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Zelenski y la guerra del abuelo

Tengo para mí que el Pablo Casado de hoy se arrepiente de aquel Pablo Casado que, henchido de un conservadurismo radical como su pensamiento y con la sobreexcitación que da la juventud, intervino en aquel Congreso del PP para decir que los de izquierda eran "unos carcas", porque estaban todo el día "con la guerra del abuelo y las fosas de no sé quién". Aquella indecencia moral, que insisto que el Casado de hoy creo que no repetiría, reflejaba lo que la hegemonía conservadora de entonces quería transmitir sobre la Guerra Civil y el franquismo: ya pasó, no le importa a nadie, es cosa de los pesados de la rencorosa izquierda.

Pensábamos que aquello era el cénit de la inmoralidad en lo que respecta a nuestro pasado, pero hace unos días, sin venir muy a cuento, se dio un capítulo de revisionismo histórico helador desde la tribuna del Congreso. Un diputado de Vox dijo que La Desbandá había sido una "catástrofe humanitaria motivada por la imprevisión logística del bando republicano". En cualquier país con una mínima cultura de la memoria hubiera sido un gran escándalo. En España fue una anécdota parlamentaria más. Apuesto a que hay más letras escritas cuando subió el precio del gintonic en la cafetería del Congreso que sobre este episodio.

Somos un país abocado al enfrentamiento porque se construyó una democracia pisando los huesos de los muertos

Es alarmante y atroz lo que ocurre con la memoria histórica en España. Es la forma más elocuente de representación de nuestros problemas de base como nación, es una teatralización de por qué este país es imposible que esté unido: se ha edificado sobre las bases equivocadas y así va a seguir siendo. Somos un país abocado al enfrentamiento porque se construyó una democracia pisando los huesos de los muertos.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, habló en su discurso a los parlamentarios españoles de Gernika. Nadie le abucheó. Resulta sorprendente la capacidad de acumular desvergüenza de los revisionistas sin ruborizarse ni retorcerse. También, lo poco que penaliza. Lo poco de lo que se hablará. Lo poco que importa.

La guerra del abuelo, las fosas de no sé quién, la masacre de 5.000 personas camuflada como catástrofe culpa de los muertos, los aplausos impertérritos ante el recuerdo a lo que se niega. Nunca dejarán de cobrar importancia mientras sigamos siendo un país cimentado sobre la nuca humillada de mucha gente, camuflado de acuerdo modélico de país, que no fue más que la solución menos mala que las elites supieron o quisieron gestionar para mantener los privilegios de todos. 

Cuando se habla de crispación, de división, de enfrentamiento, parece que esto viene de la nada, que es un fenómeno nuevo, un signo de estos tiempos. Este país permanentemente cabreado se enraíza en lo que se decidió a finales de los 70. Y no se va a corregir si no se da un proceso como el que vemos, por ejemplo, en Argentina. Ya es tarde, creo, así que ya ni aspiro a vivir en un país que no esté permanentemente receloso. No es más que la consecuencia de un gran acuerdo político que posiblemente fue el único posible hace 40 años, pero que hace tiempo que dejó de servir. Se vista como se vista, se ignore lo que se ignore y se entierre como se entierre.

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