Parece que la policía del mundo es como cualquier madero: un matón con pistolón al cinto. El Agente Naranja no se contenta con bombardear Caracas y raptar a un jefe de Estado. Ahora, sus ambiciones pacifistas apuntan las baterías hacia Dinamarca. ¿Naciones Unidas? Ya no quedan. ¿La OTAN? Como siempre, al servicio del Pentágono. Por las esquinas del mundo afloran atlantistas desconcertados. ¿Que Estados Unidos solo mira por sus intereses? Me pinchan y no sangro.
Para combatir el espanto, llevo una semana atiborrándome de análisis, a ver si al menos me entero de por dónde nos caerán las bombas. Según parece, los mismos comunicadores que consideraban una minucia llamar «genocidio» a lo que Israel andaba haciendo en Palestina (¡minucias terminológicas!) andan ahora muy preocupados porque cada opinión sobre la puntilla al derecho internacional comience con una condena explícita y en los términos exigidos al ilegítimo Maduro. «Extracción o secuestro, como se quiera». Tanto monta, ya ves tú.
Los detractores profesionales del chavismo pululan desorientados. ¡Sapristi! Resulta que lo del Cártel de los Soles no era para tanto. Se acabó la decencia: antes, al menos, te acusaban de hundirles el Maine antes de declararte la guerra. O tempora, o mores. Para colmo, las postraciones de María Corina, La Deseada, no conmueven al tarado que dirige el mundo, que ha preferido entronizar a Delcy, esa hidra de siete cabezas. Álvarez de Toledo, irritada, manda recaditos por Twitter al árbitro de la civilización, a ver si recapacita. No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena, etcétera, etcétera.
Debo reconocerles algo: da igual que Venezuela nos importe un pimiento, aquí se está hablando de geopolítica
Los opinadores sensatos prueban la flexibilidad de sus caderas. La semana pasada les parecía evidente que la intervención militar de una potencia nuclear en un paisito caribeño era una gesta democrática. Ahora, que lo de dejar de número uno a la número dos del cártel del que usted me habla es una jugada maestra, digna de un estratega inspirado por Nuestra Modélica Transición. Los venezolanos en el exilio están que trinan: si no eres de una pedanía de Maracaibo, cállate la boca. No les importaba Venezuela hasta la semana pasada. Expertos expatriados del mismo perfil socioeconómico amonestan a la concurrencia en cuanta tertulia encuentran. Como no soy de Albuquerque, ¿puedo decir algo sobre la señora a la que la gestapo migratoria le ha pegado dos tiros sin venir a cuento o mejor no? Debo reconocerles algo: da igual que Venezuela nos importe un pimiento, aquí se está hablando de geopolítica.
Empieza a resultar cansado que para enhebrar media palabra sobre cualquier asunto uno tenga que sacar las credenciales: ¿condena usted el chavismo?, ¿los atentados de Hamás?, ¿el 11S?, ¿el asesinato del archiduque?, ¿los idus de marzo? Mientras tanto, la Unión Europea está a punto de parir algún comunicado. "Deeply concerned", no vayamos a pasarnos. Inquietos, los otanistas de toda la vida simplifican la cuestión: entonces, ¿nos echamos en los brazos de China? Hay gente que en vez de cerebro tiene un interruptor bifásico.
Por lo pronto, Zapatero, Lula y algún simpático catarí (la satrapía buena) han mediado para lograr una excarcelación de presos —ojalá la primera de muchas—, que, felizmente, hoy dormirán fuera de los centros de detención que el inhumano aparato represor del régimen ha instituido en cada manzana. No es lo mismo predicar que dar trigo: hasta la fecha, Aznar solo ha logrado colgar un pdf en la web de FAES.
Parece que la policía del mundo es como cualquier madero: un matón con pistolón al cinto. El Agente Naranja no se contenta con bombardear Caracas y raptar a un jefe de Estado. Ahora, sus ambiciones pacifistas apuntan las baterías hacia Dinamarca. ¿Naciones Unidas? Ya no quedan. ¿La OTAN? Como siempre, al servicio del Pentágono. Por las esquinas del mundo afloran atlantistas desconcertados. ¿Que Estados Unidos solo mira por sus intereses? Me pinchan y no sangro.