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Los libros

Un credo pagano

  • En todos los poemas de Credo del ardor nos llega la sospecha de que el poeta se desenmascara a sí mismo sin ninguna complacencia o rubor fingido
  • Julio César Jiménez logra transmitirnos la pasión por la vida usando palabras sencillas, pero transformadas de repente por la novedad de las metáforas

Publicada el 03/07/2020 a las 06:00

Credo del ardor
Julio César Jiménes
Universidad Popular José Hierro
2019

Al comenzar a leer el último libro de Julio César Jiménez, del que es conocida su amplia trayectoria poética (entre otros, libros premiados como Estrategia para la fuga, 1996; Del ámbito del desorden o quince revelaciones imprevisibles, 1998; La sed adiestrada, 2009; Las Categorías de Kant no funcionan en la noche, 2012, finalista del Premio Andalucía de la Crítica 2013), este Credo del ardor (XXX Premio Nacional de Poesía José Hierro) nos golpea ya desde la rotundidad de su título.

La primera palabra, credo, que apuntaría hacia una verdad previa a la que adherirse con fe casi religiosa, encierra en realidad la paradoja de una apuesta clara, difícil pero conseguida en cada verso, de arrojar una mirada múltiple al mundo pero nunca unívoca ni segura o inamovible en su perspectiva, sino consciente de sus incertidumbres y apasionada, ardientemente (y ahí cobra sentido esa tercera palabra que leemos en la portada: ardor) dispuesta a amar su propia fragilidad, que es a la vez la belleza de su propio cuerpo y la de los sentimientos y sociedad humanos.

Inicia el libro un poema que significativamente titula igual que el libro, “Credo del ardor”, donde el poeta hace declaración de intenciones, nos despliega antes que nada su “credo” pagano, ese vademécum en el que confía, cree, al escribir: usar como única guía para su voz tan personal la duda, hacer de ella su estrategia poética y el punto de partida de su mirada. “Todo lo que meta duda/entre la piel y el nervio”, nos dice uno de los versos, y compone así casi una poética, completada luego en las que volcará en otros poemas posteriores, escondidas entre otros versos o claramente visibles, tratando de aquilatar qué es escribir un poema o qué bifurcaciones escoge en su escritura e incluso apuntando algo de autodefensa literaria, como vemos en ”Nueva afición a publicar después de muerto”, “Una manera de penetrar” y ”El experto en melancolía”.

En todos los poemas del libro nos llega la sospecha de que el poeta se desenmascara a sí mismo sin ninguna complacencia o rubor fingido, que muestra muchas de sus obsesiones, carencias, pasiones y dudas, y que lo hace para devolvernos así una imagen más desnuda y afilada de nosotros mismos, de esta confusa sociedad del siglo XXI, en la que prima otro credo, el de la sacralización del éxito económico y mediático a la que él contrapone su fe cívica y constante, y una reivindicación de los espacios importantes para vivir (la infancia, la amistad, la paternidad, la memoria) y del poder sanador de las cosas sencillas: “Podemos matarnos a fracasos triunfales/ mientras desoímos a los pájaros o a las flores/ y a los hombres profundamente animales”.

Julio César Jiménez logra transmitirnos esa pasión por la vida usando palabras cercanas y sencillas también, pero transformadas de repente por la novedad casi visual de unas metáforas que vuelven nuestros objetos cotidianos o los retazos de los cuerpos o los animales y paisajes contemplados, un sugerente laberinto onírico, lo que enriquece el poema al presentarnos la realidad descrita en versos llenos de matices inesperados como “Mis huesos son fósforos o pentagramas” o “Los árboles aúllan y las farolas se doblan como el recuerdo”. Pero esos ligeros toques de surrealismo nunca ponen distancia a la lectura, porque uno de sus aciertos es combinarlos con la ausencia de puntuación (y también de estructuras literarias ya demasiado usadas y previsibles), con un estupendo ritmo en los versos, vertiginosa cascada que nos hace estar asistiendo al leerlos al desenvolverse de un pensamiento incesante, de lo que son ejemplos los poemas “Sal a la calle” y “Oración salvaje”, donde la palabra tiene una respiración sincopada, acuciante muchas veces, urgente como tantas cosas de las que tendremos que ocuparnos finalmente ahora.

En estas páginas, se nos abre una realidad vista siempre como oxímoron, como vecindad de contrarios, y se anota el yo como cuadrilátero donde se enzarzan (se abrazan también, igual que boxeadores cansados) claridades y oscuridades. Asistimos al combate del poeta con su propio personaje y eso ocurre, extrañamente más, en algunos poemas que comienzan con, o incluyen, la palabra soy ( “Entrevista”, “Una excusa de perdedor” o “Poema escrito sin emoción”, entre otros), lo que nos habría llevado a esperar la certeza de una definición personal e íntima pero en los que se rastrea siempre una oscilación, cómo de péndulo, de la mirada poética entre el yo y los otros. Podríamos decir que hay un tanteo incesante en búsqueda de una identidad construida hacia o contra el mundo (y está allí también la encrucijada de ser lo que queremos frente a lo que se espera de nosotros, de tener que justificar nuestras decisiones vitales como en los poemas “Los viejos amigos”, “Espíritu de la resaca” o “Funeral con moscas” ), pero con la urgencia de salir de uno mismo, de comprender al otro, de quizá desde allí, desde ese, esos otros, alzar lo que sea un yo atravesado de múltiples reflejos de los otros. Reflejos que veremos brillar cuando nos habla desde un personaje, máscara no del todo ajena que usa para mostrar fragmentos descubiertos dentro de sí mismo, aristas negativas con las que lanza una mirada crítica al vacío de las redes sociales, a nuestra sociedad narcisista o a la injusticia de las condiciones laborales resultado de una crisis propiciada y mantenida aún por los explotadores. Son poemas de claro corte satírico que nos descolocan y casi rozan la protesta sino fuera por la despiadada realidad que nos acercan desde unas voces en primera persona sorprendentes como las de “Amante de playa”, “Windsurf”, “Rey de las pizarras”, “Chinches y absoluto”, “Despido voluntario” o “Portero de noche”, o desde la apelación directa al lector, marcada incluso por el imperativo verbal desde su comienzo (Usted, Crees, Sal, Quieres), para tratar temas incómodos hoy en día, como la vejez, o la dignidad del trabajo, o lanzar confidencias pero afiladas como cuchillas al que lee, como en “Licántropo Jiménez”.

De nuevo la duda y la paradoja: ¿habla de sí mismo, de su historia privada o habla al fin de todos nosotros? Julio César Jiménez, buceando en su interior y rastreando con precisión e incertidumbre ante todo, ha encontrado palabras con que nombrarnos a todos, un credo, diferente al que hoy se nos propone o más bien se nos impone desde las ubicuas pantallas sociales y políticas, para el ser humano que ¿aún somos? El poeta deja ese interrogante, y muchos otros, en la mano de los lectores, y lo hace con los versos del significativo poema que cierra su libro, ese “Patrimonio de extremos”, resumen de este credo pagano donde quizá nos veamos reflejados.

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Trinidad Gan es poeta. Su último libro es La nave roja (JuanCaballos de poesía, 2020).

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