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Plaza Pública

Los límites de la ética animal

Jesús Zamora Bonilla
Publicada el 29/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 28/03/2019 a las 20:22
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No hay duda de que uno de los temas fundamentales en los debates éticos del futuro será el de nuestras obligaciones morales respecto a los seres no-humanos, y en particular respecto a los animales de otras especies. También es muy probable que, no solo las discusiones filosóficas, sino las actitudes de una buena parte de los ciudadanos a propósito de este asunto, vayan a sufrir una transformación muy notable con respecto a las que han sido predominantes hasta hace poco. Me parece, en cambio, que no cabe hacer en este ámbito una lectura más o menos simplista de “progreso lineal” como la que ejemplifica el artículo de mi buen amigo Ignacio Sánchez-Cuenca (La ceguera moral, infoLibre). Intentaré resumir muy brevemente los principales argumentos que me llevan a ser escéptico sobre el maximalismo animalista (por decirlo así) que este artículo ejemplificaría.

En primer lugar, estoy de acuerdo en que el progreso civilizatorio tenderá a ir condenando de manera cada vez más severa la crueldad hacia los animales, tanto según el significado literal de “crueldad” (deleitarse en el sufrimiento ajeno), como en el sentido más laxo de causar un excesivo sufrimiento, aunque sea sin hallarlo agradable directamente. Esto contribuirá a que sigan extendiéndose las normativas sobre bienestar animal y haciéndose más rigurosa su aplicación, pero veo casi imposible que se llegue al extremo de concederse a los animales un estatuto como sujetos de derechos morales a la misma altura que el que los humanos se conceden a sí mismos (p.ej., difícilmente se llegará a considerar igual de obligatorio salvar la vida de un animal que la de un ser humano): los animales siempre serán, de alguna manera, sujetos morales de segunda categoría, aunque cada sociedad futura pueda decidir de maneras peculiares qué implica exactamente un tal orden de prelación.

En segundo lugar, aunque es cierto que adelantos tecnológicos como la carne sintética, y cambios sociales como una creciente preferencia por dietas con menos productos de origen animal, pueden llevar a disminuir de manera notable la demanda de animales para su consumo, es impensable que a medio plazo esta demanda llegue a convertirse en marginal. Una vez garantizado que los animales que sacrificamos han llevado una vida no menos placentera, y sufrido una muerte no más dolorosa, que las que cabría esperar que hubieran tenido en estado salvaje, los escrúpulos morales para su consumo serían demasiado limitados como para suponer un contrapeso al deseo o a la necesidad de seguir consumiéndolos (incluyendo su imprescindible uso para la experimentación científica). No sería impensable, incluso, que una ética más centrada en nuestra íntima conexión con los ciclos naturales llegase a popularizar en el futuro la visión de un significado “ritual” o “místico” en la ingesta de carne, como el que le han atribuido muchas sociedades primitivas. Al fin y al cabo, la muerte es una parte del ciclo de la vida, y el sufrimiento que la muerte propiamente dicha causa a los animales (descontado el dolor, que hemos supuesto ya minimizado, del proceso que les haga morir) es sustancialmente menor que el que nos produce a los humanos, tanto en el caso del miedo anticipado a nuestra propia muerte o la de nuestros seres queridos, como en la duración, intensidad y significación del duelo que nos causa la pérdida de estos.

En tercer y último lugar, mención aparte merecen prácticas como la caza y el toreo. Pienso que esta última no merece que nos preocupemos demasiado, pues se trata de una costumbre destinada a una rápida desaparición: actualmente sobrevive gracias a la existencia de subvenciones públicas, pues la demanda “privada” de los propios aficionados, un grupo sociológico muy menguante, es claramente insuficiente para sostener por sí sola toda la infraestructura económica necesaria. Un par de oleadas democráticas hacia la izquierda en las próximas décadas terminarán, sin duda, con reducir la tauromaquia al espacio de los libros de historia.

La caza es un asunto muy diferente. Por un lado, se puede sostener a sí misma mediante financiación privada en mucha mayor proporción que el toreo, de modo que sería necesario prohibirla y perseguirla activamente para su eliminación. Por otro lado, el sufrimiento que causa a las presas es esencialmente idéntico al que les produce ser capturadas y devoradas por un depredador natural (salvo, quizá, en el caso de algunas prácticas más condenables), de manera que los argumentos basados en los criterios de bienestar animal son mucho más difícilmente aplicables. Pero, lo que es más importante: en la mayor parte del territorio de las naciones avanzadas han desaparecido casi completamente los grandes depredadores naturales (y hemos de añadir que por fortuna, pues no querríamos que una simple excursión al campo conllevara el riesgo de ser devorados por lobos o leones), de manera que las poblaciones de muchos herbívoros tienden simplemente a expandirse hasta poner en peligro, no solo las cosechas, sino el propio ecosistema “natural”.

