Buzón de voz

El impacto del pacto

El pacto escenificado en el Palacio de la Moncloa por Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba sobre el próximo Consejo Europeo despierta tanta alegría en las filas del PP como escepticismo en las del PSOE (cuando no una irritada incomprensión). Y no tanto por el contenido como por la forma. A excepción de dos o tres puntos que vienen a demostrar cierta rectificación del Gobierno sobre la senda del austericidio, las demás propuestas imitan la letra de aquella canción de Serrat: "un diálogo de franca distensión que les permita hallar un marco previo que garantice unas premisas mínimas que faciliten crear los resortes que impulsen un punto de partida sólido y capaz..."

Decir que los ciudadanos están reclamando acuerdos "de Estado" para superar la crisis no es un argumento sólido para justificar el pacto bipartito. Cualquier encuesta que pregunta por la conveniencia de "pactos" o "consensos" contra el paro, por el crecimiento, para crear empleo, contra el hambre o por la paz mundial obtiene mayorías aplastantes. Faltaría más. Habrá que ver la respuesta si se pregunta a los ciudadanos por los efectos prácticos de esos mismos "consensos". Más allá de ese arriesgado concepto de la "reponsabilidad de Estado", por lo general las supuestas bondades de esos acuerdos son cosechadas por quien ejerce el Gobierno.

El valor de una rectificación

En este caso, lo que distintos sectores del PSOE critican (sin alzar la voz) es el hecho de que ni siquiera se trata de un "consenso". Ningún otro grupo ha apoyado la propuesta, aunque tanto el Gobierno como la dirección del PSOE están haciendo intensas gestiones para conseguir en los próximos días el apoyo de CiU y PNV, sin descartar a UPyD. Ningún grupo a la izquierda del PSOE respalda un acuerdo que consideran que sólo sirve para dar aliento a las políticas de recortes que se han venido imponiendo desde Europa y aplicando aquí con una fe marmórea. Pero además no se ha puesto en valor el casi único activo que podría adjudicarse a este pacto (o abrazo del oso). Que Rajoy vaya al Consejo Europeo solicitando inyecciones de liquidez en lugar de entonar sus habituales loas a la austeridad y el control del déficit debería visualizarse como demostración de que las políticas impuestas hasta ahora han sido un desastre en términos sociales y económicos.

Está por ver que realmente se produzca algún giro en ese discurso único desde Alemania, el BCE o la Comisión Europea. Lo que sí tiene lógica (electoral) es el interés del PP por afrontar la segunda mitad de legislatura intentando vender buenas noticias en lugar de su monocorde "hago lo que tengo que hacer" o "pudo ser peor". Si algo ha demostrado este Gobierno es su capacidad camaleónica para decir una cosa, hacer otra o decir la contraria a la anterior. Sin ir más lejos, Rajoy acaba de proclamar que "España se sitúa entre los países de la Eurozona con menor gasto público en porcentaje del Producto Interior Bruto". Lo cual deja en cueros a unos mil quinientos tertulianos que llevan años jaleando la especie de que el tamaño de la Administración Pública española es disparatado e insostenible (que era lo que Rajoy decía en la oposición).

En el PSOE (desde hace tiempo) se enerva el ambiente en cuanto Carme Chacón tuerce el gesto o Eduardo Madina mueve una ceja, lo cual sólo indica una hipersensibilidad ante los nefastos registros de credibilidad y confianza que otorgan las encuestas a la actual dirección. El último lío se ha organizado porque algún medio ha tenido la ocurrencia de adjudicar a Madina el papel de líder de un "sector crítico" con el pacto. Lo difícil, en realidad, es encontrar a alquien en el partido que entienda, por ejemplo, por qué Rubalcaba tenía que acudir a Moncloa a escenificar un acuerdo que se pretende "parlamentario". Esa fotografía es, por el momento, el mayor impacto de este pacto. Y no será el último, según sus firmantes.

En defensa del ciudadano

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