¡A la escucha!

Gabriel

Es el equilibrio más difícil en el aprendizaje de cómo ser padres: cuándo tengo que empezar a dejarle volar SOLO, cuándo debo permitirle bajar SOLO a la calle, ir a la esquina a hacer tal o cual recado, volver andando SOLO del colegio con sus amigos o qué edad es la recomendable para que pueda empezar a bajar SOLO a sacar al perro. Cuesta. Sabes que tienes que ir dándole pequeñas responsabilidades pero el miedo a que les pueda pasar algo es inmenso. Cuentas los minutos que tarda en ir y volver a comprar el pan. Y se te hacen eternos. Miras 10 veces por la ventana. Y por supuesto, le llenas la cabeza de recomendaciones barra órdenes: “No hables con nadie”, “mira dos veces antes de cruzar”, “si alguien te dice o hace algo grita y sal corriendo”. En fin.

Lo del equilibrio que decía antes: quieres protegerlos pero sabes que tienes que ir soltando poco a poco la cuerda. Piensas que con su edad ya ibas y volvías del colegio sola, en mi caso con mi hermana mayor. Era un trayecto de unos 10 ó 15 minutos andando. Íbamos tranquilas, se iban sumando otras niñas del colegio y vivíamos sin el temor a que nos pudiera pasar nada. Y cuando lo recuerdas piensas que aquéllos eran otros tiempos, otra ciudad, otro entorno y que ahora, en este Madrid enorme e inmenso que nunca acabas de conocer, es mejor ser prudente. Y el ejemplo de Madrid me sirve para cualquier otra ciudad o para cualquier otro pueblo pequeño, grande o mediano. Porque ese temor no te lo marca dónde vives sino el hecho de ser padres.

El caso de Gabriel desata de nuevo todos esos temores e incluso los reafirma y la reacción es acortar un poco más esa cuerda que hemos ido soltando. Y seguramente sea un error pero el miedo, cuando eres madre o padre, es tu compañero de viaje. Miedo a que se ponga enfermo, miedo a que le pase algo, miedo a que sufra con una decepción, miedo a que le hagan daño. Miedo.....

Y vivir con miedo no es la mejor de las opciones.

Hacía mucho tiempo que no me había costado tanto contar una noticia. Hacía tiempo que no lo pasaba tan mal en directo. El día que desapareció Gabriel se me puso un nudo en el estómago y no se me pasó en todo el día. Era un niño tan pequeño, perdido. ¿Cómo podía haberse esfumado en un trayecto tan corto? La foto estática de su sonrisa dolía: sonreía sin miedo a la cámara. Supongo que tener un hijo de edad parecida te lo hace más difícil. Pasaban los días y la intuición te hacía pensar que el final de Gabriel no iba a ser un final feliz. Llevo muchos años contando todo tipo de noticias crueles, de historias desgarradoras, de asesinatos. Pero contarlo a diario no te inmuniza. Ni logras acostumbrarte. Aprendes a poner un dique en tus emociones, pero ese dique de vez en cuando necesita abrirse y dejar que lo que se ha ido acumulando se desborde, salga.

La noticia de Gabriel superaba ese dique. Desde el primer día. Las lágrimas y desesperación de su madre, sus palabras pidiendo ayuda y que le dejaran libre te desgarraban. Los expertos insistían en que en el 90% de las desapariciones de niños los culpables se encuentran en el entorno más cercano, en el entorno familiar. Y en este caso la estadística no erró. Es imposible entender por qué lo hizo, cómo pudo. Qué le llevó a secuestrarlo y a arrebatarle así su vida, su futuro, su sonrisa.... Cómo pudo aparentar absoluta normalidad durante doce días, incluso ofrecer entrevistas en los medios de comunicación pidiendo la libertad del niño, asegurando que era un angelito al que nadie podía hacer daño (son palabras suyas, textuales) y que estaba convencida de que lo iban a dejar en libertad. ¿Cómo pudo?

Su frialdad, su cinismo, su crueldad es incomprensible. Pero no entenderlo no significa que busques justificarlo. Es verdad que la rabia es el sentimiento que brota sin pensarlo. Muchos la noche del domingo se acercaron a las puertas de la comisaría donde estaba detenida para pedir justicia. En las redes sociales se pudo leer de todo, la mayoría nada bueno. La mayoría comentarios machistas, xenófobos, titulares que hablaban sobre sus preferencias políticas. Noticias falsas unas, medias verdades otras. Se pedía para ella, sin juicio ni sentencia, cadena perpetua e incluso impedir que cumpliera condena en nuestro país porque así evitábamos que con nuestros impuestos se aprovechara de las “comodidades” de las cárceles españolas (esta iniciativa lleva ya recogidas más de 300.000 firmas, ojo).

Triste. Muy triste que haya tenido que ser una madre rota de dolor la que nos pida a todos que no nos dejemos llevar por la rabia, que saquemos a la bruja de nuestras cabezas. Triste que haya tenido que ser ella, en el peor día de su vida, la que nos pida a todos cordura.

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