Plaza Pública

¿Monarquía o democracia?

Lo ha dicho ahora. El rey Felipe VI lo ha dicho ahora, cuando andábamos metidos en otro asunto. Lo sabía —siendo respetuosos con los presuntos plazos— desde hace un año por lo menos, pero ha esperado a decir públicamente lo que lleva años siendo un clamor popular. Su padre, según algunos poco menos que el fundador y principal valedor de nuestra democracia, llevaba mucho tiempo llenando las alforjas de dinero fraudulento y llevándoselo al extranjero, a buen recaudo de esa fiscalidad a la que todos estamos obligados por una ley que, una vez más, se ha demostrado que no es igual para todos, como exigen además la Constitución, el sentido común y el comportamiento decente de la ciudadanía.

Lo sabía el rey Felipe VI, sabía que su padre metía mano en la caja pública y en las comisiones pagadas por jerarcas foráneos, y también por una nómina no escasa del empresariado patrio, para derrocharlo él mismo en viajes a lo Hemingway, en regalos a sus amores más o menos clandestinos, en fanfarrias con sus amigos: reyes, jeques y otros perfiles multimillonarios. Lo sabía el rey de ahora y no dijo nada. No puso la lógica denuncia en la fiscalía. No salió a la palestra para anunciar que hasta ahí llegó la riada, que hasta ahí llegaba la permisividad institucional que protegía injustamente la corrupción del padre, que se acabaron la oscuridad que amparaba esa corrupción y el mirar a otro lado cuando las evidencias de tanta indignidad hacían inútil la posibilidad de seguir escondiéndola a la opinión pública. Hacía más de un año —según las fuentes que abundan estos días en algunos medios de comunicación— que el monarca de ahora conocía las tramas de corrupción que protagonizaba su padre: pero no ha dicho nada hasta ahora, cuando todo anda patas arriba y un comunicado de la casa real nos acaba de tratar como si fuéramos cagones en una escuela anclada todavía en las tablas cantadas de multiplicar y en la inagotable dinastía de los reyes godos.

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La casa real ha hablado cuando a este país ya no le cabe más dolor por dentro y por fuera, cuando hay gente que se está dejando la piel para que ese dolor sea lo más leve y lo más llevadero posibles, cuando la vida se está convirtiendo en una noble pizarra donde empezar a garabatear las primeras letras de un nuevo, común y necesario aprendizaje. En medio de todo ese dolor, y como de tapadillo, ha hablado el rey Felipe VI a través de un comunicado para decir que renuncia a la herencia personal que le tocaba de su padre. Lo que ignoran —imagino que aposta— el monarca y sus asesores es que la corrupción de Juan Carlos I no es un asunto privado, familiar, sino que alcanza las dimensiones más evidentes de lo público y las cotas más igualmente ineludibles de lo político. La monarquía no tiene sólo que ver con la dinastía borbónica, sino con eso que simple y llanamente se llama democracia.

El daño que la corrupción de Juan Carlos I le ha podido hacer a la monarquía —lastrada también por otros notables casos de corrupción— se alarga al que por ese mismo motivo puede estar sufriendo la democracia. El comunicado de la casa real considera que esa democracia es una democracia débil, una democracia que acaba, injustamente, donde empieza la responsabilidad política —insisto: política— de la corrupción del rey emérito. Ha sido inútil hasta ahora emplazar a la justicia española a que tome cartas en el asunto. No hay manera de que la justicia sea igual para todos. El Tribunal Supremo y las derechas con el PSOE en el Congreso corren una vez más el tupido velo de la negación para que la corrupción de Juan Carlos I siga disfrutando de una impunidad inexplicable. En el fondo, lo que pasa es que les da miedo que asumir la corrupción del monarca -¿de la monarquía?- lleve a hablar ineludiblemente, y en marco institucional, de la República. ¡Uuufff, la República!

Me pregunto, para terminar, por qué lo que ha dicho el rey Felipe VI en ese comunicado se ha podido entender como un gesto de nobleza. Me lo pregunto porque ese comunicado insiste una vez más en que la monarquía en España pertenece al ámbito de lo privado y no a la esfera incontestable de lo público. Por eso no entiendo —o sí— que una vez más y por desgracia la monarquía se aísle de la sociedad en un ejercicio que yo considero —dicho con toda la modestia del mundo— no tanto de nobleza como de cinismo. Porque si la monarquía no tiene nada que ver con la democracia —y está a la vista que demasiadas veces es que no— y me dan a elegir —como en una versión personal de la canción de Los Chunguitos— entre la monarquía y la democracia, sin ninguna duda me quedo con la democracia.

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