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Plaza Pública

¿Qué se puede esperar de la negociación de la oposición siria con Asad?

José Luis Masegosa Carrillo
Publicada el 23/01/2014 a las 06:00 Actualizada el 22/01/2014 a las 15:48
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El portavoz de la oposición siria, Louay Safi.

El portavoz de la oposición siria, Louay Safi.

Reuters

La Coalición Nacional Siria, el principal grupo opositor en el exilio, ha resuelto este fin de semana acudir a la Conferencia de Paz en Suiza y sentarse a negociar con Bachar el Asad. Esta decisión garantiza la celebración de las conversaciones de paz. Sin embargo, las probabilidades de que las partes alcancen un acuerdo de paz son escasas. La presión internacional logrará acuerdos puntuales como altos el fuego locales, intercambios de prisioneros o corredores humanitarios que alivien el sufrimiento de la población siria.

A partir de este mjércoles la Organización de Naciones Unidas (ONU), junto con Estados Unidos y Rusia, facilitarán una ronda de negociaciones conocidas con el nombre de Ginebra II entre el régimen autoritario de Bachar el Asad y la oposición siria. La Conferencia en Montreaux reunirá a los ministros de asuntos exteriores de 30 países emergentes, árabes, europeos incluyendo a España y las grandes potencias. A esa conferencia le seguirán el 24 de enero las negociaciones directas entre las dos partes del conflicto en la sede de la ONU en Ginebra.

Ginebra II debe acabar una guerra civil que ha causado más de 120.000 muertos, dos millones y medio de refugiados y seis millones y medio de personas desplazadas, un conflicto que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, el portugués Antonio Guterres, ha calificado como “la crisis más peligrosa para la paz y seguridad global desde la II Guerra Mundial”. Efectivamente la guerra amenaza con extenderse y desestabilizar el Líbano e Irak y añade inestabilidad a una región, Oriente Medio, en la que abundan los conflictos sin resolver (Palestina o Kurdistán), los focos de terrorismo (Afganistán) y la proliferación de armas de destrucción masiva (Irán).

La guerra se inició con un levantamiento armado fruto de la frustración de los movimientos civiles de la Primavera Árabe que protestaron pacíficamente durante meses contra la dictadura familiar que ha gobernado el país durante décadas en favor de la minoría alauita. Si bien conserva su carácter revolucionario, la revuelta se ha metamorfoseado en un conflicto sectario e identitario en el que las minorías alauita y cristiana fían su suerte al régimen de el Asad mientras que la mayoría sunita apoya a los rebeldes, al Ejército libre sirio, el brazo armado de la Coalición Nacional Siria, y/o a las milicias islamistas.

Con el tiempo el conflicto ha adquirido una dimensión regional dominante. Arabia Saudita e Irán, líderes de las ramas sunita y chiita del Islam, patrocinan una guerra indirecta –proxy war- en Siria a través de los rebeldes y del régimen de Bachar el Asad respectivamente. Riad y Teherán proporcionan armas, dinero y combatientes y movilizan a sus aliados locales en clave identitaria pero su objetivo final es político: la búsqueda de la hegemonía regional.

Si bien la decisión de negociar por parte de la Coalición Nacional Siria garantiza la celebración de la Conferencia de Paz, las probabilidades de éxito son más bien modestas. La cuestión de la legitimidad y representatividad de la delegación negociadora de la oposición suscita muchas dudas. La ONU ha invitado a Ginebra a la Coalición Nacional Siria a la que la Comunidad internacional reconoce como única representante legítima del pueblo sirio.

El problema es que la Coalición Nacional Siria representa cada vez a menos gente dentro de Siria y controla menos territorios que hace un año porque ha perdido autoridad entre muchos batallones del Ejército Libre Sirio. Por tanto, acude a Ginebra en su peor momento.

La decepción ante la abortada intervención militar americana en agosto y el acuerdo diplomático para destruir el arsenal químico del régimen constituyeron un punto de inflexión en la relación de fuerzas entre las partes del conflicto. El nuevo clima de colaboración de Occidente con Bachar el Asad desprestigió a los moderados de la Coalición Nacional Siria, propició el distanciamiento de éstos con muchos de los batallones del Ejército Libre Sirio y fortaleció a las milicias islamistas que siempre han renegado de la cooperación con Occidente.

Pocas voces defienden la participación en Ginebra II de las milicias islamistas que, sin embargo, son las fuerzas más potentes en el bando rebelde y controlan una buena parte del norte y este de Siria. Esta circunstancia no es trivial porque las partes no podrán aplicar por las buenas los acuerdos que alcancen en un territorio controlado por las milicias islamistas. La situación se ha complicado en las últimas semanas al estallar una mini guerra civil en el norte del país entre la milicia próxima a Al-Qaeda, el Estado Islámico de Irak y el Levante –ISIL-, y el Ejército Libre Sirio.

