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Vacaciones eternas

Dalla, que estás en los cielos

  • La Certosa de Bolonia destaca por su monumentalidad artística y su complejidad urbanística: es una auténtica “ciudad de los muertos”
  • Turística avant la lettre, en el XIX fue visitada por los viajeros que llegaban a la ciudad: Byron o Dickens dieron testimonio de sus paseos por este camposanto
  • En verano, infoLibre inicia una ruta hacia cementerios cuya singularidad, riqueza artística y valor histórico atraen a los turistas en todo el mundo

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 04/08/2019 a las 06:00
Tumba de Lucio Dalla en el Cementerio de La Certosa en Bolonia, Italia.

Tumba de Lucio Dalla en el Cementerio de La Certosa en Bolonia, Italia.

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Lucio Dalla está enterrado aquí, coincidimos en su tumba con una pareja que le presentaba sus respetos: hay quien, italianos sobre todo, no necesita ninguna razón más para visitar La Certosa. El cantautor boloñés murió en 2012, tres días antes de cumplir 69 años, sus restos reposan en la “zona noble” de un cementerio enteramente aristocrático, en una tumba singular: la preside una silueta de aires charlotianos y tamaño natural, tomada de la que aparecía como sombra en la carátula del álbum DallAmericaCaruso. Es como si el artista, Antonello Paladino, hubiera querido regalar a los admiradores un último encuentro cara a cara con su ídolo.
 
Certosa significa cartuja, y en Italia hay tantas como ciudades: la de Pavia, la de Florencia… La de Parma, por supuesto, la más literaria gracias a Stendhal: de La Cartuja de Parma, Italo Calvino dijo que era “la más bella novela del mundo”; y a Balzac le pareció una creación que “expresa la perfección” y la madurez de un escritor.

Pero estamos en Bolonia. La historia de la cartuja local comienza bajo la advocación de San Girolamo de Casaa a mediados del siglo XIV. Clausurada por Napoleón en 1797, fue definitivamente reabierta en 1801, cuando se estableció allí un cementerio que pronto demostraría su vocación de monumentalidad. Tanta, que se convirtió en un foco de atracción irresistible para aquellos jóvenes aristócratas ingleses que completaban su educación con un viaje iniciático por Europa: el Grand Tour, experiencia concebida para forjar el carácter de los cachorros de un cierto nivel social y económico y ampliar sus conocimientos, de duración fluctuante y recorrido variable pero que siempre pasaba por Italia. Eso explica que Lord Byron o Charles Dickens conocieran y dieran testimonio de la belleza de este camposanto. En cierto modo, todos los que visitamos Italia seguimos sus pasos.
 
Desde entonces, La Certosa ha seguido creciendo en excelencia y complejidad conforme el núcleo primero iba siendo completado y ampliado, al ritmo de las necesidades de Bolonia y las ganas de lucimiento de sus familias residentes; también gracias al talento de los artistas que recibieron el encargo de construir logias, pórticos y salas, de diseñar pasajes umbrosos y espacios abiertos, de pintar y esculpir homenajes y recuerdos.

El resultado es pasmoso: el cementerio ha adquirido el aspecto de una ciudad. E insistimos en el calificativo, monumental, porque es el único que viene a la boca cuando se trata de definir esta necrópolis colosal con un incalculable valor artístico.
 
El visitante, tanto el que decide seguir el recorrido recomendado por las guías como el que opta por dejarse llevar, descubre un camposanto que se rige por una implacable lógica interna. Nosotras nos propusimos seguir las indicaciones, y fuimos felizmente incapaces de atenernos a ellas, tantas son las cosas que atrapan la atención del viajero y le desvían de la ruta preestablecida. Quizá nos perdimos algo… pero el asombro que nos guiaba compensa esas omisiones.

De entrada, y en eso no desafina respecto a la ciudad que lo acoge, el cementerio de Bolonia puede recorrerse casi entero sin abandonar los pórticos (los de la ciudad son los más largos del mundo, unos 40 kilómetros de aceras porticadas), lo cual le confiere un encanto peculiar. Sus claustros y campos numerados marcan el tiempo histórico como un calendario. Así, el Claustro III es un escenario neoclásico cuyos monumentos fúnebres están hermoseados con pinturas al fresco o con témperas sobre pared.

  Pero también hay espacio para ciclos artísticos e históricos radicalmente distintos y mucho más próximos. La Certosa acoge un osario de los caídos en la Primera Guerra Mundial, con restos de casi 3.000 soldados italianos, así como de cientos de soldados austrohúngaros que murieron en campos de prisioneros del área de Bolonia.
 
La Segunda Guerra Mundial también modificó la planta del cementerio, obligado a dar sepultura a partisanos, víctimas de los campos de concentración, boloñeses que resistieron la invasión alemana… El siglo XX, lo veremos cuando visitemos Normandía, ha sido dramáticamente generoso con los camposantos.

Con todo, si algo recordamos de La Certosa son esos rincones descuidados donde la luz caprichosa jugaba al claroscuro con flores, figuras y mausoleos; o esos otros en los que alguien se afanaba para mejorar el aspecto de la tumba de un prócer, o de la de un artista, porque para los que allí duermen el paso del tiempo ha dejado de ser una prioridad, pero, para los vivos, es un agente de destrucción al que conviene combatir.
Ni que decir tiene, es parte de su encanto, que en La Certosa están enterradas personalidades relevantes de la historia italiana: estadistas, pintores, escritores, compositores, empresarios (de nombres con mucha potencia, Maserati o Lamborghini). Pero, el nombre que busca el visitante español es el del castrato (capón, se dice en castellano, pero quién se atreve a usarlo. Bueno, sí, Jesús Ruiz Mantilla) Carlo Broschi, Farinelli.
 

De él se cuenta que su castración fue inevitable, que los doctores se vieron forzados a intervenir después de que sufriera un accidente montando a caballo. Quizá sea cierto… tal vez no. Sea como fuere, por necesidades médicas o por razones menos confesables, Carlo fue amputado y esa carencia le abrió el camino de la gloria musical.

Como es sabido, Farinelli vivió en España: durante un tiempo se dijo que su voz aliviaba la depresión melancólica que atormentaba a Felipe V, aunque esa leyenda ha sido desmentida por algunos especialistas. Falleció en Bolonia en septiembre de 1782: “Carolo Broschio Farinello”, leemos en la lápida. Pero el suyo no ha sido un descanso plácido: en 2006, los arqueólogos exhumaron sus restos para intentar desentrañar los secretos de su prodigiosa voz y concluir que, en efecto, todo fue consecuencia de los cambios hormonales provocados por la castración.
 


Abandonamos esta zona, tenemos que visitar el cementerio hebreo que está aquí mismo, pero tiene un acceso distinto. Y luego volver a la ciudad viva, que está muy cerca.

Acogiéndose al magisterio de Jean-Didier Urbain, Gian Marco Vidor, historiador y biógrafo de La Certosa, escribe que los cementerios son una especie de enorme biblioteca, donde se pueden consultar las biografías de miles de personas, sus árboles genealógicos, buscar información sobre la historia económica, política y cultural de la ciudad, de la nación… “Los volúmenes más antiguos de esta biblioteca metafórica, producidos en gran parte por la burguesía del siglo XIX, son de gran cuerpo y ricos en información, mientras que los más recientes, el resultado de una sociedad que ha hecho de la muerte natural un tabú, se reducen a hojas individuales en las que a menudo solo se encuentra un apellido.”

En encuadernación de lujo o en edición de bolsillo. Tremenda biblioteca.
 
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