Más que horribilis

El annus horribilis que pronunció la reina Isabel II tras la muerte de Diana se va a quedar en un chiste con el terremoto que va a suponer el arresto del hermano del rey Carlos de Inglaterra. Muchos ayer se acordaban de la reina, de la madre, y era inevitable el comentario: “si ella estuviese viva, ¿qué habría pasado?”. Andrés, decían, era su “ojito derecho”, su hijo mimado.

Nada más conocerse la noticia de su arresto, los comentaristas británicos que conocen bien la casa Windsor aseguraban que esto iba a suponer una pesadilla para el rey y para el resto de la familia. Por mucho que hubiesen intentado crear un cordón sanitario entorno a la corona, el arresto de Andrés es un varapalo a la forma de vida que durante años han llevado los miembros de la casa real. De cómo se creían impunes para hacer lo que quisiesen, de relacionarse con tipos un tanto oscuros, de mezclarse en fiestas muy turbias, y de practicar sexo con quien quisieran y como quisieran. Pero lo peor, al parecer, no estaría en esas fiestas con menores que organizaba Epstein y a las que parecía ser un asiduo el ex príncipe Andrés. El problema estaría en los documentos que le filtró Andrés, documentos oficiales, con información sensible. ¿Por qué lo hizo y por qué a él? Si era un chantaje, si era un inconsciente que ni siquiera era capaz de calibrar la gravedad de lo que estaba haciendo, lo dirá la investigación. La policía británica lleva semanas investigando todo esto, atando las pruebas para no dar un paso en falso. Detener a un miembro de la familia real británica, por muy apartado que estuviera (en octubre le retiraron el título de príncipe y hace 3 semanas había dejado la residencial oficial para mudarse a otra más “modesta”), es una bomba, todo el mundo lo sabe y es un daño a la institución terrible.

Detener a un miembro de la familia real británica, por muy apartado que estuviera, es una bomba, todo el mundo lo sabe y es un daño a la institución terrible

Supongo que la casa real noruega tomaría buena nota este jueves de cómo han reaccionado en Londres y de todo lo que está pasando, de cómo ha ido avanzando la investigación policial. Mette-Marit ha abierto el mismo boquete en la familia real y, a duras penas, están pudiendo taponar esa vía de agua que se ha abierto con el escándalo de Epstein y la relación, estrechísima, que mantenían ambos.

Y todo esto mientras, al otro lado del Atlántico, un presidente de un país observa todos estos bombazos desde la tranquilidad que da saber que a él nadie le tocará un pelo, nadie podrá imputarle, de momento. Por muchas pruebas que existan o testimonios.

La muerte de Epstein deja en el aire muchas preguntas. Y eso, como suele pasar, genera mil teorías sobre el personaje, sobre quién era realmente, sobre lo que sabía y ocultaba. Su ex pareja es la única que podría poner luz a todo esto pero ya ha dejado claro que hablará o callará según el trato que reciba.

Este jueves —casualidades de la vida, o no— era el cumpleaños del ex príncipe Andrés. Tendría que haber soplado 66 velas. Supongo que en el calabozo ni le cantaron el cumpleaños feliz ni le dieron una tarta. Había realmente poco que celebrar. Su futuro judicial, ahora mismo, pinta tan negro que mucho me temo que no habrá más tartas ni más velas. No al menos entre el lujo al que estaba acostumbrado a vivir.

El annus horribilis que pronunció la reina Isabel II tras la muerte de Diana se va a quedar en un chiste con el terremoto que va a suponer el arresto del hermano del rey Carlos de Inglaterra. Muchos ayer se acordaban de la reina, de la madre, y era inevitable el comentario: “si ella estuviese viva, ¿qué habría pasado?”. Andrés, decían, era su “ojito derecho”, su hijo mimado.

Más sobre este tema