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Los libros

El éxtasis es demasiado estrecho

  • Los versos de Jorge Gimeno forcejean con las expectativas, se ríen de sí mismos, se rebelan frente al léxico preseleccionado de lo lírico
  • Los poemas de Me despierto, me despierto, me despierto no son un ejercicio de exotismo ni una pose de espiritualidad cool sino que nacen del conflicto

Publicada el 14/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 13/06/2019 a las 21:13
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Me despierto, me despierto, me despierto
Jorge Gimeno

Pre-Textos
Valencia

2018
  En Me despierto, me despierto, me despierto (Pre-Textos, 2018), Jorge Gimeno consolida un proyecto de escritura que rompe moldes mediante la exploración de una voz abierta, imaginativa, lúdica y fragmentaria, que nace de la crisis de la referencialidad y convierte el propio lenguaje en la experiencia central del poema. Una vibración de desgarro e ironía, de desolación y sarcasmo, pero, sobre todo, de libertad creadora, es aquí el resultado del seísmo que produce el desplazamiento o hundimiento de lo real como entidad cognoscible y la quiebra de la fe en la función representativa. Escépticos, libres, los versos de Gimeno forcejean con las expectativas, se ríen de sí mismos, se rebelan frente al léxico preseleccionado de lo lírico y evitan con éxito ponerse al servicio de nada ni de nadie (léase historia, escuelas, lectores, voz propia…) en la línea del “non serviam” luciferino que hicieron suyo Hölderlin, Rimbaud o Eliot, pero que estaba ya en Dante y brillaba en el mismo cancionero popular.

Dentro de esa tradición de la heterodoxia, de jugar en el límite, que incluye la extravagancia barroca y la ruptura vanguardista, entendemos una de las propuestas más singulares del panorama actual que nace en Espíritu a saltos (Pre-Textos, 2003), crece con La tierra nos agobia (Pre-Textos, 2011) y culmina con fuerza en Me despierto…, donde Gimeno lleva su linterna crítica, irónica y melancólica a un nuevo territorio cultural y geográfico: Oriente. El resultado es de gran interés por el reto que supone aplicar una visión descreída, que huye de lo sentimental y lo trascendental, al mundo espiritual y sagrado del budismo, hinduismo y taoísmo. Poemas como “Upanishad en Nueva York”, “Bus Lao” o “El Taj Mahal bajo la lluvia” son la prueba de que el guiño iconoclasta y la ironía occidentales pueden convivir en armonía con una sabiduría antigua que, frente a lo que señalan los estereotipos, posee un fondo paradójico, irreverente y libérrimo que nos lleva siglos de ventaja; lo cual, por otro lado, ya nos había mostrado Gimeno como autor de las versiones poéticas de las Noventa y nueve iluminaciones de Nasrudín (Pre-Textos, 2015), personaje mítico por el que accedemos a uno de los saberes islámicos y orientales más inclasificables.

El valor de la indiferencia, la mansedumbre o el sacrificio, la comprensión del “agua quieta / de la liberación”, y el amor por lo que no permanece, que descubrimos por ejemplo en los treinta y nueve textos breves de “Estupas”, pueden leerse como escalones hacia el triple despertar del título, un despertar que no existe como momento iluminativo sobrenatural y aislado sino como un continuo vital: un incesante estar despertando a la amplitud de la existencia, porque “la escudilla se llena y se vacía / cada mañana”. Asimismo, el magnífico y también extenso “Ley natural”, presenta las memorias sapienciales de un Buda que hubiese cruzado por Central Park para indicarnos el camino del renacimiento, que avanza sobre paradojas (“En la guerra de la paz, se vence sin derrota”), a través de una cotidianeidad llena de resonancias (“El buen cañizo es prieto / El mal cañizo rezonga cada día”) y sin soslayar el rigor de la naturaleza (“¿Aún te sientes la vaca descuartizada en el cruce de caminos / Con las moscas encima y el precio caído?”). No estamos hablando de dogmas eclesiásticos ni de eslóganes de autoayuda; hablamos de enseñanzas ambiguas, ancestrales, chocantes y vivas: “¿Qué es despertar? / Un prepucio cortado. // ¿Qué es despertar? / Ningún despertar”.

Los poemas de Me despierto, me despierto, me despierto no son un ejercicio de exotismo ni una pose de espiritualidad cool sino que nacen de un conflicto: “No, no estás muerto, pero no sabes / vivir. La leche sufre, / y el gen que no ha nacido”. Un desacuerdo tan profundo con la realidad que incluso “el éxtasis es demasiado estrecho”. Su energía consiste en integrar o superar ese choque existencial por la deconstrucción de lo real en la subversión de las jerarquías del lenguaje. En ese sentido, la apropiación textual, la perspectiva cubista, la caricatura, la instantánea pop o el prosaísmo que le hace sitio a la historia son aquí herramientas de una epistemología insurgente y necesaria, de compromiso político (“La batalla de Mósul” y “La caída de Alepo”), de denuncia social (“Eclipse”, “Cama”), y de un auténtico entusiasmo por la vida: “La tierra de todos los días es la tierra nunca hollada”. Si la poesía, finalmente, confunde “los girasoles con ovejas / carbonizadas” o se dedica a observar cómo “los cangrejos se trasladan / con aire de cascanueces” es porque se ha sobrepuesto al dolor, al “camino tachonado de úlceras”, para gozar y amar de nuevo. Por eso, además de una celebración del asombro y un libro de viajes, Me despierto… es un canto al amor (“Jade”, “Ciprés en China”, “El día imprevisto de playa”), un amor intenso pero antiheroico, donde predominan las escenas triviales, los “besos agrarios” y los momentos kitsch (“vimos Pretty Woman en la cama, / con subtítulos en laosiano, / abriendo los ojos cuando canta Roy Orbison”) como un posicionamiento frente a las sublimaciones místicas.

Con versos llamativamente audaces, dislocados y un poco gamberros, la poesía de Jorge Gimeno es capaz de sacarnos un poco de los cajones estancos de lo meramente racional y de liberarnos por un instante del “confeti de la identidad” para llegar al lugar donde la identidad ya no es imprescindible. Un combate con las palabras impuestas por la tribu, tras el cual sentirnos más cerca de vencer al yo y que las palabras fluyan con una naturalidad nueva. Un viaje que merece la pena en esta época de cerrazón egotista y narcisismo en red. “El significado va contra nosotros”, dijo Mahmud Darwish, y Gimeno lo corrobora: “La palabra no se dice por la verdad / La palabra se dice por el presente, cuando hace falta”.
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Juan Manuel Romero es poeta. Su último libro, Desaparecer (Pre-Textos, 2014). 

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