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Desde la casa roja

Nucleótidos

Publicada el 13/05/2020 a las 06:00

Amanezco sobre las seis. A oscuras voy al baño y me salvo de mi cara en el espejo porque no enciendo las luces. Me hago un café. Por el camino, muevo el ratón del ordenador para que también se vaya despertando. A oscuras busco un sinónimo en el diccionario para este artículo alumbrándome con la linterna del móvil. Conciliar: compatibilizar, coordinar, avenir, concordar. Me pongo una chaqueta de lana gruesa y unos calcetines y me siento en el despacho, antes cuarto de la plancha y de las cajas que nunca se deshicieron tras la mudanza. No sé con cuál de todos los ánimos que he atravesado en estos meses enfrentaré el día. Los pájaros gritan unos detrás de otros en la encina que está a punto de arrojar la primavera sobre nuestra casa. Son las seis y cinco de la mañana. Empiezo a teclear y en la oscuridad le oigo: ¿mamá?

Que alguien me diga el secreto: qué hilo invisible va de mi teclado al párpado de mi hijo. Me acurruco en su cama, le respiro y, para que vuelva a dormirse, me duermo con él. Es cierto que serán las mejores horas de sueño. Puede que las mejores horas del día. Su pie en mi cuello y mi cuello sin almohada. Formamos una nebulosa de dos cuerpos pesados sobre el colchón. En nuestra pequeña galaxia cerrada no hay heridas. En cuanto abra los ojos, lanzará la primera pregunta del día. Escribo esta intimidad para dejar constancia de algo: me ha quedado claro en estos meses que los padres tenemos que justificarnos continuamente frente a desconocidos por haber tenido hijos antes de levantar la voz. Triste.

Hasta la tarde, cuando su padre emerge de nuestro sótano, donde trabaja a golpe de videollamada y giran las tornas y comienza su jornada familiar, no podré regresar a la escritura y lo haré solo con la mitad de mí y con interrupciones. Yo no tengo a nadie que me exija estar frente a la pantalla. Y tengo facilidad para desconectarme de todo, menos de ser madre. Para entonces, habré lavado, tendido, doblado y guardado ropa, ya toda encogida y gris por los programas de altas temperaturas. Habré hecho una compra por teléfono y desinfectado encimeras, pomos e interruptores. Con las ruedas de prensa de Simón de fondo, aunque sin conseguir atender nunca a lo importante, habremos jugado a los trenes, al escondite, bloques de madera, plastilinas, habremos visto dibujos animados, hecho la tarea que envían del colegio y regado las plantas de dentro y de fuera. Suerte que en una amargura del pasado compramos un aspirador de esos que pasean solitarios por los rincones. Pero el ruido exterior ya habrá conseguido colarse en un despiste: los juegos sucios, las miles de informaciones, las conexiones en directo, las mascarillas que sí y que no, la vergüenza, las cifras diarias.

Las cifras.

Hay quien dice que por qué hablamos de esto con la que cae afuera. También hay completos desconocidos dispuestos a administrar las emociones más íntimas de los demás. Y las economías. Somos 6,2 millones de hogares con niños en España. Tal vez es hora de prestar atención a lo que está sucediendo en las casas mientras no puedan ir al colegio. Peor me parece tener que agradecerle a una enfermedad haber conseguido que alguien ponga el foco (tenue) en los cuidados y, vaya, los hemos visto en los huesos. Es la imagen saturada de lo que ya teníamos.

Las familias se enfrentan a estas semanas con los recursos económicos y emocionales que ya traían exhaustos. Con laxitud en las normas y sin saber hasta cuándo se prolongará esta simultaneidad que a nada atiende del todo. Intento no abrir la boca con tanto privilegio encima. Pero si sacas la cabeza, es fácil ver que muchos ya están tocados; otros, hundidos, y nadie sabe qué fondo rozaremos. ¿Qué han hecho las familias monoparentales? En la vieja normalidad, para que muchas mujeres consiguieran rozar algunas metas, otras mujeres eran explotadas y renunciaban a cuidar a sus propios hijos. Me pregunto cómo terminará esto después de nueve meses, si es que en septiembre regresa la normalidad: con una brecha social y de género bastante más hundida. Y un mensaje aún más depredador latiendo por debajo: sálvate de la brecha que puedas.

Al próximo que me diga que aproveche de estos días y que disfrute de mi hijo, a lo mejor sí tengo fuerzas y le respondo suave que yo ya disfrutaba todos los días de él y sin este nudo permanente en la garganta. ¿Reconocerá su escuela en septiembre o ya siempre será de otra forma eso de ir al colegio? ¿Cuánto significará este punto y aparte en su vida? ¿Es esto lo que diferenciará nuestra infancia de la de nuestros niños? ¿A la renuncia de muchas madres y padres le seguirá la de los que obtienen beneficios con su trabajo? ¿Estamos entendiendo todos lo mismo? En mi diccionario de sinónimos, no encuentro que conciliar signifique lo mismo que renunciar.

