Caníbales

Pequeño catálogo contra el fanatismo y la estupidez

Fue hace dos o tres semanas, antes de Bruselas, de Lahore, de Bagdad. Habíamos quedado a las ocho en la puerta de la Pensión de las Pulgas, pero a mí me sobraba el tiempo y me faltaba un poco de entereza.

Había estado con Celia Blanco en la Ser, en una de esas entrevistas que hace ella, tan alta, tan poderosa, tan salvaje. Con Celia (o con @latanace, que distingue persona y personaje sólo cuando le da la gana) siempre hay que estar alerta porque lleva la navaja entre los dientes y te rompe y te rasga para confirmar que no la engañas, que lo que dices es lo que piensas, que lo que piensas es lo que sientes, que lo que sientes es lo que eres.

Acabé la entrevista agotada y un poco perdida, con demasiado tiempo antes del teatro y sin un libro. Nunca salgo de casa sin un kindle, sin algo que leer, sin una ventana por la que precipitarmekindle, pero me han debilitado: ahora me he acostumbrado a no mirar el whatsapp en el autobús, a caminar mirando el mundo, a estar en la calle viendo, estando, escuchando.

Y mola. Mola salvo que te duela algo dentro. Como aquel día. Aquel día necesitaba zambullirme en otra realidad y no la llevaba en la mochila. Eva me propuso que fuera a su casa a hacer tiempo, y yo, obstinada y firme en mis silencios (si estoy triste quiero estar sola), me escondí en una cafetería de barrio.

Una señora le explicaba a la camarera polaca que ella tenía 74 años y seguía trabajando porque la pensión de su marido no daba para nada. “Todos los días, me subo al cercanías con mi carné de vieja, que es mi única ventaja, y voy de una tienda a otra, a trabajar y trabajar y trabajar. Son las siete de la tarde y no he comido”.

La camarera contestaba en espejo. “Yo he comido aquí, de pie. Trabajo catorce horas al día. Llego a casa a las diez de la noche y me caigo dormida. Sólo veo a mis hijos los domingos”.

- Pero tenemos trabajo- decía la señora del carné de vieja.- Pero no tenemos vida- contestaba la camarera.

Y entonces entró una tercera mujer. Una señora sonriente y expansiva, que llenó la cafetería de luz porque soñaba con hacer el camino de Santiago y les preguntó por la mejor vía, el mejor albergue, las mejores compañías. Cambió el tono y ya no hubo comparación de agravios, sino tres mujeres compartiendo ilusión.

Y contagiándola.

***

La obra era Pequeño catálogo sobre el fanatismo y la estupidez, escrita y dirigida por Ignasi Vidal. Íbamos a ciegas, sólo porque actuaba la enormísima Miriam Montilla, y, de repente, nos encontramos en Euskadi, el día antes de una bomba que mata a la mujer y la hija de un concejal socialista (que se nos habían olvidado esas bombas tan cercanas). Y, un poco después, entramos en un estadio donde la bengala de un ultra mata a un niño. Ahora que el “fanatismo” parece eso que siempre crece lejos (en otros barrios marginales, en desiertos ajenos), ¡zas, memoria!: el fanatismo era el dinosaurio. Nos habíamos dormido, el dinosaurio sigue despierto aquí.

***

Al día siguiente, expío mis salidas compartiendo en casa una investigación sobre animales. Leemos: unos dicen que lo que nos separa de los perros es la sonrisa, otros que el habla, pero los perros no son fanáticos. Los perros no matan porque sí, y menos por una idea de cómo debe ser el mundo.

***

Lahore no aparece en las portadas y T. suma los muertos, compara el impacto, y me manda un vídeo provocador sobre la empatía: Against empathy. Dice que la empatía nos permite sentir sólo lo cercano, que empatizamos mucho con un niño que podría ser nuestro hijo, pero no con el calentamiento global. Quizá por eso Lahore duele menos que Bruselas, así, en general. Porque está más lejos, porque la empatía, como la memoria, es corta en el peor sentido de la palabra.

Y, sin embargo, ¿qué nos queda si no nos importan los demás?

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