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Los diablos azules

Una aventura vital

  • Las memorias de la profesora y escritora Pilar Gómez Bedate recorren su periplo junto a Ángel Crespo huyendo de la dictadura y el moralismo
  • Para los interesados en los avatares que sufrieron los intelectuales de izquierdas durante el franquismo este libro tiene un atractivo añadido

Publicada el 15/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 14/03/2019 a las 18:36
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La vida de la profesora y escritora Pilar Gómez Bedate puede dividirse en tres etapas. De ellas, la parte central es la que comparte con Ángel Crespo, entre comienzos de los años sesenta y 1995, en que fallece el poeta. A lo largo de esos más de treinta años transcurre sobre todo el tiempo dulce al que se refiere el título de estas memorias, aunque reconoce la autora que sus recuerdos quizá no sean siempre fieles, de lo que puedo dar fe en lo que respecta a alguna de las vivencias que compartí con ambos. El conjunto se divide en 15 capítulos, a los que se añaden tres más en forma de apéndice, que casan a la perfección con el resto, aunque en “La frontera” se produzca alguna reiteración. Estos recuerdos están centrados, por tanto, en la relación que mantuvo con su marido en las ciudades en que vivieron o que visitaron juntos, con París a la cabeza, y en las experiencias privadas e intelectuales compartidas. Se rememora, por ejemplo,  un viaje amoroso a Toledo, durante los inicios de su relación.

  Los recuerdos empiezan en Brasil, en el largo viaje que realizaron en 1965 invitados por el Ministerio de Cultura Brasileño que los llevó a Río de Janeiro, Minas Gerais, Sao Paulo y Brasilia, como agradecimiento —digamos— por su trabajo de editores en la Revista de Cultura Brasileña, alentada desde la embajada de Madrid  por el poeta João Cabral de Melo Neto. Ángel Crespo tenía entonces 39 años y en aquel momento estaba trabajando en la traducción de Grande Sertão: Veredas, que Seix Barral publicaría en 1967, la ahora mítica novela de Guimarães Rosa, quien ostentaba en su país el curioso cargo de Embajador de Fronteras. En ese viaje, Pilar y Ángel entablaron también relaciones con otros escritores, como Rosa Chacel, Manuel Bandeira, Lêdo Ivo, Vinícius de Moraes, Adonias Filho, o con los hermanos Haroldo y Augusto de Campos, entre otros. Esta primera estancia en América propicia que se cuenten las aficiones de Crespo por el sincretismo, por las creencias mágicas, e incluso su curiosa fascinación por el diablo. Así, cuando Guimarães Rosa le pregunta si creía en el diablo, Crespo le contesta que a veces… (p. 39). Símbolo de su afición a estas –digamos— supercherías fue el anillo de plomo en forma de serpiente que compró en un mercado de Río y que llevaba siempre consigo. Pero, además, tanto el episodio de la visita al denominado Templo de las Musas, en Curitiba, como la anécdota sobre el intento de Guimarães Rosa de engañar al destino, algo que no logró, pues fallece al año siguiente, o lo que les ocurrió en la casa de Sintra de António Osório (la disputa nocturna entre un espíritu maléfico y el espíritu benéfico de María Valuppi, tía del dueño y a quien debía su vocación poética), son buena prueba de esa curiosidad y de su progresivo alejamiento de la educación racionalista. A estas experiencias, podría yo añadir otras que viví con ellos, de semejante sentido. El caso es que Ángel tuvo en su vida una etapa marxista y otra, más perdurable, en la que se interesó sobre todo por el mundo misterioso de las religiones y de la teología.

Pero quizá la parte central del libro sea la dedicada a los años que pasaron en Puerto Rico, un país de clima subtropical adonde llegaron en agosto de 1967, contribuyendo con su magisterio al desarrollo de la Facultad de Artes y Ciencias de Mayagüez, que visitarían como conferenciantes durante los años que permanecieron allí, o exponiendo sus obras, Robert Morris, artista minimalista fallecido recientemente, Frank Stella o Roy Lichtenstein. El caso es que Pilar había hecho su tesis doctoral sobre la poesía de Dámaso Alonso, que fue quien les consiguió el trabajo en la isla, siendo contratada como catedrática asociada, y Ángel, que había estudiado Derecho, aprovechó esos años para realizar la suya. En Mayagüez hicieron excelentes amigos que conservarían durante el resto de su vida: María Teresa Babín (su primer  marido había sido el pintor español Esteban Vicente, uno de cuyos cuadros colgaba en la casa de Barcelona de Pilar y Ángel) y José Nieto; los Nieves (Beverly y Henry); el profesor español Ezequiel González Más (entonces el principal interlocutor de Ángel), uno de los asistentes a la mítica tertulia del madrileño café Lisboa, y Carmen, su esposa, cuyo abuelo había sido presidente de Ecuador; Maresa Bertelloni y Marcelino de Cisneros, su marido, etc. A algunos de ellos llegué a conocerlos, de paso por Barcelona, en las cenas que Ángel y Pilar solían organizar en su casa de la calle Rosellón.