Mientras, el pequeño hace planes para el futuro, “cuando acabe el maldito coronavirus”, y sigue con su descubrimiento constante y su metralleta de preguntas: Cómo funciona el oído. Qué pasa cuando tiro de la cisterna. Dónde están los niños antes de meterse en las barrigas. De qué está hecho el ADN. O, el otro día, mientras el pleno, cuando parecía que jugaba a mis pies sin escuchar: Qué es una señoría. Qué es una tribuna. Quién es Abascal. Dónde guarda el dinero Pedro Sánchez. No nos perdemos ni una.

Nucleótidos, le digo después de buscarlo en el teléfono.

El ADN está formado por nucleótidos.

De esta, al final, todos estamos aprendiendo.

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11 Comentarios
  • Francisco Goya Francisco Goya 14/05/20 12:44

    No tengo hijos, pero comparto plénamente la reflexión de su autora. Los padres en esta pandemia están haciendo un esfuerzo todavía mayor si cabe que antes para conciliar que como apunta no es sinónimo de renunciar. Para todos está siendo difícil pero para unos o unas mucho más que para otros u otras. Todos estamos aprendiendo sobre la marcha cada día en cada momento: si trabajas o si, como en mi caso, dejaste de trabajar para opositar y ahora todo se ha parado sin fecha.
    También los políticos han tenido que aprender sobre la marcha a tratar con este virus y sus consecuencias, pese a ello siempre hay quien pretende hacer leña, incluso cuando el árbol todavía no se ha caído.Confío en que todas y todos saquemos lecciones valiosas de la pandemia y aprendamos de los errores para cambiar y facilitar las cosas, incluida la conciliación real mediante el teletrabajo o mediante horarios más racionales, sin embargo, siempre habrá quien no quiera construir, es mucho más cómodo y fácil destruir, ojalá que como canta Sabina las mentiras parezcan mentiras y ser valiente no salga tan caro, porque a algunos ser cobardes les sigue valiendo la pena.

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  • TURACA TURACA 13/05/20 20:31

    Gracias Aroa, seguro que empatizamos contigo.
    Permíteme una pequeña cuestión gramatical, inicias con un "amanezco", y tú sabes que es verbo impersonal. Gracias por tus artículos.

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  • w.montañes w.montañes 13/05/20 16:32

    Púes sí, no son tiempos fáciles trabajando con niños en casa. Hasta los que nos toca hacerlo estamos aprendiendo a reconocer la labor de los educadores en las guarderías y de los profesores.

    Qué pasará cuando todo pase? Ya que hablas de brechas, diré que habrá una nueva brecha, entre los que han tenido que cuidar y los que no. Aunque dudo mucho que se hable de ella, quedando enmascarada como siempre dentro de la famosa brecha de género.

    Gracias por el artículo!

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  • Miguel2020 Miguel2020 13/05/20 13:19

    Excelente articulo el de Aroa titulado NUCLEOTIDOS...transmite muy bien las dificultades de ser madre hoy en día. Además lo hace con un buen estilo de prosa comprensible y accesible para la gran mayoría. Le invito a que lo siga haciendo. Siempre tendrá fieles lectores. Enhorabuena!!

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    • Aroa Moreno Durán Aroa Moreno Durán 13/05/20 19:48

      Gracias.

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  • Maspipe Maspipe 13/05/20 12:11

    Te lo puedo explicar muy fácil, Aroa; soy casi médico y mando militar en reserva, por encima de las armas en mí prevalece la sanidad... ahora entre otras cosas tb soy físico teórico... con una de mis últimas teorias quizá lo entiendas: ahí va: .- El Tiempo no existe, el ayer, el microinstante del Ahora, y el Futuro están juntos en un superplegamiento masivo del Espacio, tus nucleótidos de tu RNA (ribosomal y Exclusivo materno) están juntos y por toda la eternidad lo estarán con los de tus hijos)… espero no haberte asustado, cordiales saludos. Manuel_Hernadez (face).

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  • passarola passarola 13/05/20 08:27

    Escribes muy bien Aroa, me he identificado al cien por cien con tus palabras y las he sentido, gracias y saludos

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  • Justo villafañe Justo villafañe 13/05/20 01:34

    Querida Aroa, no sé qué edad tienes pero imagino qué recuerdas el revolcón anterior. No  quiero saber nada en concreto sobre tu vida, porque aunque aprecio tu texto de hoy no quiero deprimirme más de lo razonable. Simplemente un pequeño detalle: Te imaginas esto con un gobierno como el anterior? Sé fuerte y haz fuerte a tu hijo; lo necesitamos.  Justo Villafañe.

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    • Aroa Moreno Durán Aroa Moreno Durán 13/05/20 19:48

      Prefiero no imaginarlo. 

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  • subeChico subeChico 12/05/20 22:58

    Y lo más sorprendente es, Aroa, que esos nucleótidos solo son 4.y con ellos están escritos en la infinita secuencia que es el cromosoma todos los mensajes de la vida. Cada secuencia de tres de ellos forman una letra de ese alfabeto. Y todo organismo viviente emplea el mismo código. Maravilloso ?No? Incluso los virus que se hallan en la frontera entre lo viviente y lo inorgánico. Fascinante.

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    • Aroa Moreno Durán Aroa Moreno Durán 13/05/20 19:47

      Es de lo más alucinante que tenemos. Abrazo.

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