Caníbales

Creadores de belleza

A. y yo nos encontramos siempre dejando niños en algún rincón de la ciudad. El sábado tocaba zoo. Con él no hay small talk ni conversaciones de ascensor. Dos besos y empezamos: la política, la belleza, el zen… Apareció entonces otra madre del colegio:

–Que ya he leído tu libro. Me encanta que mueran todos.

A. y yo nos miramos horrorizados. “Tranqui”, le intentaba decir, “no es una novela apocalíptica…”.

–Es que nos morimos todos –le contesto a la madre un poco intensa–. Aunque las pelis, las series y los libros pretendan congelar un final, la vida siempre se acaba.

–Ya, por eso hay que hacer que merezca la pena –me dice ella ganándome en intensidad y en verdad.

Y se pira corriendo.

***

Estaban siendo días entretenidos, entre el empate del Barça y el silencio de Errejón. Entretenidos y esperanzados: uno de los grupos de mi whatsapp politizado se había cargado de ilusión.

–Por favor, que quién tú ya sabes fiche a Íñigo. Errejón, su fuerza, sus ganas, su juventud, es justo lo que necesita Pedro.

–Que no puede, hombre. Si Íñigo deja ahora Podemos, pierde. Tiene que hacerse fuerte allí, en medio de tanta cursilería y tanta soberbia.

–¿Cursilería?

–¿Pero tú has leído esa carta?

–En diagonal, que es larga.

–Larga y bastante cursi. Que si les brillan los ojos, que se permiten llorar, y besarse, que se emocionan…

–Por eso. Que se vaya Íñigo antes de que un abrazo de Pablo lo mate de amor.

–Que no, hombre. Si se va, desaparece… Hay que ayudarle a ganar peso dentro.

Mientras ese grupo se escoraba hacia una izquierda posibilista y concienciada, trece estudiantes morían volviendo de las fallas. Trece mujeres a punto de cambiar el mundo. Duraron poco en el periódico: probable fallo humano del conductor, algún reproche entre instituciones y… Y ya. Cambia el trending topic, sigue atronando el silencio de Errejón.

***

Esa noche, A. yo bebíamos lejos del zoo, en un hotel silenciado por la semana santa, compitiendo en ideas para crear belleza.

–¿Crearla o defenderla como Pablo?- decía A., para fastidiarme.

–No, como Pablo no – me dejaba fastidiar yo.- Desde la pedantería y el autoritarismo, no. Desde las citas, no.

–(…)

–Desde la calle, desde la empatía, desde lo pequeño, desde la verdad.

–(…)

–Y, además, yo no quiero defender la belleza, quiero crearla. Antes de que el big data insinúe que el talento es irrelevante, y ahora que sólo se cuenta lo de siempre o lo que puede vender, tenemos que contar otras cosas, las que nos importan pero no tienen el target comercial perfecto ni va a subvencionar una marca…

–(…)

–Cada vez es más barato producir, cada vez hay más formas de distribuir. Vamos a crear y distribuir belleza, venga… Lo que hay que defender es el talento.

En la segunda copa nos fuimos, yo algo borracha, él algo convencido.

***

A la mañana siguiente, iba en un autobús cuando estalló Bruselas. En el aeropuerto y en el metro. Estalla en las vidas de cualquiera, en las de todos, en las nuestras.

Esa ciudad en la que hemos comido patatas fritas y mejillones, y bailado con jóvenes europeos e inmigrantes senegaleses. Esa ciudad en la que hasta Tintín es menos redicho. Esa ciudad que representa a una Europa que ya no se gusta (o, como diría Pablo, ya no se quiere), anda ahora llena de dolor y de miedo, unos sentimientos que conocemos los que hemos crecido con las bombas de ETA y nos despertamos un día de marzo con esas otras bombas que quieren extinguir la libertad.

Se me saltan las lágrimas y un revisor me sermonea: “¿Sabes la única ventaja de que la bomba pueda estar en cualquier parte? Que no te puedes esconder, que no puedes vivir con miedo”.

Escribo a A.

–Recuerda que vamos a morir todos, hagamos que merezca la pena Ahora, más que nunca, sólo hay un código: belleza y libertad.

–Y respeto –me contesta–. No te olvides del respeto a los demás.

–Perfecto.

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