Al llegar a América Ángel tenía 41 años y Pilar, diez menos. Al principio, lo que más les atrajo de su destino fue el encanto de lo primitivo y lo romántico, si bien fueron las buenas relaciones que allí consiguieron entablar lo que acabó permaneciendo en su memoria. Y, sin embargo, Ángel no logró encontrar en la isla una vida literaria en la que integrarse. Pilar, que se recuerda en aquellos tiempos como “joven y esbelta”, reconoce que en Miradero Hills, donde estaba situada su casa, llevaron una existencia idílica, acostumbrándose pronto a la pereza tropical, al mismo tiempo que confiesa que “la parte más decisiva de nuestra vida juntos ha sido puertorriqueña”.

El año que vivieron en Suecia fue también importante, pues en la Universidad de Upsala se doctoró Ángel en 1973 con una tesis sobre El moro expósito, del Duque de Rivas, edición publicada por Espasa Calpe. Fue un cambio brusco, pues del Caribe pasaron al norte de Europa. Allí, sus principales valedores fueron Regina af Geijerstam, directora de la investigación, y Carl-Erik, su marido, así como los traductores españoles Francisco J. Uriz y su esposa Francisco J. Uriz, fundadores en Estocolmo de un hogar social que tenía como nombre el Club de los Cronopios. De ahí el título de “Aforismos para cronopios”, escogido para un conjunto de los suyos. Marina y Paco eran activos militantes del Partido Comunista y amigos cercanos de Artur Lundkvist, el principal experto de la Academia Sueca en literatura en español y gran valedor de Neruda para alcanzar el Nobel. Ellos debieron de facilitarte la asistencia a la ceremonia de concesión del Premio Nobel de Literatura en 1970, el año que lo obtuvo Aleksandr Solzhenitsyn, autor de la celebérrima y desmitificadora Archipiélago Gulag. A efectos más prácticos, de la distribución de los efectos del despacho privado de Marina y Paco proviene la idea que ellos utilizaron para organizar los suyos propios, desde la consideración semejante de un matrimonio intelectual bien avenido, tal y como les gustaba contar.

Por el contrario, el año transcurrido en Leiden fue el menos grato de todos sus periplos por distintas Universidades extranjeras. Su anfitrión, Jan Lechner (autor de un estudio canónico sobre El compromiso en la poesía española del siglo XX, 1969 y 2004), no parece que llegara nunca a cumplir con su función. La autora lo retrata como una especie de puritano de izquierdas, cuya familia vivía militarizada. En cambio, sí lograron entablar buenas relaciones con Francisco Carrasquer, experto en la obra de Ramón J. Sender, y con Ernesto Jareño (editor de Tirso de Molina, Samaniego y Fernán Caballero), aunque su solitaria vida en Holanda acabara dando con él en un psiquiátrico.

Capítulo aparte merecerían sus estancias en Portugal, pues junto a Italia, quizá fuera el país que más amaron, y donde tampoco les hubiera importado vivir. Ya nos hemos referido a sus viajes a Oporto y Sintra, pero si ahora nos centramos en Italia, es necesario empezar recordando que sus dos ciudades preferidas fueron Venecia y Florencia. Sobre esta última, rememora los festejos que vivieron cuando a Ángel le concedieron la medalla de oro de la Náscita de Dante, por la traducción de la Comedia, concluida en 1974. Y también allí dejaron grandes amigos, como los hispanistas Oreste Macrì y sus entonces discípulos Laura Dolfi, Gaetano Chiappini y Giovanni Meo Zilio. Este último se convertiría en el principal valedor durante su estancia en Venecia. A ellos es necesario sumar a Mario di Pinto, camarada de partido. De esos viajes surgió su libro Docena florentina (1966), y la identificación de Ángel con el Dante peregrino, exiliado de la corte florentina. 1982 fue el año de Venecia, donde trabajó como profesor invitado en Ca'Foscari, y cuando les rondó la idea de permanecer allí para siempre. A esta estancia le dedica otro capítulo memorable, el que le proporciona título al conjunto. Ángel se quedó con las ganas de escribir un libro sobre la Serenísima, en la misma colección de Destino en que publicó el dedicado a Lisboa, pero ya se lo habían encargado a Torrente Ballester, quien sin embargo no llegaría a escribirlo. Vivieron en San Samuele, junto a la iglesia en la que bautizaron y había tomado órdenes menores Casanova, coincidencia que llevó a Ángel a interesarse por el personaje y a traducir la parte de sus memorias dedicada a España. Estaba convencido, además, de que el célebre caballero había intercedido para que de algún modo ellos pudieran encontrar un piso bien situado, a un precio muy razonable. Pilar y Ángel solían trabajar en la Biblioteca Marciana, traduciendo ella el Decamerón y él, a Petrarca.