La caza es, sencillamente, el mecanismo de control más adecuado para limitar el crecimiento excesivo de algunas de esas especies (no de todas, por supuesto). Nuestros descendientes tendrán que elegir entre sacrificar el excedente de venados salvajes utilizando a cazadores que lo hagan por afición, o a través de apáticos funcionarios, o mediante sacerdotes de algún nuevo rito paleo-ecologista... o bien reintroduciendo al león en los Montes de Toledo, pero creo que esto último será menos probable. El caso es que enfrentarse a la tarea de matar animales no entrará nunca, por desgracia, entre las actividades de las que las futuras civilizaciones puedan prescindir por completo.
_____________

Jesús Zamora Bonilla es catedrático de Filosofía de la Ciencia y decano de la Facultad de Filosofía de la UNED.
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6 Comentarios
  • Grever Grever 31/03/19 13:36

    Gracias por las reflexiones esclarecedoras, para esto nos hacen falta los filósofos.

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  • leandro leandro 29/03/19 21:13

    No estoy de acuerdo en el tema de la caza . El medio natural puede regularse por si mismo si no se eliminan los depredadores . Si la gente quiere salir al monte puede hacerlo como se hace y se hizo siempre incluso cuando existían abundantemente y no era normal ser comido por lobos u osos . Normalmente los desajustes causados por el hombre son los que provocan esos desastres que acaban con ecosistemas , simplemente habría que ayudarlos un poco para que se autorregulen hasta alcanzar su equilibrio y ello pasa por acotar la extensión del ganado doméstico que nunca estuvo tan extendido como lo está ahora y eso es una realidad digan lo que digan . En segundo lugar no veo porque ha de seguir siendo primordial el mantenimiento del antropocentrismo como sugiere el autor . Yo creo que la sociedad madura a pasos agigantados y ya va siendo capaz de alejarse de lacras como el machismo y cada vez es más opuesta a todo tipo de esclavismo . Otra cosa es que haya minorías maledicentes empeñadas en controlar a los demás y hacer del planeta como algo suyo . ¿ Acaso se debe descartar porque si que la sociedad quiera y consiga imponerse y cortar cabezas imponiendo un modelo más justo e igualitario dejando atrás el modelo capitalista ? Porqué se descarta esa opción . Yo creo que el humanismo bien entendido no está muerto y conlleva un respeto hacia el ser humano y el resto de los seres vivos muy aceptado por la gente . La duda y la búsqueda de un mundo mejor nunca muere . En cuanto al vegetarismo progresa día a día y el consumo de carne avanza en los países en desarrollo pero en los desarrollados cae , y si no pregunten a los carniceros .

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  • Segedano Segedano 29/03/19 11:31

    Celebro haber encontrado, por fin, un texto que resume lo que yo mismo pienso respecto de la llamada “ética animal” y sus límites, pero que nunca he sabido exponer de manera tan precisa como concluyente, como lo hace Zamora Bonilla.

    Tengo amigas seguidoras de PACMA y, cuando surge alguna discusión respecto de la consideración que debiéramos tener sobre los animales como sujetos morales, acabamos siempre en un punto final ciego. Precisamente el que señala el profesor, es decir, a qué orden de prelación ética debemos atenernos dentro de una secuencia casi infinita en la controvertida relación entre los seres humanos y los animales. Ahí está el quid de la cuestión.

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  • yoseph walker yoseph walker 29/03/19 10:41

    El tema de la caza, en mi opinión, tiene dos vertientes. Una seria la cuestión moral. Esas personas que cazan por diversión en cotos que se mantienen de manera artificial para disfrute de personas adineradas y que llevan a cabo una serie de actividades paralelas como pueden ser los negocios o la misma prostitución.
    Otra vertiente sería la caza como actividad rural, que, siendo algo jovial, contribuye a la contención de ciertas especies cuyo excesivo desarrollo perjudicaría la ganadería o la agricultura. No es mo mismo cazar consejos o jabalíes que cazar trofeos.

