Buzón de Voz

El duelo pos-Rajoy

Hace tan sólo un par de semanas, Mariano Rajoy se declaraba dispuesto a competir en las elecciones de 2020, ufano como estaba tras la aprobación de los Presupuestos con apoyo del PNV. Este martes, Rajoy ha dicho adiós a su carrera política tras verse obligado a ceder la Moncloa a un Pedro Sánchez a quien desprecia profundamente (aunque no tanto como a Albert Rivera). Más allá de las personas o de la talla que demuestran en las derrotas y en las victorias, lo cierto es que en un suspiro se ha producido un vuelco en el escenario político español: de repente son las fuerzas conservadoras las que se tiran a la cabeza todo lo que encuentran a mano, mientras las opciones progresistas alumbran una tregua que despierta las esperanzas de un electorado que andaba desmotivado o decepcionado.

Fue Alfredo Pérez Rubalcaba quien hizo fortuna con una frase que pronunció tras su propia 'abdicación' en 2014: “En España enterramos muy bien”. Se trata de una costumbre castiza en la que se combinan la elegancia y la hipocresía con una naturalidad asombrosa. De modo que no han tardado en multiplicarse los elogios a la “generosidad” de un Rajoy que da un paso atrás en beneficio “de España y del PP”. Sin ánimo de romper la solemnidad del duelo, y con absoluto respeto a la persona, uno no puede dejar de expresar algunas objeciones:

1.- El discurso de despedida de Rajoy (puede leerse aquí) ha sido un ejercicio de autoelogio(puede leerse aquí) tan legítimo como excesivo. Todo líder tiene perfecto derecho a revindicar su legado, no tanto a utilizar su testamento político para ensuciar la vida pública disparando a todo lo que se mueve con munición manipulada. Si uno dice que se va sin rencores, haría bien en renunciar a hacerlo mediante una pataleta dialéctica.

2.-  “Va a gobernar alguien que ha perdido las elecciones”, ha proclamado Rajoy. Ya lo hemos escrito pero no nos cansamos de repetirlo: ni Rajoy ni el PP parecen aceptar que en una democracia parlamentaria y representativa no gobierna la lista más votada sino la que es capaz de congregar más apoyos parlamentarios. La moción de Pedro Sánchez ha obtenido el apoyo de partidos que representan a casi un millón de votos más que quienes se oponían (PP y Ciudadanos). Por eso hemos escrito que a Rajoy lo echa la democracia, no un contubernio de pasillos ni despachos. Y hay que añadir que a Rajoy lo echa M. RajoyM. Rajoy, esa alargada sombra que lo persigue desde que envió los SMS de apoyo a Bárcenas por los que debería haber dimitido inmediatamente.

3.- Ha deslegitimado al nuevo gobierno de Sánchez, por haberse originado precisamente en un acuerdo entre formaciones que “sólo tienen en común” el deseo de echar a Rajoy. Así es, pero debería el ya expresidente asumir al menos que alguna responsabilidad tendrá quien se ha mostrado incapaz de conseguir el consenso necesario en el Congreso para seguir gobernando.

4.- Ha hablado de la “fragilidad” del nuevo gobierno del PSOE, como si el que ha presidido el propio Rajoy no hubiera sido frágil, hasta el punto de haberse formado gracias a aquella abstención del PSOE que a punto estuvo de llevarse por delante al partido socialista.

5.- Como ya hizo desde la tribuna del Congreso, ha vuelto a negar que la sentencia de Gürtel condene al PPGürtel, pero no se ha conformado con manipular de ese modo lo que dice la sentencia (puede leerse aquí) sino que además se ha permitido acusar a los demás de instalarse “en la posverdad”. Como un Donald Trump de Pontevedra, decide que la mejor forma de contaminar la verdad es acusar al prójimo de mentir, lo cual lleva a proclamar: “Hemos actuado contra la corrupción, exigiendo dimisiones, endureciendo leyes, mejorando procedimientos...". Y obstaculizando la labor de la justicia, cabría añadir.

6.- Una cosa es renunciar a la más mínima autocrítica o a asumir la realidad de su responsabilidad política sobre la corrupción que ha anegado al PP, pero ya el colmo es que Rajoy haya pretendido apuntarse nada menos que el mérito de la disolución de ETA, presumiendo de que su negativa a hablar o a tomar la más mínima decisión es lo que acabó con el terrorismo. No merece un solo comentario más semejante disparate.

7.- Su anuncio de retirada para dar paso a un Congreso Extraordinario y urgente que elija a su sucesor o sucesora es lo que realmente importa de una exposición previa que no pasará a la historia ni por su sinceridad ni por su generosidad. No ha escatimado algún mensaje a quienes desde dentro del partido le han hecho la vida difícil, y ante los cuales se ha mantenido siempre a flote con la máxima de que “no tomar decisiones es también una decisión”.

8.- Se ha comprometido a no participar en absoluto en ese proceso de sucesión. Para qué engañarnos: Rajoy deja el partido hecho unos zorros, con Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal enfrentadas desde hace años y sin dirigirse prácticamente la palabra. Quizás sea la hora de Núñez Feijóo (aun sin escaño en el Congreso) simplemente porque otros u otras aspirantes al liderazgo se han quemado mucho más en la batalla interna.

Lo indudable es a quién descoloca más la moción de censura del PSOE y la renuncia de Rajoy: a un Albert Rivera que viajaba en volandas demoscópicas hacia la Moncloa ha visto el tablero del revés en cuestión de días. Y a Ciudadanos ha reservado el expresidente su mayor desprecio: “Por no saber, no saben ni hacer oposición al independentismo”, ha dicho sobre Ciudadanos.

La retirada de Rajoy, más allá de la talla demostrada (desde aquel 13 de marzo de 2004 en que apareció en la jornada de reflexión señalando a ETA como autora de los atentados de Atocha hasta este mismo 5 de junio en que se ha colgado la medalla de la disolución de la banda) abre sin duda un nuevo ciclo en la democracia española. Ahora la disputa está en el espacio de la derecha, siempre que PSOE y Unidos Podemos sean capaces de demostrar que pueden entenderse y abrir algunos caminos de colaboración que alimenten la confianza de un electorado harto de decepciones. Lo cual es válido también para abordar un intento serio de reconducir la crisis constitucional abierta por el independentismo catalán: no se trata de cesiones ni pactos secretos, sino de iniciar un diálogo constructivo que no termine en una nueva frustración.

P.D. Este mismo martes, pocas horas después del anuncio de retirada de Rajoy, ha hablado Aznar, para decir que no se siente "representado por nadie" ni "militante" de ningún partido, y para ofrecerse a reconstruir el centroderecha desde su "posición actual". Tal ofrecimiento a uno le recuerda aquel chiste de Eugenio en el que un tipo se cae por un precipicio, se agarra a una rama y empieza a gritar: "¡Socorro! ¿Hay alguien?" Y después de mucho insistir se escucha una voz lejana y grave que dice: "Sí, hijo mío, está dios. Déjate caer, y mis ángeles te recogerán en el aire para elevarte despacio..." Hasta que el tipo grita "vale, gracias, pero ¿hay alguien más?" 

Rajoy contesta a Aznar: "El centroderecha no hay que reconstruirlo"

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