecer las cosas, sino de contarlas hacia abajo, bajar y subir: en la literatura uno cava mucho, hace un agujero muy grande y la novela es la historia de cómo has salido de ese agujero que tú mismo cavaste, más o menos es eso, ¿no? Por lo menos en estas historias que requieren un tanto por ciento muy elevado de investigación, de análisis y, luego, lo más importante de todo, de concentración narrativa.

P. Crees que este tipo de escritura novelesca tuya, con ese encaje entre la novela de aventuras, la novela de entretenimiento, la novela popular y el ensayo histórico, la reflexión política, el interés didáctico… ¿Hay un espacio de coincidencia con las estéticas dominantes en la cultura de masas más exigente, especialmente la audiovisual, pero propia de la literatura y que no podría darse en otro discurso, o no?

R. Yo es que lo audiovisual ya no sé qué es. La televisión no sé lo que es, me he perdido totalmente, ¿no? Juan Urbano en esta novela tiene una empresa —que las hay de verdad, están en Internet— para contar biografías a la carta, ¿por qué? Porque en esta vida, todos necesitamos contar historias y que nos las cuenten, para eso nos hemos inventado la teoría y la literatura y el cine y la pintura, para poder olvidarnos durante un rato de que somos unos bichitos mortales, que nos morimos y a los que se nos mueren las personas que más queremos en este mundo y nos parece mentira el tiempo que las sobrevivimos, el hecho de que ya no estén aquí, para distraernos de eso hemos inventado la cultura, entre otras razones. Juan Urbano tiene esa empresa porque a todos nos gusta que nuestras historias se recuerden, que alguien recuerde algo de nosotros. Es nuestro único derecho al pataleo contra la muerte, por lo menos que se recuerden nuestras historias. En mi caso, por ejemplo, que me faltan mis padres ya, pues, hablo mucho de ellos, no sé si hay algún día que yo no hable de mi padre o de mi madre, siempre cuento algo de ellos, seguramente porque así me puedo consolar un poquito y pensar que, bueno, que está aquí su historia, todavía la tengo en la memoria… Pero ¿y mañana?, ¿y mis mellizos de tres años y medio que tengo ahora? No saben nada de ellos, no han conocido a sus abuelos, a mí me gustaría dejarles una historia de sus abuelos y, de hecho, es eso mismo que hace Juan Urbano con sus biografías por encargo. Por ejemplo, la historia de mi madre está contada a lo largo de toda la serie y el Sancho Panza de esta novela es la madre de Juan Urbano. A mí me gusta, además de eso, que la novela, como decía antes, sea entretenida y tal, pero no me gustan las novelas, fíjate, demasiado cinematográficas, no soy de los que hacen novelas de esas. Espero que alguien nunca pueda decir “aquí hay una película, ¡eh!”. No digo que no la haya, obviamente, de esto se puede hacer una película, cómo no, si se pudo hacer de Guerra y paz, no te cuento cómo no se va a poder de hacer de esta, que es menos compleja, ¿no?, pero no soy de los que aspira a eso. A mí me gusta mucho que a la literatura se le note que es literatura, yo soy bastante consciente de que mi Juan Urbano es un punto redicho y un punto excesivamente culto, pero es que a mí me gusta que a los personajes de novela se les note que son personajes de novela, porque a veces hay gente que ha llegado a pensar que la prosa es el habla y no tiene nada que ver. La prosa es la prosa, es un artefacto, es una construcción, es un fingimiento, el habla es otra cosa y yo quiero que eso se note, como se nota, por ejemplo, en las novelas negras. Y esto venía a cuento de lo audiovisual, hay gente que escribe novelas que, cuando las lees, parece que lo que ha escrito es una película y no es eso. Una novela es literatura y esa es una de las cosas que hacen que una novela tenga verdadero éxito, que no consiste en vender treinta mil ejemplares ahora, sino que los siga vendiendo dentro de veinte años. Para mí el éxito verdaderamente literario es ese, eso se va a conseguir si la literatura es, para empezar, una conquista del lenguaje, si los personajes se mantienen con el tiempo. ¿Para qué tienen que ser sostenibles en el tiempo? Hombre, a mí mucha gente me ha preguntado sobre esta novela: “¿Qué familias concretas…?”. Y respondo, no, si no es eso, un personaje literario es una muñeca rusa, donde vas metiendo a todos los que representan, de alguna manera, ese tipo de comportamiento, en determinado lugar, en determinado momento y en la defensa de determinados intereses y haces con ellos, uno que los simboliza a todos. Si se pareciera solo a uno en concreto sería mucho peor. Yo de nada me arrepiento tanto, como escritor, como de la broma de haber llamado a uno de los protagonistas de mi novela anterior Martín Duque, nunca debí haberlo hecho, porque todo el mundo veía a Mario Conde, y no era solo Mario Conde, quería ser una maqueta de todos aquellos personajes de la llamada España del pelotazo. Fue un error gastar esa broma, pero “lo siento, no volverá a ocurrir”.

Y así, de borbónicas maneras, nos regalaba Benjamín Prado la broma de despedida, para que echemos unas risas después de pensar, pensando y antes de pensar, porque la literatura, para el autor de Los treinta apellidos, es ese inteligente placer deleitoso de los clásicos, a los que nunca debimos olvidar.
______

Carlos Serrato es escritor y profesor de Literatura.

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5 Comentarios
  • j.archi j.archi 06/03/19 14:49

    La claridad y honestidad de Benjamin, ahí están y que no nos falten.-

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  • Janubio Janubio 03/03/19 15:55

    Me ha parecido encontrar ciertos puntos en común al leer esta entrevista a Benjamín Prado y la de un poco más arriba, a Jason Stanley. Lo que ambos dicen en sus respectivas entrevistas encajan bastante bien con lo que yo pienso. Del Sr. Stanley nunca había oído hablar, francamente; pero ambos libros creo que serán muy interesantes a juzgar por lo que ellos expresan en ambas conversaciones.

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  • paco arbillaga paco arbillaga 02/03/19 07:08



    A los treinta apellidos de toda la vida habría que añadir el de «Puertas Giratorias» que parece ya arraigado en el país y que muestra tener bastante poder y atractivo. Habrá que leer el libro de Benjamín. Osasuna!

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    • paco arbillaga paco arbillaga 04/03/19 20:20


      Me ha gustado este párrafo de la página 41 de la novela «Los treinta apellidos»: «Mejor conservamos lo que hubo, que es de todos, y repartimos lo que hay, que es sólo de unos pocos.» Osasuna!

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      • Benjamín Prado Benjamín Prado 05/03/19 08:39

        Muchas gracias por leerme, Paco. Cada lector es un tesoro, y más los que están con uno semana tras semana.

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