La Coalición Nacional Siria ha exhibido su debilidad en la reunión de Estambul (17 y 18 de enero) en la que ha decidido finalmente acudir a Ginebra II y dejar a un lado la precondición de negociar solamente si Bachar el Asad abandonaba el poder. Los votos a favor han sido 58 frente a 14 noes. Un buen número de los 120 delegados de la Coalición abandonaron la reunión en protesta por las negociaciones de Ginebra II. Ciertamente las ausencias y la escasa participación en la votación (72) restarán legitimidad a la delegación que acuda a Ginebra.

Esta división se explica en razón del enorme riesgo político que asume la Coalición Nacional Siria si vuelve con las manos vacías de Ginebra II, un resultado que aceleraría su descomposición interna. Muchos delegados desconfían de las intenciones de los Estados Unidos y de la Comunidad Internacional, y sospechan que no están suficientemente comprometidos con la puesta en marcha de la hoja de ruta del Comunicado de Ginebra I de 2012 que establece una operación de “regime change” en Damasco, el cambio del gobierno de Bachar el Asad por un gobierno de transición con plenos poderes, integrado por representantes de los dos bandos, encargado de pilotar una transición a la democracia.

Por el contrario, el Presidente Bachar el Asad negocia desde una posición de fuerza gracias a la rehabilitación diplomática que le ha granjeado el cumplimiento del acuerdo sobre la destrucción de armas químicas y sus avances militares en el centro y en el norte del país. Se siente suficientemente fuerte como para cambiar el relato del conflicto y presentarlo como un episodio de la lucha contra el terrorismo, un saco en el que interesadamente mete a los elementos moderados de la Coalición y del Ejército libre sirio, y a las milicias islamistas próximas a Al-Qaeda. El régimen se afana en jugar la carta de la amenaza terrorista que tanto rédito político le ha proporcionado en el pasado al propiciar una retirada del apoyo militar occidental a la Coalición Nacional Siria.

Por último, cualquier solución al conflicto descansa necesariamente en la implicación de Irán y Arabia Saudita, las dos potencias que se disputan la supremacía regional en varias frentes incluyendo el campo de batalla sirio. Sin embargo, la ONU no ha invitado a Irán a Ginebra II, a pesar de la reciente apertura del régimen de los Ayatolás a Occidente desde que el reformista Hassan Rohani asumiera la Presidencia y firmase en noviembre un acuerdo interino para sentar las bases de la resolución de la cuestión nuclear iraní.

Al igual que Arabia Saudita que apoya al bando rebelde y sí ha sido invitada a Ginebra II, Irán es un actor principal en Siria pues garantiza la supervivencia de Bachar el Asad: tiene desplegados en Siria consejeros militares y fuerzas paramilitares propias y de su aliado Hezbollah, y le proporciona armas y combustible. Sin este balón de oxígeno, sería imposible explicar la recuperación militar del régimen a partir de la primavera pasada.

En este sentido, Jeremy Shapiro y Samuel Charap defienden en un artículo de 9 de enero en la prestigiosa revista Foreign Affairs que los Estados Unidos y Rusia deberían establecer una vía paralela de negociaciones entre los principales patrocinadores Arabia Saudita e Irán. Es una recomendación oportuna porque sin las armas, los fondos y los milicianos que éstos dos países proporcionan a los combatientes, el régimen de Bachar el Asad, el Ejército libre sirio y las milicias yihadistas no podrían seguir la lucha.

En definitiva, no parece que se den las condiciones adecuadas para la consecución de un acuerdo de paz en Ginebra II. Las partes carecen de la legitimidad y representatividad suficientes para alcanzar acuerdos viables y no se ha pergeñado una vía paralela de negociación entre Irán y Arabia Saudita, de los que en buena medida depende la continuidad del conflicto. Además, las partes tienen relatos radicalmente opuestos del objeto de la negociación.

Ahora bien, Rusia y Estados Unidos intentarán salvar los muebles y sacar algo en positivo de la Conferencia. Es más realista esperar que bajo la presión internacional se alcancen acuerdos puntuales de alto el fuego en ciudades como Alepo, y otras medidas de promoción de la confianza como intercambios de prisioneros y apertura de corredores humanitarios para aliviar el sufrimiento de millones de personas desplazadas en Siria.

Y todo ello sin desmerecer la importancia que significan estas primeras negociaciones directas entre las partes para el inicio de un proceso de paz que se anticipa dilatado en el tiempo, tortuoso y complejo por las derivadas que presenta en otros asuntos candentes en Oriente Medio como la cuestión nuclear iraní o el enfrentamiento regional entre Irán y Arabia Saudita.

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José Luis Masegosa Carrillo es olitólogo

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