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Los libros

Luis Landero en el bosque del tiempo

  • Este es un libro con el que disfrutarán los buenos lectores y en el que hallarán sabios consejos, y una de las mejores prosas en español
  • Aunque esperamos muchos más volúmenes de Landero, con este redondea su trayectoria, pues aquí encontramos condensadas todas sus virtudes

Publicada el 26/03/2021 a las 06:00

El huerto de Emerson
Luis Landero
Tusquets
Barcelona
2021

Este es un libro con el que disfrutarán los buenos lectores y en el que hallarán sabios consejos, y una de las mejores prosas en español que hoy pueden leer aquellos que se inicien en la escritura. Tiene dos claros antecedentes en la obra de Luis Landero: Entre líneas. El cuento o la vida (1996 y 2001) y El balcón en invierno (2014). Se compone de quince capítulos, de los que destacaría el noveno, titulado “Plegaria”, en especial las páginas 149 a 157. ¿A qué género pertenece? Lo cierto es que no son solo unas memorias ni tampoco una novela. La voz que habla es siempre la del autor, sin filtro alguno, pues la identificación con el narrador es casi completa, pero a veces se desdobla en otro yo (p. 147) o apela a los lectores (“veréis”, “creedme”, “quería contaros...”, pp. 17, 106 y 167).

Sea como fuere, y siendo un libro baciyélmico, en sus páginas conviven la narración y la reflexión, las historias y las confesiones, la teoría y la práctica de la escritura, componiendo todo ello la tragicomedia de una vida que acaba siendo siempre agridulce. Así, se cuentan instantes del pasado, “fogonazos de la memoria”, los denomina el autor, briznas que quedan en el recuerdo de una existencia que se despliega por medio de los cuatro personajes que anidan en Landero, tal y como él mismo reconoce: el hombre, el lector, que trae a colación numerosas citas de escritores, el profesor, quien nos transmite su entusiasmo por ciertos libros, y por último, el escritor, si me permiten que altere el orden que Landero ha preferido. No en vano, se define como un autor que se ha ganado la vida dando clase (p. 38).

De los muchos escritores que se citan, y de cuyas obras se comenta algún aspecto, destacaría a Kafka, que tanta presencia tiene en otras obras suyas, como ya estudié en otro lugar (“Breves notas sobre el Kafka de Luis Landero”, Turia, núms. 121-122, mayo del 2017, pp. 183-191). Así, al repasar las características de autores que aprecia, se detiene en el checo, a quien cita entre sus autores preferidos, junto a Cervantes, Shakespeare, Dickens, Faulkner, Conrad, Chéjov, Borges y Quevedo, valga el desorden. De Kafka comenta “que con su lenguaje clásico, preciso e impasible —tal Buster Keaton haciendo locuras con su cara de póquer—, y uniendo y confundiendo así lo lógico y lo absurdo, nos cuenta las más inquietantes pesadillas del humano existir, inventando de paso un modo de humor desconocido hasta esas fechas”. Además, reflexiona sobre algunos episodios de La metamorfosis y El castillo, sobre la distorsión que hace del espacio y del tiempo, y cómo sus personajes se esfuerzan, hasta la obstinación, tras un objetivo que siempre está un poco más allá, sin lograr alcanzarlo nunca. En el penúltimo capítulo comenta que hubo un tiempo en España en que “los abogados eran gente formidable y de mucho poder, casi como los de Kafka...”. Una vez más, Landero da pruebas de lo bien asimilada que tiene Landero la obra de Kafka, y de cómo la utiliza a menudo para comprender mejor su propio mundo (pp. 16, 38, 112, 141-142 y 205).

Destila aquí Landero muchas otras lecturas asimiladas, frecuentes referencias a pasajes de libros que le han interesado, como encontramos al final del capítulo quinto, y su propia experiencia vital e intelectual, logrando transformar las anécdotas en categorías, insuflándoles significado. Así, se refiere, solo cito unos pocos ejemplos, al Lazarillo, al Woyzech, de Büchner, a Faulkner, Pavese o a El gatopardo, y en algunos casos nos indica incluso cómo los lee.

Se ocupa de los misterios y secretos de la creación, de la trasmisión de las historias orales al calor de la lumbre, de la potencia que puede atesorar el lenguaje oral, empobrecido tras la aparición de las redes sociales, de la palabrería hueca que suele brotar de los móviles. Por ello resalta tanto la voz que cuenta, la del propio Landero, quien —decíamos— parece haber anulado a ese intermediario que suele ser el narrador, en un libro híbrido.

