Solo nos queda Europa

Si algo ha cambiado desde que Trump está al mando del universo, tal y como le gusta aparentar, es la percepción que los propios europeos tenían de pertenecer a la Unión Europea. Han pasado de estar orgullosos de haber nacido en este viejo continente a avergonzarse de pertenecer a él. De creer que éramos más cultos, más refinados, más influyentes a sentirnos pisoteados por un presidente voraz que busca la desregulación para sus empresas triturando los derechos de todos. 

No estamos acostumbrados a que nos amenacen, ni teníamos pensado asistir a una tercera guerra mundial, porque aquí las guerras parecían cosa de las películas. Pero estamos en un escenario tan loco, en el que Trump ha dado luz verde a Putin, desentendiéndose de Europa, que ha generado un miedo y una parálisis en el corazón de la UE nunca visto. Son los dirigentes los más conscientes de la sombra que se cierne sobre nosotros, mientras como ya sucedió en otros momentos de la historia, los ciudadanos no nos lo acabamos de creer y seguimos enfrascados en detalles que han pasado a ser anecdóticos ante lo que se nos viene encima. Ha calado la idea de que la UE sirve para poco. Incluso quienes la defendían ahora dudan de ella. Bingo. Justo lo que pretenden Trump y sus secuaces. 

En la mayoría de los países europeos se ha instalado una política bronca desde hace tiempo, alimentada precisamente por especímenes como el presidente norteamericano, que será muy básico, pero sabe que el ‘divide y vencerás’ sigue dando sus frutos. Y como marionetas, los perspicaces europeos le estamos siguiendo el rollo. Porque podemos criticar su chabacanería, pero la realidad es que bailamos a su ritmo desacompasado. 

Cuando escuchas a Page pedir elecciones “ante el atropello” por la financiación autonómica, es fácil entender cómo de complicado es que la UE fije una respuesta común, si una comunidad española del mismo partido que el Gobierno encabeza una rebelión así

Europa sigue siendo el mayor espacio de progreso y libertades que jamás se ha construido. No fue concebido para responder al matonismo de ahora y tiene la misma capacidad de respuesta que si pones a una familia amplia a opinar sobre la venta de una casa heredada, pero contribuir a su destrucción es hacerle el juego al enemigo. Somos un gigantesco comprador de bienes a nivel mundial. Europa domina en las listas de países con mayor calidad de vida. La conciliación y los derechos laborales son objetivamente mejores que en otras regiones del mundo. La desaparición de la UE supondría un coste inmenso para sus habitantes.

No se puede negar que hay diferentes prioridades entre los países que la componen y entre los distintos grupos políticos. Hay variedad de estilos personales. Y hay una enorme fragmentación que dificulta avanzar de forma valiente y unida, como reconoce cualquier responsable de gobierno europeo. Pero no tenemos otra alternativa mejor. Cuando escuchas a Page pedir elecciones “ante el atropello” por la financiación autonómica, es fácil entender cómo de complicado es que la UE fije una respuesta común, si una comunidad española del mismo partido que el Gobierno encabeza una rebelión así. 

Apreciemos un poco más lo que tenemos y lo que ha costado llegar hasta aquí, más ahora que estamos en serio peligro. Dejemos las disputas tontas y centrémonos en lo importante. Lo importante es cerrar filas en lugar de sumarse al antieuropeísmo. 

Si algo ha cambiado desde que Trump está al mando del universo, tal y como le gusta aparentar, es la percepción que los propios europeos tenían de pertenecer a la Unión Europea. Han pasado de estar orgullosos de haber nacido en este viejo continente a avergonzarse de pertenecer a él. De creer que éramos más cultos, más refinados, más influyentes a sentirnos pisoteados por un presidente voraz que busca la desregulación para sus empresas triturando los derechos de todos. 

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