Sin que le dedique un capítulo aparte, también recuerda el primer viaje que hicieron juntos a Barcelona, donde se encontraron con Carlos Barral y con el poeta J.V. Foix, aunque su vinculación a lo largo de los años con Seix Barral se extendiera también a Juan Ferraté y Pere Gimferrer (p. 113); la estancia en los Grisones, donde empezaron a estudiar romanche con el padre benedictino Flurín Maissen en el Benefici Rumein; el curso en Seattle y la complicidad con el también juanramoniano Antonio Sánchez-Romeralo; el viaje a Oporto con Ángel Guinda y Trinidad Ruiz Marcellán, para llevarle a Eugénio de Andrade su correspondencia con Cernuda publicada en Olifante, y el incidente que tuvieron con la Guardia Civil. Mientras duró la dictadura, Ángel Crespo no quiso regresar a España, si bien había comenzado a visitar el país con frecuencia a partir de 1978. Cuando llegaron a Sintra y empezaron a oler los jacarandás, los jazmines y las celindas, Ángel le hizo un ilustrativo comentario: “Estos olores yo los necesito para vivir y no aquellos del trópico donde nada huele a nada, donde la humedad y el calor igualan todo en una papilla monótona de pulpas” (p. 212). Para los interesados en los avatares que sufrieron los intelectuales de izquierdas durante el franquismo, así como en la historia de la poesía española y en la del hispanismo (en estas memorias aparecen referencias a Samuel G. Armistead, Joseph Silverman o André Coyné), este libro tiene un interés añadido. Con todo, Pilar recuerda que –quizá por sus querencias estéticas— Ángel fue excomulgado por el sanedrín del marxismo español que era la casa de Celaya, a pesar de haber estado afiliado al PCE y haber firmado el Manifiesto de los 102 (pp. 109, 232 y 233).

Otro de los atractivos de la presente edición es el encarte de 47 fotos, en que aparecen muchas de las personas de las que se habla en el libro. A ellas hay que añadir la foto que figura en la cubierta, una de esas representaciones icónicas que fijan la imagen de unos seres para siempre, y las que hayamos repetidas en las guardas. Pero en cambio, se echa de menos un índice de nombres. Como colofón a unas memorias tan suculentas, la autora nos regala la receta de las almejas a la Bulhao Pato —solían recomendárselas a los amigos que viajaban a Lisboa—,que se cocinan en la sartén con ajo, cilantro y vino blanco, formando una salsa espesita y olorosa.
Si nos atenemos a los hechos, resulta evidente que dos de los acontecimientos principales de su existencia, el traslado a América primero y el regreso definitivo a España después, pudieron llevarlos a cabo gracias a los méritos académicos de Pilar; aunque tampoco deba olvidarse que la relación con Ángel le abrió a ella nuevos y muy amplios horizontes personales e intelectuales. En mi recuerdo permanece la extraordinaria capacidad de trabajo y la inmensa curiosidad intelectual desplegada por Ángel, en esencia un ser perseverante (p. 226) que siempre contaba con Pilar para solventar dudas o cotejar sus opiniones. Podría afirmarse, por tanto, que se complementaron a la perfección, pues Ángel alentó siempre los trabajos de Pilar.

Es una pena que la autora no haya cultivado más este tipo de prosa, pues cuenta muy bien las historias, dosificando la intriga y el ritmo a la perfección, luciendo un excelente estilo. Pero quizá lo que más me ha impresionado sea cómo consigue que volvamos a escucharla, pues tengo que confesarles que gran parte de lo que cuenta en este libro se lo había oído relatar de viva voz, o ella misma me lo había leído a lo largo de las veladas que compartimos en sus casas de Barcelona y Calaceite. En este pueblo aragonés pasaba buena parte del verano y, durante esas estancias, trabó amistad con Didier Coste o José Donoso, al mismo tiempo que atrajo a amigos muy queridos por ellos como Sira Hernández y Juan José Flores, que tanto les ayudaron durante sus primeros años en Barcelona.

Otros sueños, en cambio, no llegaron a materializarse nunca, como el viaje que planearon al Tíbet o el regreso a Brasil. En definitiva, este libro puede leerse como la historia de una aventura vital que protagonizaron dos personas enamoradas que quisieron vivir juntas, pero como en España no existía el divorcio y él estaba casado, y tenía un hijo, tuvieron que buscar un lugar donde poder trabajar y vivir juntos “sin que nos lapidasen por ello”. Tras pensar quedarse en otros sitios, como Brasil, lo hallaron finalmente en Puerto Rico, en Mayagüez, donde se instalarían en 1967. Pues, como le gustaba repetir a Ángel Crespo, “mi patria es el sitio donde me dejen vivir en paz”.
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Fernando Valls es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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