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Figuraciones de la imaginación

  • Todos y cada uno de los libros de Luis Mateo Díez resultan tan extraordinarios que se hace difícil encontrar nuevos adjetivos encomiásticos
  • Los cuatro relatos de este libro, que presentan un aliento semejante, transcurren en las Ciudades de Sombra creadas por el escritor

Publicada el 27/09/2019 a las 06:00
Gente que conocí en los sueños
Luis Mateo Díez
Ilustraciones de Mo Gutiérrez Serna
Nórdica
Madrid
2019
  En este libro se recogen cuatro relatos (en el sentido que le dio Cortázar al término, prefiriéndolo al de cuento) que presentan un aliento semejante, generando una unidad de emoción y sentido, pues tienen en común el estar narrados en tercera persona, con una cierta distancia respecto de los hechos, y toda una serie de características que voy a comentar a continuación. El tono, además, resulta a veces aforístico (“El tiempo es el vecino de la eternidad” o “Al espíritu le sobra lo que la razón no entiende”). Comparten también la atmósfera que genera el estilo propio del autor, que en esta ocasión bordea lo poético, y un humor leve. Y todos ellos transcurren en las Ciudades de Sombra (Broza, Ordial Celeste y Ofema), situadas en la comarca del Pando, bañadas por los ríos Nega o Margo. Lo singular es que estas referencias geográficas, inventadas por Luis Mateo Díez, solo aparezcan en la primera y en la última narración. Pero creo que lo realmente significativo es el protagonismo que adquiere el espacio en el que transcurre la acción, compuesta a base de diálogos, de las elucubraciones de los personajes y de aquello que cuenta un narrador que parece estar de vuelta de los hechos.

Como tales relatos, tienden a lo fantástico, pues su acción, según anticipa el título general, en el que se oye la voz del autor, transcurre en los sueños, mientras que sus incorpóreos protagonistas son seres frágiles, desvalidos, almas en pena con nombres a menudo estrambóticos (las hermanas Coralina y Columbaria, la madre Conspicua, Lamberto, Malvina, tía Eudosia, Calvero, Veridia y Sauro). Otro de ellos, Aurelio Recuero, nos proporciona, en síntesis, su situación vital, aunque esta bien pudiera aplicarse al resto de los personajes: “tengo perdido el pleito de la existencia y el honor de haber sido alguien; ya ni entro ni salgo por la puerta, lo hago por las rendijas” (p. 29). Se trata, en esta ocasión, de seres fantasmales, almas en pena, sean monjas o reos, en sus conventos o cárceles (aunque ellas tengan nombre y los presos, no), o de meros paisanos que charlan y se intercambian confidencias en los bares (bien sea El Fanal o el Cordial), de amigos que se traicionan, cambiándole al diablo su salud por la felicidad del otro. Provienen y nos hablan desde el más allá, pues se trata de espíritus, de muertos que se aparecen y conviven con nosotros, como ocurría en el cuento “La costumbre de casa”, de José María Merino. Mientras que el tiempo en el que transcurre la acción, como se dice en el primer relato, es el de la eternidad.

En “Los viajes fantasmales”, el primero de los relatos, se fijan los presupuestos del conjunto: la mirada de ultratumba, el espacio, el tiempo, la condición del protagonista, Aurelio Recuero, incluso su voz, que subyugaba a sus interlocutores, su aureola de humo, sus carnes disueltas, el espíritu desmayado y el haber regresado a su casa, junto a su mujer, Belinda Suance. En suma, rompiendo con la tópica representación del fantasma, tanto en la literatura como en el cine.

“Los círculos de la clausura” no son los del infierno, pero sus protagonistas, la nieve, un grajo herido, y sobre todo las monjas –“enferman porque la vida no las alimenta”— y los reos, sufren diversas desdichas, además de la pérdida de libertad. El narrador contrapone unas a otros, pues podría decirse que todos ellos han perdido la libertad, viven presos, aunque cada uno a su manera. Sea como fuere, son dos monjas quienes adquieren un mayor protagonismo, las hermanas Coralina y Columbaria, la conflictiva relación que mantienen, pues la primera –digamos que— remata a la segunda. Esta huye a la vez que los reos, pero los fallecidos nunca llegan a morirse del todo –como nos dice el preso que se suicida en su celda— sin que haya forma de evitar semejante incomodidad. El desenlace, las sinrazones aducidas, se asemejan a los de los Crímenes ejemplares, de Max Aub, en el que el asesino no solo no quiere exculparse, sino que también está dispuesto a firmar la confesión de su delito, si es que puede hablarse en estos términos en unas existencias que transcurren entre esta y la otra ladera.

En “Los muertos escondidos” el difunto es Lamberto, quien arrastra una hernia y un pie torcido, símbolos de su fragilidad, y vive acogido por Malvina. En el desenlace sabremos algo de la atípica relación que mantienen, con sus más y sus menos... Por último, en “Las amistades del diablo”, quizás el relato más destacado del conjunto, los protagonistas son los amigos Calvero y Sauro, y Veridia, esposa del primero, con el diablo al fondo manejando a su capricho los hilos de la trama y comprando las almas. Podría decirse que es la historia de una suplantación y de una traición, pero también de un amor perdido y de los avatares de ciertas enfermedades (alcoholismo, úlceras, pulmones averiados) y de su milagrosa curación. Pues, como cuenta el narrador en el desenlace, en las Ciudades de Sombra “el diablo bajaba con frecuencia a ellas, les quitaba las novias, engañaba a las esposas, contrariaba a los hijos, enfrentaba a las nueras, hacía quebrar los negocios y las ilusiones...” (p. 108).

Estos cuentos transcurren en la frontera que hay entre la vida y la muerte, lo vivido y lo soñado, la realidad y la invención, la lucidez y la locura. Como es habitual en los libros de esta editorial, las narraciones aparecen bellamente ilustradas, en esta ocasión por la mexicana Mo Gutiérrez Serna. En algunas de ellas (por ejemplo, las que ocupan las pp. 12, 40, 51, 70 y 99) apreciamos concomitancias con las obras de Eduardo Arroyo, pero tienen la virtud de no subordinarse al texto, ni ilustrar situaciones concretas, como ha apreciado el mismo autor.

Todos y cada uno de los libros de Luis Mateo Díez resultan tan extraordinarios que se hace difícil encontrar nuevos adjetivos encomiásticos. Me limito, por tanto, a recomendarles encarecidamente que lo lean, esperando que disfruten tanto como lo he hecho yo.
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.


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1 Comentarios
  • @tierry_precioso @tierry_precioso 29/09/19 11:53

    Interesante columna muy agradable de leer!

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