Desde la tramoya

Qué podría pasar en Cataluña

Es difícil hacer predicción alguna, porque los acontecimientos suceden de manera improvisada, pero echando un vistazo a las tendencias y a las leyes de la dinámica política universal, podemos dibujar algún escenario verosímil para el enero catalán.

Unas elecciones aceptadas por todos. Hubo dudas al principio, pero todos los partidos estarán el 21 de diciembre en las elecciones autonómicas. Hasta la CUP, que rechazaba la convocatoria incluso si hubiera sido convocada por la Generalitat, ha dado señales de estar en disposición de presentarse, aunque quiera consultarlo con la militancia. Puede que sea solo “por imperativo legal”, pero habrá urnas legitimadas por todos y unos resultados por todos aceptados. De forma que si gana el independentismo, el proceso hoy fracasado renacerá con justificada virulencia. Y si gana el  unionismo, siquiera por un voto,  el proceso quedará sin remedio en vía muerta. La legitimidad concedida a las elecciones autonómicas podría sin embargo revocarse ahora que uno de sus principales protagonistas, Oriol Junqueras, ha sido encarcelado. “¿Qué elecciones son estas que obligan al candidato favorito en los sondeos a hacer campaña desde la cárcel?”, podrían preguntar los secesionistas.

Una alta participación. Las encuestas aún no lo detectan, pero habrá muy alta participación. Siempre que en las urnas se dirimen asuntos cruciales, los electores se movilizan. No ha habido en la historia reciente de España un momento electoralmente más importante. Los catalanes saldrán a votar en masa. Ayudará algo que la jornada sea laborable. La ley obliga a permitir a los trabajadores que cuenten con tiempo para votar, si es necesario retribuido. A menos que pase por allí un huracán, la participación sobrepasará con seguridad el 70 por ciento. Es muy probable que muchos de esos votantes movilizados para la ocasión sean del lado unionista, porque los independentistas han sido tradicionalmente más locuaces, más disciplinados y más activos.

Un plebiscito. No hacía falta que lo planteara de modo desafiante Puigdemont desde Bruselas. Estas elecciones serán un plebiscito, por supuesto. El asunto que absorbe por completo la atención y sobre el que las catalanas y los catalanes se sentirán motivados a decidir es si el proceso debe seguir o no. Votar a ERC, al PDeCAT, o a las CUP significa “sí”. Votar al Ciudadanos, el PSC o el PP significa “no”. El asunto afecta directamente ya a la vida cotidiana de los catalanes. Las manifestaciones, las banderas, las conversaciones, la cobertura mundial del asunto… El único pero trascendental asunto que regirá la campaña electoral será si se permite que la conversación siga por ahí, o se cancela. Catalunya Sí que es Pot, la franquicia de Podemos allí, se sitúa en un peligroso relato de mediación, por un referéndum acordado con el Estado. Es una posición peligrosa en un panorama tan polarizado como el catalán, que reclama hoy propuestas claras y contundentes. Y es peligrosa también porque nadie compra camisetas del árbitro. Se prefieren las de los equipos que compiten. El PSC sabe muy bien lo poco rentable que es electoralmente situarse en medio de dos posiciones tan nítidamente enfrentadas, y es previsible que salga beneficiado de su clarificado relato unionista.

No habrá lista conjunta. El plazo para registrar una coalición termina el martes. Mas está presionando para que ERC reedite la lista de Junts Pel Sí con el PDeCAT, el maltrecho partido que nació de los escombros de CiU. Pero eso no interesa para nada a ERC, que sería según todas las encuestas el partido más votado, dando opciones para que Oriol Junqueras, tan discreto estos últimos días, y hoy mundialmente famoso, sea president de la Generalitat por el bloque independentista. El partido de Puigdemont y de Mas, siempre primer partido en Cataluña, por el contrario, quedaría relegado a un penoso cuarto puesto. No es de extrañar que Mas quiera evitar ese desastre, ni que Junqueras facilite que suceda.

Dos posibles presidentes. Todas las encuestas coinciden en que hay dos partidos liderando. ERC con un 27 por ciento del voto de promedio, y Ciudadanos, con un 18. El tercero, el PSC, queda cinco puntos por debajo del segundo. Hay entonces dos líderes que, en función de cómo quede al final la suma de escaños, pueden ser presidentes. Oriol Junqueras e Inés Arrimadas. El PDeCAT y la CUP no tendrán más remedio que apoyar al primero en su investidura si suman mayoría. El PSC y el PP no podrán dejar de apoyar a la segunda. Paradójicamente, la decisión final podría recaer en quien más ambigüedad ha mostrado hasta la fecha: Catalunya Sí que es Pot.

… A menos que funcionen las sobreactuaciones. Todas estas previsiones podrían no cumplirse si los acontecimientos que están por venir cambian las tendencias. Si el Estado sigue sobreactuando, alimentará el victimismo. Por ejemplo, la prisión provisional de Junqueras y los consejeros decretada ayer jueves, o que se produjeran excesos en la aplicación del artículo 155, o que hubiera altercados en las calles y excesos policiales. La puesta en escena de Puigdemont como president legítimo de Cataluña en el exilio ha sido ridícula hasta ahora. Pero el ridículo podría convertirse en épica de la resistencia ante la opresión, si los tribunales y el Gobierno y los partidos españoles cometieran el error de sobreactuar. Tener en la cárcel ya a una decena de líderes políticos catalanes puede ser jurídicamente impecable, pero electoralmente muy poco conveniente para la causa de la unidad de España.

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