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Entre la troika y su pueblo, Passos Coelho escoge lo primero

El primer ministro de Portugal, Pedro Passos Coelho, antes de su discurso.

El pasado 2 de marzo, el sábado en que cientos de miles de portugueses salieron a las calles entonando Grândola, Vila Morena en su protesta contra las injustas, crueles e ineficaces recetas de “austeridad” que les aplican Frau Merkel y su troika, recordé una de las razones por las que quiero tanto a Portugal. País de belleza humana, cultural y paisajística sobria y modesta, y por ello auténtica y adorable, a Portugal le atribuyen algunos la mansedumbre como uno de los componentes esenciales de su alma. Eso es incorrecto.

Salvo Mourinho y pocos más, los portugueses son pacientes pero no mansos, escasamente gritones pero no mudos, suaves pero no sumisos. Tienen un alto sentido de su dignidad individual y colectiva, y en su alma anida un profundo sentimiento justiciero y, cuando la ocasión lo requiere, rebelde. Recuérdese que, a diferencia de su vecina España, Portugal es una república desde 1910 y que su dictadura salazarista no se extinguió de muerte natural, sino que fue derrocada en la revolución cívico-militar del 25 de Abril de 1974.

No me ha extrañado, pues, que su Tribunal Constitucional le haya dado calabazas a algunas de las medidas de "austeridad" más sangrantes del Gobierno conservador de Pedro Passos Coelho. Los togados portugueses le han recordado así al primer ministro que en Portugal hay separación de poderes y que una cosa es lo que desee el Ejecutivo y otra, la letra y el espíritu de la constitución republicana. Y ésta establece que, incluso llegada la hora de los sacrificios por mor de circunstancias críticas, estos deben ser repartidos de modo justo, con igualdad y equidad. No vale que los de abajo paguen todas las deudas contraídas por los de arriba.

Que cada palo aguante su vela, ha sentenciado el Constitucional portugués. Si Passos Coelho tiene ahora un problema con los compromisos que su Gobierno ha adquirido con Berlín, Frankfurt, Bruselas y el FMI, pues que busque la solución, que para eso cobra como primer ministro. Nadie, ni la ciudadanía ni los jueces, le puso una pistola en la sien para que se presentara al cargo, y bien contento que estaba en la noche de su victoria electoral.

Pues bien, en la tarde del domingo 7 de abril, Passos Coelho se dirigió solemne y dramáticamente a sus compatriotas por televisión. La pesadilla continua, les dijo. Para compensar el agujero en las cuentas públicas que deja la sentencia del Constitucional, su Gobierno reducirá aún más los gastos en educación, sanidad, prestaciones de Seguridad Social y transportes públicos. Ante la situación de “emergencia nacional” que él mismo describió, el primer ministro prefiere cumplir sus compromisos con la troika a escuchar la voz de sus compatriotas.

Probablemente lo pagará muy caro en los próximos comicios. Teniendo que protegerse de los vigorosos vecinos castellanos y luego españoles, Portugal ha desarrollado en los últimos siglos un alto sentimiento de independencia, el que ahora ve amenazado por esa forma de nuevo expansionismo que supone la aplicación obligatoria a toda la eurozona de la mentalidad de contable germana. Una mentalidad basada en una historia nacional propia (el recuerdo de la superinflación de los primeros años 1930) y en un interés nacional propio (el dinero fluye con alegría o se regatea cicateramente según convenga a Alemania).

De la europeización de Alemania que alentó los mejores años de la construcción continental hemos pasado a la germanización de Europa. Y a eso también ha dado nones el Constitucional portugués.

En mayo del pasado año, la victoria de François Hollande en las presidenciales francesas pareció anunciar el comienzo de una rebelión contra el imperio germano de la "austeridad". Hollande decía estar en contra de ese fundamentalismo que asfixia al enfermo económico europeo, y aseguraba que iba a plantarle cara a Frau Merkel en defensa de una política continental de estímulo del crecimiento y el empleo. La rebelión, si la hubo, fue de corta duración. La correlación de fuerzas era colosalmente desfavorable al presidente francés, que ni tan siquiera encontró aliados combativos en los gobiernos de los países más afectados por el rigorismo contable: España, Italia, Grecia y Portugal. Hasta Francia tuvo que ponerse a recortar.

Ha pasado casi un año y la llamada "austeridad" no ha hecho sino agudizar la depresión europea: en los países meridionales directamente afectados y también en los mandones países centrales y septentrionales, incluida Alemania. Era previsible: una reducción brutal del gasto público en un escenario de recesión se traduce automáticamente en menos demanda y consumo de los particulares y las empresas, en menos ingresos fiscales para el Estado y en dificultades adicionales para cuadrar las cuentas públicas. Entretanto, eso sí, parecen cumplirse ciertos objetivos estratégicos: el regreso de los países meridionales a los años 1970 en términos de niveles salariales, seguridad en el trabajo y prestaciones sociales.

El conservador Passos Coelho fracasa en las municipales portuguesas

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El Portugal de Passos Coelho ha sido citado como el alumno más aplicado de los criterios de Frau Merkel y la troika: ha reducido sin rechistar los salarios de los trabajadores, los sueldos de los funcionarios y las pensiones de los jubilados, ha cercenado los gastos en educación, sanidad e infraestructuras, ha subido la presión fiscal a las clases populares y medias y hasta ha puesto peajes en las autovías estatales. ¿Sin rechistar? No exactamente: la mayoría del establishment conservador luso se ha comportado con esa docilidad que algunos le atribuyen al alma de su país, pero la ciudadanía portuguesa, o buena parte de ella, ha vuelto a entonar ese himno de dignidad y rebeldía que es Grândola, Vila Morena.

Fracasados espectacularmente en Grecia, Merkel y la Troika confiaban en que Portugal fuera el modelo exitoso de un rescate a cambio de recortes presupuestarios de caballo y las habituales reformas del manualillo neoliberal. Pero seguir al pie de la letra esa recetas de "austeridad", ha provocado que el PIB luso haya caído siete puntos entre 2011 y 2013. Y aunque su imagen haya mejorado ante los llamados “mercados” -alivio en la valoración de las agencias de rating y rebaja en los intereses de la deuda-, Portugal va a terminar 2013 con, como mínimo, un déficit presupuestario del 5,5%, un punto por encima de lo soñado por Passos Coelho y la troika.

Passos Coelho ha dicho el domingo 7 de abril en televisión que piensa seguir igual. Ni crecimiento ni empleo ni reducción del déficit: los portugueses tienen razones para estar indignados con su primer ministro conservador y con aquellos que le dictan los deberes.

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