¡A la escucha!

80 billonésimas de metro

Helena Resano

Vamos a por la sexta semana. Pónganle ya el tic de semana cumplida a esta quinta de confinamiento que termina. Y si me admiten el consejo, háganlo sin pensar mucho más allá, sin pensar tampoco cuánto queda ni cómo será la vuelta de todo esto. En el mejor de los casos una semana más, pero ahora mismo, parece bastante improbable que se levante el confinamiento el 26 de abril. Hay tantos informes que nos dicen cuándo y cómo terminará esta situación que sinceramente lo mejor es no hacer planes, no programar demasiadas cosas, ni encuentros, ni reuniones, ni mucho menos vacaciones. Cada informe que cae en mis manos es más deprimente.

Les confieso que lo que más me preocupa de todo esto es que lo que venga sea sólo un paréntesis, que en cuanto vuelva el frío se repita el repunte de contagios y volvamos a tener que confinarnos. Esta semana un par de estudios hablaban de la estacionalidad del covid-19. Es una de las grandes dudas que plantea este virus, si con el calor se para su expansión y si, en cambio, con el frío, se facilita su propagación. Si fuera así, tendríamos la esperanza de que conforme vaya entrando el verano, esto remitirá, pero ¿y después? Hay informes que hablan de confinamientos intermitentes hasta el 2022: creen que hasta que no haya una vacuna eficaz y que se pueda poner a todo el mundo, lo que estamos viviendo ahora será parte de nuestra rutina. Encerrarnos en casa durante periodos de tiempo en los que se den picos de contagios y esperar a que lo peor pase. Y visto así, seamos sinceros, asusta. Hemos demostrado tener una capacidad de adaptación infinita, nuestros hijos nos llevan asombrando semanas con la resignación con la que han asumido el quedarse en casa, el parar en seco su vida. Pero la capacidad de aguante tiene un límite.

Lo que más me preocupa de lo que pueda venir después no es precisamente eso, que también. Me inquieta no saber si he pasado la enfermedad, si soy posible foco de contagio, cuándo podré abrazar a mi madre, que lleva sola todo este tiempo en casa. Hasta ahora ha estado aislada, sin posibilidad de contagiarse, con una salud de hierro envidiable, pero (perdón, mamá) tiene una edad, ha pasado ya los 80 años y desde luego está en el grupo de riesgo. Y no saber si ella sigue estando expuesta o no me preocupa. Desde que murió mi padre, hace un año, cada mañana ha estado saliendo a verle a su tumba, se ha dado largos paseos para calmar la ansiedad y se ha entretenido yendo a hacer pequeños recados. Estas 5 semanas ha aceptado con suma resignación y buen humor el no poder salir, pero ¿qué pasará el próximo invierno? ¿Cuándo podremos verlos tranquilos, sin miedo a contagiarlos, cuándo podremos decirles “vente conmigo a casa”?

El otro día hablaban de la dimensión real del virus. No en sentido figurado, sino real, ¿Cuánto mide este bichito que nos ha puesto en jaque a todos? Atentos: ¡80 billonésimas de metro es su diámetro! Ya ven, algo tan pequeño nos ha dado la vuelta como un calcetín a nuestras vidas, nos ha dejado a las puertas de la peor recesión desde la Guerra Civil, ha privado a miles de familias de poder despedir a los suyos y nos ha retado a poner a prueba nuestra paciencia. Me quito el sombrero. Siempre hemos estado preocupados en ver qué grandes amenazas llegaban del exterior y algo tan pequeño nos ha dejado fuera de acción. Te reconozco el mérito, covid-19, pero danos una tregua y que sea larga, por favor.

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