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¡A la escucha!

No hay peor ciego que el que no quiere ver

Helena Resano nueva.

No. Las tropas de Estados Unidos no han dejado abandonados, en sus jaulas, sin comida ni agua, a los perros que les han ayudado en estos meses sobre el país. La imagen de unos transportines apilados en un hangar del aeropuerto de Kabul no corresponde al momento de la evacuación. La imagen se difundió en redes rápidamente, Arturo Pérez Reverte la tuiteó y a partir de ahí se hizo viral. Nosotros la vimos así en la redacción y enseguida el equipo de internacional se puso a rastrear si esa imagen correspondía efectivamente a ese día. No tardaron mucho en encontrar un vídeo en el que se veía a soldados norteamericanos sacando a los perros unos días antes de abandonar el país definitivamente. Pero ese vídeo no se hizo viral y nadie se preocupó en contrastarlo. Todo el mundo dio por buena la foto y a todo el mundo se le llenó la boca de insultos e improperios contra las tropas norteamericanas por, supuestamente, haber abandonado de una forma tan inhumana a sus perros. El problema es que… ¡no era verdad!. Hasta el propio portavoz del Pentágono tuvo que salir a desmentir la noticia, pero eso ya daba igual, todo el mundo la seguía reenviando y retuiteando dos días después.

No. Joe Biden no mira el teléfono mientras suena el himno nacional en el homenaje a los soldados caídos en Kabul. La imagen está manipulada: si ves el vídeo completo compruebas que el presidente de Estados Unidos escucha con una mano en el pecho el himno y sólo cuando termina, baja esa mano, y entonces sí, mira su reloj. Pero da igual: nadie se ha molestado en comprobarlo, lo fácil es retuitear la imagen trucada y, de nuevo, llenarte la boca de insultos varios.

Son sólo dos ejemplos de lo que ocurre todos los días. ¡Todos los días! Noticias que se viralizan, que se reenvían en redes, chats y plataformas y que intoxican la información. Es tal la avalancha de informaciones falsas que, soy sincera, da miedo. Nadie se preocupa en comprobar si es o no cierto: y casi siempre, el proceso es el mismo. Se ve la noticia, se indigna, se reenvía y casi inmediatamente se olvida. Si al cabo del tiempo alguien te dice que aquello no era verdad, tampoco le das mucha importancia, con un “ah, yo no lo vi” ventilas el tema. Y a otra cosa. Y mientras, todo se va enfangando más y más.

No sé cuántas veces he oído este verano la misma frase: “he decidido dejar de ver informativos, ya no podía más”. Y no era un comentario banal, despreocupado, de sobremesa, era una reflexión repetida por muchos que durante muchos meses y años han estado buscando saber qué pasaba en el mundo. Gente de mi entorno, con preocupaciones y anhelos parecidos a los míos, que han llegado a un punto de hastío con todo lo que ocurre que prefieren cerrar los ojos y dejar de saber. No quieren oír ni un solo discurso vacío de ningún político, no quieren que los opinadores habituales les taladren con lo que tienen o no que pensar, con lo que tienen o no que indignarse. Son gente con criterio, gente preparada, gente informada, que se ha hartado. Necesitan descansar de tanto ruido. Y admitían que con ese silencio informativo habían ganado calidad de vida. El origen de su hastío lo identificaban muy bien y a los culpables también. Y sí, entre ellos también estábamos nosotros, los periodistas.

Oír esto es dramático. Sobre todo, de gente que tienes cerca, de gente que aprecias… Entiendo muy bien sus motivos, puedo decir que hasta algunos los comparto, pero me resisto a tirar la toalla, me resisto a pensar que esto está perdido. Asumo la autocrítica, somos culpables de parte de este hartazgo, de esa desconexión que muchos están haciendo de la vida pública y política. Llevamos meses contando lo mismo, cierto, aportando poca novedad a una situación tediosa y pesada. Y es complicado generar ilusión cuando el horizonte no es muy halagüeño. La gente prefiere consumir otro tipo de contenidos más amables, más fáciles, más rápidos que un sesudo análisis de cuál es la situación de los talibanes o la renovación que nunca llega del CGPJ. Y no es porque el contenido sea denso, no. Es porque siempre acaba enredado en la misma madeja del “tú lo haces mal, yo lo hago bien”: da igual que hablemos de vacunas, de evacuación in extremis de Kabul o de si el Mar Menor se muere. No hay una búsqueda de soluciones, sólo de culpables. Y en eso nos enredamos todos, políticos y periodistas (no todos, esto es importante destacarlo).

Así que el propósito de este nuevo curso es recuperar a quienes os habéis ido, luchar contra los que intentan intoxicar y seguir buscando contar lo mejor posible todo lo que pasa, que es mucho y que hay que contar. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y no podemos llenar este mundo de ciegos.

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