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  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 29/03/19 09:13

    Los herbíboros son depredadores de vegetales, los carnívoros de animales y los onmívoroso de todo, peces y aves incluidos. Para alimentarse es necesario matar al ser vivo, sea un vegetal o un animal,pero la ética que nos distingue de los demás animales y nos obliga, por respeto a nosotros mismos, a no maltratarlo. No es su derecho ¿acaso tiene derecho el raton a que el gato no juguetee con él antes de matalro? sino nuestra ética la que nos impide ese comportamiento, que es peor que el del gato que ni clava picas, ni banderillas al raton, sólo lo torea con capa o muleta y al final lo mata. No hay que humnizar a los animales, sólo tiene derechos quien puede tener obligaciones; hay que humanizar al ser humano. Nuestro derecho tiene un fundamento ético y por eso se debe respetar; el toreo debe seguir el camino de su ilegallizacion del "derecho" a divertirse viendo las peleas entre gladiadores o de escalvos ante las fieras en el circo; el derechoa los ajusticamientos públicosde herejes, brujas, rebeldes, pero también de delincuentes, era un espectáculo ejemplar; el derecho de uso y abuso sobre los esclavos convertidos en animales domésticos; el derecho sobre la propia esposa obligada al "débito conyugal" hasta hace bien poco; etc..
    Arte no significa otra cosa que la habilidad o la técnica para hacer algo. Si ese algo tiene un valor cultural, un cuadro, un edificio, una poesía, una escultura, etc., es un valor digno de protegerse. Pero el arte de la tortura, el arte de la guillotina, el arte de la decapitacion, el arte del maltrato, el arte del toreo, etc. por artistas que sean los que cometan esos actos podrán ser muy artistas en su ejecucion pero son gente con un nivel ético infame. No todos esos actos se considera igual de infames, por eso algunos ya son ilegales: la diversion con las peleas de gallos y las de perros, aún se mantiene el toreo. El TS ha cometido otro error con su últma sentencia en relacion con el asunto de los toros. Hay cuadros y esculturas sobre el toreo, pero también sobre quema de herejes y brujas, de guillotinados, de decapitados, de ahorcados. El cuadro puede ser una obra de arte; lo que representa siempre será una indecencia ética.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 29/03/19 11:42

      Si se prohibiera todo lo que es moralmente reprobable o conduce con gran probabilidad a conductas inmorales habría que prohibir las religiones y el alcohol mucho antes que los toros. Nadie se ha atrevido a lo primero y los que sí se atrevieron a lo segundo comprobaron que era peor el remedio que la enfermedad. Los toros son un espectáculo moribundo que se terminará por sí solo porque ya no tiene apenas espectadores y lo mismo ocurriría con las religiones (y por la misma causa) de no ser por los gigantescos activos económicos que están detrás de ellas, al revés que con el modesto y decadente espectáculo taurino. Observo con mucho desagrado que cierta parte de la sociedad a la que se suele considerar de izquierda se dedica con fruición a causas totalmente secundarias a lo que debería ser su tarea fundamental, que no es sino promover la igualdad: ¡pues no tienen tarea en el mundo actual para perderse en tiquismiquis! Además de confundir el fin, creo que lo hacen de forma cobarde porque en muchos casos se dedican con grandes alharacas a alancear moros muertos o casi muertos: la prohibición del ejercicio de la tauromaquia es un caso paradigmático.

      Conozco excelentes personas que son aficionados a los toros y bichos malos que presumen de amor a los animales pero lo primero que hacen es capar al gato para que no dé la lata. Me enervan los progres de salón que se ceban como si fueran la clave de un mañana mejor en asuntos irrelevantes y, además, lo hacen por razones equivocadas. Quizá por haber vivido mi juventud en una sociedad represiva en que estaba prohibido casi todo, rechazo instintivamente cualquier prohibición que no sea realmente imprescindible, pero veo con mucha preocupación que la izquierda actual prohibiría todo lo que le desagrada, que resulta ser un conjunto amplísimo de actividades humanas. Esta izquierda me recuerda a las hermanas Hurtado, las "tacañonas" del "Un, dos, tres" de Ibáñez Serrador, con la diferencia de que ellas eran una caricatura amable y esta izquierda es, además de equivocada, adusta e intransigente. Unas gotitas de liberalismo o simplemente de transigencia les vendrían estupendamente.

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