Aunque esperamos muchos más volúmenes de Landero, con este redondea su trayectoria como escritor, pues aquí encontramos condensadas todas sus virtudes, ya que baraja —pocos lo han hecho con semejante pericia— la autobiografía, al servicio de la ficción, con las historias y las reflexiones. Landero ha confesado en alguna entrevista que para él este es un libro alegre, pues algo tiene de celebración de la vida, tras una etapa existencial poco dichosa.

Al principio, el título puede resultar enigmático, pero su sentido va aclarándose a lo largo de la lectura, pues, como nos dice, todos somos únicos y debemos aceptarnos con orgullo, dedicándonos a cultivar el huerto que nos ha correspondido, hablar de lo que conocemos: de lo cercano, de lo nuestro, tal y como comenta R.W. Emerson en “La confianza en uno mismo”, recogido en sus Ensayos escogidos, que con tanto fervor leyó Landero de joven, en la edición de Austral (pp. 25, 79, 80 y 99). El libro está dedicado a su hijo, su nuera y su nieto, Luis, Nisrin y Diego.

Son excelentes las páginas en las que cuenta —en algunos casos, se trata de historias intercaladas— la visita al cementerio de la Almudena, en busca de la tumba de sus padres, en cuyo trayecto acaba perdiéndose (pp. 25-28); los comentarios sobre libros que le han gustado; la terrible historia de Pache, en el capítulo 4, en quien proyecta la figura de su padre; su alegato a favor de la soledad, la lentitud y la concentración, toda una poética; los “amores lánguidos” de Florentino y Cipriana, que nos recuerdan a otros semejantes que hemos leído en la obra de García Márquez (pp. 89-102); el homenaje al trabajo doméstico de las mujeres, en el capítulo octavo, y una pura filigrana —una adivinanza— la alusión al sexo femenino, que nombra como “lo innominado, lo intrincado, lo ignoto, lo primigenio, lo indecible, lo esotérico, lo inescrutable, lo omitido, lo dificultoso, lo inconcebible, lo escondido, lo inextricable, lo emboscado, lo problemático, lo ímprobo y finalmente lo imposible” (p. 116); la historia del hombre gordo (quizás inspirado —como le confiesa en La Vanguardia a Xavi Ayén en el Gordito relleno del TBO y en el muñeco de Michelin) y de su familia, de su extravagante conducta, que podría funcionar como independiente (pp. 160-166); el recuerdo de aquellos hombres solos, anodinos, que solían pasar inadvertidos, como si fueran invisibles (pp. 167-170); la historia —una de mis preferidas— del viejo marinero que regresa a su aldea (pp. 171-177); la reflexión sobre lo que han supuesto los viajes en su vida, en el capítulo 12, o por qué no ha escrito nunca un libro de viajes; la singular historia de amor con Marta, o cómo el amor embellece a quien ama; las imposturas y los casi-casi... Y, por último, la reflexión y presencia de la muerte en el capítulo que cierra el libro, la aparición de una vieja enigmática, quien se ha sentado en el corro, “la vieja a la que nadie conoce y por la que nadie pregunta tiene en el rostro la sombra dorada de una sonrisa imperceptible” (pp. 232 y 234).

Jordi Gracia, en una reseña afortunada aparecida en El País, ha captado muy bien “el deje levemente burlón, autoparódico, que imprime a casi todos los recuerdos”; la ironía y el humor leve pero oxigenante que campea por muchas de las páginas del libro, como cuando se afirma que “aquí no trabajamos el mejillón pequeño”, otra de esas sentencias memorables suyas. Nos habla, además, Landero, de la significación de la infancia: “Prolongar la infancia, juntar al niño que uno fue con el hombre experimentado y hasta sabio que uno ha llegado a ser, en eso consiste el secreto del arte y de la lucidez” (p. 105); aludo a dos de los fetiches de sus obras: el afán (pp. 34 y 57) y el evónimo (p. 90), y nos cuenta, además, su llegada a Madrid en 1957 (p. 159).

El caso es que Landero ha logrado, valiéndose de un lenguaje sencillo, pero cuidado, rico y preciso (lo que él llama “la lascivia de la exactitud”, pues “la exactitud [...] me parece uno de los más altos logros del arte literario”, pp. 15 y 112), el más adecuado para lo que pretende contar, valiéndose de la memoria y la imaginación, aunar lo narrativo y lo reflexivo, para contarnos lo que más le importa, los anhelos y alegrías de toda una vida. Parece encontrarse Landero en estado de gracia, pues todos sus últimos libros son excelentes, si bien este último me parece el mejor de todos, que junto a su primera novela, Juegos de la edad tardía (1989), lo sitúan en un lugar prominente dentro de nuestra literatura de las tres últimas décadas.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

 

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