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"Hay abrazos que el mito nunca borra"

  • Anacronía, de Gerardo Rodríguez Salas, se construye a partir de una cuidadísima reelaboración poética de un trauma desgarrador, la muerte de un hermano veinte años atrás
  • El último poema presenta una definición hermosa: "El recuerdo es la sombra/ torpemente zurcida a los talones/ y el olvido la piedra/ que no termina nunca de caer"

Publicada el 15/01/2021 a las 06:00

Anacronía
Gerardo Rodríguez Salas
Valparaíso
Granada
2020

Anacronía (Valparaíso) es el primer libro de poemas de Gerardo Rodríguez Salas, pero nadie diría que es un libro primerizo. El autor ha publicado con anterioridad un estupendo libro de cuentos, Hijas de un sueño (Esdrújula, 2017), con prólogo de Ángeles Mora, ha escrito la obra de teatro Vulanicos, de próxima aparición, y tiene un impresionante currículum como profesor titular de Literatura Inglesa en la Universidad de Granada, especializado también en literatura y género.

Anacronía se construye a partir de una cuidadísima reelaboración poética de un trauma desgarrador, la muerte de un hermano veinte años atrás. En la contracubierta la poeta Teresa Gómez habla de "un artefacto poético de calculada precisión […] con recursos poéticos pulidos hasta la extenuación, lo cual no resta un ápice de frescura" y de "un lenguaje exquisitamente cuidado, fluido y luminoso". Solo puedo darle la razón. El imaginario afectivo que teje Gerardo Rodríguez Salas imbrica la escritura serena del dolor y la reescritura sutil, de una claridad compleja, de los mitos. Construye así el viaje interior que hacemos para asumir lo que se resiste tanto a ser asumido, un duelo. El poema que abre el libro, "Odisea", termina con estos versos: "Más allá de las nubes/ y de los años,/ estaba escrito el viaje/ con otra pluma,/ en otro cuerpo". Son palabras que logran el efecto de una sencillez compleja y abren círculos concéntricos de sentido. El yo poético busca "palabras de papel" (título del segundo poema) para dirigirse desde el presente al hermano muerto. En "Lobo" leemos una definición exacta del particular viaje emprendido en Anacronía, un viaje que pasa por la sutil y poderosa reelaboración poética de un dolor profundo: "Quizá ya he vuelto, quizá nunca me fui del todo.// El viaje puede ser una fuga al pasado,/ un ascenso sin alas al punto de partida".

En "Luciérnagas", un poema espléndido, aparece "la puerta entornada del recuerdo". Una puerta entornada es una puerta que jamás se cierra del todo, igual que nunca pueden cerrarse del todo las heridas desgarradoras. Una puerta entornada deja ver siempre una parte de lo que sucede en el espacio que delimita. La luz deslumbrante de "Luciérnagas" nos parte el corazón y nos lo devuelve con el consuelo del milagro poético: "Chirrían las cigarras y los grillos/ y acallan los rumores del arroyo/ que mece nuestra infancia/ en un lecho de musgo/ tras la puerta entornada del recuerdo.// Hoy apenas murmuran.// Tumbados en la hierba/ miramos boquiabiertos/ el manto de las luces,/ prendemos otro cielo en aquel bote/ nuestro ya para siempre.// Mañana nos dirán lo que cazamos".

En Anacronía aparece también el recuerdo del padre fallecido. En el desgarrador poema "Urdidor", leemos: "Cuando abriste los ojos/ de madrugada, él no estaba allí/ vigilando tu sueño, él no estuvo/ allí, a tu lado, nunca/ desde que un día/ olió la pena a gasolina". Y en "Escaleras" asistimos a la caída infinita en el dolor: "Aquel día caí/ y caigo aún/ como aquel niño por las escaleras".

Los poemas de la segunda sección del libro imbrican la escritura del dolor con el acercamiento a obras literarias, artísticas o musicales de la cultura neozelandesa. Hay versos bellísimos y sobrecogedores, como los de "Jet lag" ("¿Embarcaste conmigo?/ Pues es invierno aquí/ y huele a soledad.// No queda mapa,/ no hay más papel/ donde buscarte/ y me ahogo en la lluvia/ de esta noche infinita"), "Whakapapa" ("Hay abrazos que el mito nunca borra./ Te fuiste y me aplastó/ la oscuridad más absoluta"), "Victoria" ("Muere el mar a lo lejos,/ o tal vez no se apaga,/ y yo vuelo sin hilos/ a la deriva"), "He Wawata" ("Hermano, ¿dónde estás?/ ¿Volverás algún día?") o "Ni lo sueñes" ("Habrá más horizontes/ si redobla mi pecho/ el tambor que te late y que me late,/ si aún cuento los pasos/ hasta verte otra vez").

En la tercera parte se retoma el motivo de la caída infinita ("Por el desagüe,/ giré, giré, giré/ en sentido contraro,/ caí, caí, caí,/¿caeré alguna vez/ del todo?"), que se convierte en núcleo estructurador del libro y se transfiere al imposible olvido. Así, el último poema, "Nunca", presenta una definición hermosa y exacta en su plasticidad del recuerdo y el olvido: "El recuerdo es la sombra/ torpemente zurcida a los talones/ y el olvido la piedra/ que no termina nunca de caer".

Este año se han publicado en España varios títulos excelentes de poesía. Libro bellísimo y sobrecogedor, Anacronía es sin duda uno de ellos.

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Ioana Gruia es escritora y profesora de Literatura. Su último libro es El expediente Albertina (Edhasa, 2016).

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