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Vacaciones eternas

El templo del fondo

  • Okunoin, en Osaka, acoge a quienes, como el monje poeta Kukai, aguardan la llegada del Buda del futuro: allí no hay muertos, solo ánimas que esperan
  • La espiritualidad del lugar y los ritos que allí se practican contrastan con presencia de cenotafios “patrocinados” por las empresas de los fallecidos.
  • En verano, infoLibre realiza una ruta hacia cementerios cuya singularidad, riqueza artística y valor histórico atraen a los turistas en todo el mundo

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 01/09/2019 a las 06:00 Actualizada el 31/08/2019 a las 15:03
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El cementerio de Okunion, en Japón.

El cementerio de Okunion, en Japón.

INGENIO DE CONTENIDOS
En Okunoin, nos dijeron, no hay muertos, solo espíritus a la espera... El principal de todos, el del monje poeta Kukai (774-835), institutor de la comunidad religiosa del Monte Koya, que permanece en estado de meditación aguardando a Miroku, el Buda del futuro, que salvará a todos aquellos que reposan en las tumbas o cuyos cabellos o cenizas hayan sido colocados por seres queridos frente al Mausoleo consagrado al fundador.

De momento, acechan ese momento más de 200.000, que ese es el número de sepulturas que hay en este cementerio, el más grande del archipiélago japonés, uno de los lugares sagrados más venerados de las islas y un lugar habitual de peregrinaje para creyentes budistas shingon en particular (sobre todo, el día del Obon, cuando celebran el Rosoku Matsuri y los monjes encienden miles de velas a lo largo de los caminos), y para turistas en general.

Budas con baberos

La semana pasada estuvimos en el cementerio más pequeño y modesto de esta serie, el de Niembro, una península en la ría, a donde llegamos tras visitar uno monumental, el de La Certosa de Bolonia, en Italia; uno alegre, el de Sapanta en Rumanía; y uno cargado de historia, el estadounidense de Normandía. Todos ellos, cementerios europeos. El último, sin embargo, está bien lejos, en Japón. Es monumental, tiene rincones alegres, está cargado de historia y se sitúa en un enclave magnífico. Los compendia a todos, y no se parece a ninguno.

  Monte Koya, al sur de Osaka. Kukai se estableció allí el año 819, eligió el lugar porque es una gran meseta situada a unos 800 metros sobre el nivel del mar y rodeada por ocho picos: su semejanza con una flor de loto debió resultarle irresistible, y a buen seguro pensó que los muchos árboles y la espesa niebla serían guardianes inmejorables de los misterios de la secta budista koyasan shingon, un linaje tántrico conocido por su mikkyo: las enseñanzas secretas monásticas son transmitidas oralmente respetando una cadena de conocimiento.

El primitivo monasterio ha crecido hasta convertirse en la ciudad de Koya, que no obstante su desarrollo conserva las esencias gracias a una universidad dedicada a los estudios religiosos, a un centenar largo de templos y a sus lugares sagrados: Kongobu-ji, Danjogaran, Konpon Daito, Sanno-do, Koyasan choishi-michi, Daimon, el mausoleo de la familia Tokugawa… y el cementerio que nos ocupa que, junto con otros destinos cercanos de peregrinaje sitos en la cordillera Kii, está amparado por la UNESCO.

Okunoin significa el templo en el o hacia el fondo. Es enorme, sus centenares de miles de tumbas se distribuyen a lo largo de los dos kilómetros que nos llevan desde la entrada principal (que no única) del camposanto hasta el mausoleo de Kukai, más conocido en Japón como Kobo Daishi. Comprando su parcela de enterramiento en ese lugar, monjes prominentes y señores feudales adquirieron billete para la salvación que supone estar en ese sitio, y pasados los años sigue habiendo personas y familias dispuestas a hacerlo.

Como todo en ese país, y a pesar del relajamiento de costumbres impuesto por los occidentales que se acercan atraídos por solemnidades y arcanos, la visita a Okunoin tiene sus ritos. Cuando cruzan el puente Ichi no Hashi, plenamente conscientes de que atraviesan la frontera que separa dos mundos, los fieles juntan las manos y bajan la cabeza en señal de respeto. La pleitesía se repetirá más adelante, no faltan puentes que simbolizan ese tránsito a lo más sagrado: el de Naka no Hashi o el Gobyo no Hashi, cuya pasarela de 36 tablas está grabada con las imágenes de dioses budistas.

El recorrido establecido presenta, no obstante, puntos de fuga propiciados por los gigantescos cedros que el visitante ajeno a los rituales explora con fruición. Y que le deparan momentos de sorpresa y confusión, como cuando se topa con estatuillas de budas sonrientes que parecen prepararse para un festín y se cubren con baberos rojos...
 
Una extrañeza que tiene su explicación: los pecheros son ofrendas que las madres hacen a los dioses buscando protección para sus hijos en el más acá, o suerte para ellos en el más allá.

El espacio más sagrado

Hemos mencionado antes el Gobyo no Hashi, puente de paso a la esfera más sagrada del cementerio. Un territorio en el que las actividades están muy restringidas: no se puede comer, es mejor no hacer fotografías. Cerca, vislumbramos la chozuela de madera que contiene la piedra Miroku, que pesa tanto como los pecados de quien la levanta. Y un poco más allá asoma el Torodo, un pabellón festoneado de miles de linternas luminosas donadas por los creyentes, algunas de las cuales, o eso se afirma, llevan encendidas más de novecientos años.
 
En el mismo templete hay también miles de estatuillas igualmente donadas, éstas en 1984 con motivo del 1.150 aniversario del momento en el que Kukai accedió al estado de meditación en el que aún sigue… De hecho, ya pisamos el umbral del espacio donde descansa y espera.

  Pero no todo en este lugar sagrado es tan elevado. Mencionamos antes a los monjes y aristócratas que quisieron descansar aquí, y que aquí siguen haciendo tiempo hasta el advenimiento del Buda del futuro. Pero esta tierra sagrada no acoge sólo a religiosos y señores, en ella aguardan gentes de toda condición y dedicación, como se comprueba con un simple paseo entre los monumentos funerarios más recientes, algunos de ellos pagados (casi apetece escribir “patrocinados”) por las compañías (Nissan, por ejemplo) a las que los fallecidos consagraron sus desvelos, y que no lo dudaron cuando se trató de dejar constancia de esa relación laboral en los cenotafios.

Nos tenemos que ir. Dicen que, si de día impresiona, de noche conmueve y sobresalta; pero renunciamos a hacer la prueba, la visita diurna nos ha impactado lo suficiente. Sobre todo, esas infinitas representaciones del Jizo Bosatsu, guardián de los viajeros, de los niños y de la maternidad, siempre sonriente, a veces con las mejillas encendidas, como cuando los personajes de anime se sonrojan. Abandonamos la zona como si hubiéramos compartido una revelación esencial con Heidi.
 
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